24 horas de programación continua.
12:00 AM. Presentación del canal. Una iguana repta por la pantalla como buscando algo de comer, al llegar al centro del encuadre mira a la cámara, saca la lengua y sonríe. Detrás suyo, en el horizonte, sale el sol, con él emerge el título: «Ha nacido nuestro canal, Freak TV». La iguana sale del encuadre a medida que el título sigue su curso vertical, al final solo queda centrado el rótulo: «Freak TV». El resto del mensaje desaparece fuera del encuadre.
Fundido a blanco.

12:15. Noticias Escorpión. Donde te entregamos dosis de ponzoñosa realidad.
Buenas noches, soy Luciano Bello con un flash informativo. Preparen el estómago, porque hoy la realidad volvió a superar a la ficción.
Desde Madrid nos llega una noticia que confirma que la dieta paleo está cada vez más de moda. Las autoridades sanitarias clausuraron uno de los restaurante chinos más populares de la ciudad, tras descubrir que el célebre «pato a la naranja» que aparecía en el menú, tenía, en realidad, un pasado urbano: eran palomas capturadas en plazas públicas. La investigación comenzó, según fuentes oficiales, cuando varios comensales notaron que el pato servido era más fibroso de lo habitual. Uno de los clientes incluso declaró que «el sabor era intenso, con notas a colillas de cigarro».
En la cocina se hallaron restos desplumados en bolsas negras, por lo que el establecimiento fue clausurado definitivamente, aunque el daño ya estaba hecho: Madrid entera ha coqueteado con el sabor ahumado —por las colillas de cigarrillo— de las palomas callejeras. Y parece haberles encantado, a las afueras del establecimiento se ha reunido una multitud inconforme con pancartas que dicen «sabe a pollo»; «mi estómago, mis decisiones»; «lo que no mata, engorda»; «de algo se tiene que morir uno»; «tanto “pato” como “pollo” tienen dos sílabas»; con lo que queda manifiesta la opinión de los vecinos.
Desde el restaurante, antes de bajar la persiana, se defendieron alegando un «malentendido cultural» y aseguraron que en China las palomas eran llamadas «patos callejeros». A la fiscalía, sin embargo, no le hizo gracia el colorido apunte.
Así que recuerden, estimados televidentes: cuando el menú diga «pato», pregunte siempre de qué tejado viene.
Esto fue Noticias Escorpión. Donde te entregamos dosis de ponzoñosa realidad.
Transición a comerciales.

12:30 [Escena inicial: Acercamiento de las cámaras a una pareja de presentadores, música épica, luces brillantes, público aplaudiendo. Al fondo, un gran cartel pone: «Telecompras»]
Presentador (con voz entusiasta,):
—¡Bienvenidos a Telecompras, la franja comercial donde ofrecemos productos que prometen cambiarles su vida!
Presentadora (rubia oxigenada, sonrisa exagerada, rostro inexpresivo por el Botox):
—¡Así es! En Telecompras de FreakTV tenemos los más innovadores pructos al mejor precio.
Presentador (ojos desorbitados, muequeando):
—Comencemos con el revolucionario Eggxtractor. En estos tiempos de carreras incesantes ya no se pueden ni pelar los huevos con calma; con Eggxtractor resolvimos ese problema. Solo coloque sus huevos hervidos en este dispositivo, hágale una leve presión ¡et voilá! Sus huevos quedan listos para el consumo.
[El público aplaude]
Presentadora (posando sobreactuada):
—¡Pero espere, no cambie de canal, aún hay más! Si llama ahora, puede llevarse a mitad de precio lo último en tecnología para el hogar: FlowSucker, la única secadora de cabello integrada a su aspiradora. ¡Porque nada es mejor que un peinado al vacío cada mañana!
Presentador (con tono dramático):
—¡Imagínese! Luego de obtener un look de pasarela, podrá aspirar el polvo del sofá, ¡casi de manera simultánea!
[El público hace un «¡ooooh!» de sorpresa]
Presentador (tocándose la nariz cada tres palabras):
—Pero eso no es todo, si llama en los próximos 30 minutos también recibirá un 25% de descuento en la faja abdominal Absolut, un equipo de gimnasia pasiva ideal para los que buscan abdominales sin esfuerzo. Consiga músculos de acero sin dejar de ver televisión y sin renunciar a su deliciosa comida chatarra.
