Por Andrés Felipe Escovar.


-Estos hijueputas campesinos ni de música saben…

Se tambaleaba por el aguardiente que bebió, camino al mingitorio, con la mirada fija en  Olegario, que estaba en la mesa más cercana al baño; el vaho de meados con hojas de eucalipto que los dueños de la tiendita extendían todas las mañanas y que, en las noches, tenían un marchitamiento húmedo, le recordaban a nuestro héroe sus caminatas por los bosques artificiales de la sabana de Bogotá, años antes de que lo reclutara el ejército del partido conservador. Era la cuarta o quinta vez que el serenatero se lo decía; la primera, poco después del mediodía, fue una broma con la que Olegario apenas sonrió:

-Tiene esa canción que dice: “eres un ángel hermoso vestida de mujer…”- le preguntó, tímido, Olegario.

-Esas mierdas de campesinos no tocamos nosotros- le tocó un hombro a Olegario. Con la otra, sostenía a su guitarra por el cuello y miraba, con un mohín coqueto que acentuaba su afeminado tono de voz, al maraquero con el que entró a ese bar a cantar canciones solicitadas por  los bebedores de las diferentes mesas a cambio de alguna moneda.

La broma se repitió hasta esa quinta vez, cuando Olegario, había decidido aceptar la oferta que hiciera Víctor Carrasco el día anterior: formar parte del grupo de vigilantes de las minas de rubies en las inmediaciones de Villa de Leyva, muy cerca del lugar donde, según decía, comenzaba el desierto de La candelaria en donde vivían hombres que se ocupaban de mirar directo al sol hasta quedarse ciegos y, cuando la ceguera ocurría, se tiraban sobre el suelo y se mantenían de un mordisco de pan de levadura y medio vaso de agua hasta que, un día cualquiera, dejaban de respirar y llegaban los chulos que les picoteaban sus escuálidas entrañas. Por eso, en el desierto, le dijo Víctor, hay tanto chulo, a veces parece que ocurriera una noche porque de tantas alas negras que tapan al sol, hay algo como un eclipse. Cuentan que, desde hace unos doscientos años, un viejo monje del convento de San Agustín, ubicado justo en la cima de una de las montañas del desierto, que limpiaba los pisos de todas las habitaciones y de la iglesia y que jamás aprendió a cantar algo en latín y se quedó más bien como un devoto sirviente dedicado a la limpieza de todo el edificio, llama con un grito a los chulos que se desparraman por toda la región para así generar un eclipse: es el Máguare.  

Olegario no creyó mucho lo del eclipse hecho con alas de avenes negras, aunque encontró coincidencias entre esos augurios y los que le escuchó a una pitonisa cartagenera que oficiaba como concejera de las tropas en Panamá. El día que fusilaron a Victoriano Lorenzo, el cielo se oscureció y, cuando regresó a la capital del departamento, le dijo la misma mujer que el océano Pacífico se levantó tanto que parecía una cordillera que anegaría al istmo e inundaría al atlántico hasta convertirlo en una inmensa alberca donde los animales arrastrados desde las profundidades, desembocarían en las playas y engullirían con toda clase de bestialidades a los humanos.

Carrasco le dijo que era el dueño de las minas de rubíes y que él mismo prefería saber a quiénes contrataría para la seguridad de estas. Por eso fue hasta Bogotá y, durante semanas, se dedicó a encontrar a las personas indicadas. Olegario le atrajo porque, en ese bar, atisbó que tenía un revolver en su cintura y miraba como si anduviera tras una presa.

-Cualquiera puede morir de un disparo.

– Pero no cualquiera puede disparar- le dijo Olegario.

-Eso solo lo puede decir alguien que ha matado.

-El que dispara en una guerra jamás mata- Olegario pensó en la cara agujereada de Victoriano Lorenzo y del sonido del cuchillo que lo descogotaba, ya muerto.

Conversaron sobre la vida en Panamá y el tortuoso regreso a Bogotá, que parecía un helado paraje de una pesadilla entre la niebla.

-Música de hijueputas campesinos…-lo repitió al salir del baño y volvió a tomar un hombro de Olegario, que sintió que esa mano era la que había utilizado para tomarse la verga y mear, lo que fue una declaración de una guerra que implicaba que el serenatero no era más que una suciedad que debía extirparse. 

La decisión de ir a Villa de Leyva ya estaba tomada. Desde que despertó, aquella mañana, pensaba en Víctor Carrasco y su facilidad para hablar. Podía ser un embaucador, pero era mejor el engaño que incurrir en ese anquilosamiento que le prodigaba la ciudad. El aguardiente que bebió desde temprano le prodigó todos los elementos de juicio, que tampoco eran muchos, y luego solo debía pagar la cuenta para marcharse. Sin embargo, decidió apaciguar el calor que le prodigó ese licor con una totumada de guarapo. La bebió en unos pocos sorbos y el mareo cambió su naturaleza porque hubo un efecto refrescante en su garganta, así que pidió una totuma más que bebió despacio, mientras se fijaba en los movimientos que el par de músicos hacía en su mesa, ya borrachos y sin el más mínimo interés de interpretar alguna canción. O quizá sin la capacidad de ejecutar algún val o minué que le pidiera algún citadino. Cuando el guitarrista se volvió a incorporar para ir al baño, Olegario ingresó antes al orinal para así evitar un sexto o séptimo “campesino hijueputa…”.

Olegario ya se sacudía la pinga cuando el músico, entre suspiros y pujos para sacar sus últimos restos de orina, le dijo:

-Campeche de mier…

Olegario descargó un tiro en la sien del otrora músico que se envanecía, cuando estaba sobrio, con una técnica pianística que sería imitada por un pequeñín llamado Luis A Calvo. El desgraciado, ya muerto, cayó de bruces: su rostro, desfigurado, se mezcló con los orines que el propio Olegario había expulsado y fue el cierre de su venganza.

La detonación se expandió por todo el local. La gente se miró entre sí. El maraquero se incorporó con equívocos, gritó el nombre de su amigo, que poco o nada importa: su única utilidad para esta historia es que sirvió como el habitáculo de la ira y la venganza de la que podía ser capaz Olegario: ese muerto solo existió para que se corroborara la característica de asesino de nuestro campeón protagonista.

El maraquero entró, entre tumbos, y se agachó para auxiliar al cadáver que fue su amigo. Sollozó y elevó la mirada: Olegario estaba parado frente a él y le apuntó:

-Esta cara no se le va a olvidar nunca más, malparido. Aunque ese nunca se le acabe ya mismo-  la bala entró en el ceño fruncido de confusión del maraquero, que quedó tirado, boca abajo, encima de su colega muerto.

Olegario salió del baño luego de sacudir las mangas de su saco de lana, gris, moteado, con olor a mugre y humedad propio del closet de la pieza donde pernoctó durante el mes que estuvo en Bogotá. Guardó, a la altura de su riñón izquierdo su revólver y salió con paso apurado, pero sin que pareciera más que uno de esos abogados que solían caminar por las calles del centro de la ciudad en pro de alguna diligencia judicial que les programaban. Se acercaba el final de la tarde y le caería muy bien un plato caliente de sancocho.