[El público aplaude ¿o es una grabación?]
Presentadora:
—Por si eso fuera poco, si llama ahora mismo, puede llevarse una Jackety con un 15% de descuento. Ha vuelto la manta con mangas que revolucionó los planes caseros de los largos inviernos, en los años ochentas. ¡Ponerse suéter está pasado de moda, mejor cómprese una Jackety!
[El público se levanta y aplaude]
Presentador (con tono grandilocuente):
—Y cerramos nuestra venta express de hoy con con uno de nuestros productos estrella: ¡el Stone Pet! La mascota que nunca muere, nunca come y nunca se mueve. Ideal para quienes siempre quisieron tener un amigo fiel o un arma de defensa personal.
Presentadora (emocionada):
—¡Y si llama en los próximos 10 minutos, le enviamos no una, sino dos Stone Pet! Porque solo hay algo mejor que un amigo: ¡dos rocas!
[El público estalla en aplausos y cae confeti del techo]
Presentador (saca un pañuelo, se seca el sudor y el líquido que le escurren por la nariz):
—Recuerde: estos productos quizás no resolverán nada, pero harán que su vida sea infinitamente más divertida.
Presentadora :
—¡Llame ya!
Fundido a negro.

12:45 A.M. Cine de terror:«La Isla de Moloch»
El televisor escupe una ráfaga de nieve analógica, un siseo eléctrico que parece arrastrar voces de ultratumba desde una frecuencia lejana. La voz que emerge de la lluvia estática del monitor anuncia el hallazgo: una película prohibida, filmada en 1920, proyectada una sola vez en un sótano de Berlín y luego sepultada por orden de hombres poderosos e intocables.
La imagen parpadea.
Aparece el título: «La Isla de Moloch».
En la pantalla, un hombre de cabello gris camina por una playa plateada por la luz de luna. Viste lino impecable y va descalzo, pero sus huellas dejan pintadas pezuñas, como si su fachada humana fuera solo un espejismo.
Su rostro es de una simetría aterradora, ausente de emociones. Detrás de él, destacan elementos arquitectónicos de la isla: hileras de palmeras que conducen a un templo de paredes blancas decoradas con líneas horizontales azules.
El hombre de blanco, a quien llamaremos J.E., recibe visitas. Sombras en traje oscuro que descienden de yates sin bandera. Los criados cargan maletas y pesados baúles; se impone el sonido del golpeteo del oleaje contra la arena.
La cámara, manejada por un ojo cómplice, recorre los muelles al alba. Los barcos descargan un cargamento de cajas de madera con orificios, pero no transportan bestias, por los respiraderos se asoman manos infantiles.
Mientras la «aristocracia de la sombra» ríe y bebe un líquido rojo que mancha las copas, en los bordes del encuadre ocurre lo real. Puertas que se cierran con una pesadez hidráulica.
Una cortinilla advierte sobre la degradación del material. La imagen vuelve alterada, con manchas de quemaduras en el celuloide.
J.E comienza a cambiar. No es una enfermedad mental, su piel, antes tersa, se vuelve una sustancia porosa, una amalgama de capas que parecen absorber la luz del comedor.
Engorda como un sapo, se expande. Sus ojos se hunden en cuencas que ahora miran hacia un interior insaciable. Las escenas se vuelven un ritual: el hombre sentado ante una mesa infinita. La cámara nunca muestra el plato de frente, solo el ángulo de sus codos trabajando y el sonido de algo quebrándose. Huesos delgados como agujas. Cartílagos tiernos. Después de cada ingesta, el hombre rejuvenece. Su piel se estira, sus manos recuperan fuerza y vitalidad.
El clímax ocurre en el subsuelo. Abandonada la elegancia moderna, J.E. se traslada a una estructura de piedra, una arquitectura de sacrificio previa a cualquier civilización conocida. Bajo arcos de medio punto ocurre la metamorfosis final. El hombre se inclina sobre un altar de piedra. Mastica. Su cuello desaparece bajo una masa de tejido nuevo. Sus manos se transforman en herramientas de presión, dedos cortos y romos diseñados para sujetar y romper. Cuando finalmente gira el rostro hacia el lente, la «corrección» ha desaparecido. Lo que queda es el Golem: una criatura impune, porque el poder absoluto no necesita identidad ni puede ser juzgado. Solo conoce la voracidad, y el hambre es un motor que nunca se apaga.
Los últimos minutos son un montaje acelerado de la historia oculta. Pasan las décadas. Cambian los cortes de los trajes de los visitantes. Pero la rutina es la misma: en horario laboral, J.E. atiende generales, magnates, tecnócratas. A la media noche, el Golem recibe sus ofrendas, alimentado por una cadena de suministros que nunca se interrumpe.
La isla es una carnicería que procesa carne humana, menores, preferiblemente. Unos se hacen puercamente ricos administrando la logística del horror, cobrando los dividendos de la carne, pero ninguno se atreve a mirar al monstruo a los ojos. El Golem es el secreto que los une en su red de crímenes inconfesables.
La cámara vuelve a la playa. El sol sale una vez más. La marea baja, borrando de la arena las huellas de pies pequeños.
Corte a negro.
Una voz de ultratumba sentencia:
«Freak TV no se hace responsable por las asociaciones que el espectador establezca con hechos reales, pasados o futuros. »
Lluvia de estática.
Transición a franja de caricaturas.

1:15 A.M. Franja de caricaturas
CORTINILLA DE ENTRADA
Estática. Luego, una línea horizontal de color rojo sangre atraviesa la pantalla de izquierda a derecha. Sobre fondo negro, letras de trazo infantil —un estilo deliberadamente torpe— forman el título mientras una música de xilófono desafinado y trompetas épicas construye un tema que suena a himno de superhéroe grabado por músicos borrachos y con bajo presupuesto.
«¡LAS AVENTURAS DEL CAPITÁN ADRENOCROMO!»
El logo tiene una carita sonriente dentro de la «O». La carita sangra por los ojos.
Voz de locutor de voz nasal, impostadamente alegre:
—¡Para toda la familia! (reverb siniestro en «familia»)
Fundido a negro.
EPISODIO 1: «El banquete de los siniestros»
La animación arranca con un travelling aéreo sobre una ciudad post-apocaliptica. Lo que queda son costras de concreto, torres sin ventanas que observan como cadáveres con las cuencas vacías, y un cielo permanentemente marrón rojizo que tiene el atardecer cuando el aire lleva demasiado tiempo contaminado por la combustión de las refinerías destruidas a bombazos.
Un rótulo amarillo aparece en pantalla:
«Muy cerca de ustedes, probablemente ahora mismo.»
La cámara desciende. Atraviesa escombros, cruza un mercado donde se vende carne de alimañas urbanas, y luego se adentra bajo tierra hasta dar con un túnel artesanal iluminado con antorchas. El túnel desemboca en una cámara circular de piedra, en el que encontramos trece figuras de pie, dispuestas en semicírculo, vistiendo túnicas negras con bordados dorados. Sus rostros están cubiertos por máscaras blancas de porcelana con expresión neutra. En el centro, una mesa de piedra. Sobre la mesa, un niño de entre 4-6 años. Está consciente, mira al techo como quien busca una salida o como quien invoca a un Dios que lo ha olvidado.
El ministro —su túnica es casi totalmente dorada, su máscara exhibe una incipiente cornamenta— levanta un cuenco y pronuncia en latín «Tenebrae dominantur, et dii belli vigent. In umbris potentia, sub ira deorum belli». Los trece inclinan la cabeza, es el momento de mayor solemnidad del ritual.
Es también el momento en que el techo revienta. Cae polvo y cascotes. Luego lo vemos a él.
El Capitán Adrenocromo aterriza en el centro exacto de la cámara con la energía física de alguien que ha calculado mal el salto y casi se parte los tobillos. Su traje es blanco — ese blanco imposible de mantener en un mundo apocalíptico, lo que es en sí mismo un acto heróico— con una cruz roja que le atraviesa el pecho. Su máscara roja cubre los ojos. Su capa llega hasta las rodillas y tiene, en el borde inferior, manchas que claramente no son pintura carmesí.
Se sacude el polvo de los hombros. Mira a los trece en togas. Los trece lo miran a él.
El misnitro, con una dignidad admirable para alguien al que acaban de caerle los estucos encima, señala al intruso:
—¿Otra vez usted?
—Ya sé, es un irrespeto interrumpir el rito de los sin nombre, los sin rostro, los sin sombra, los administradores del umbral, los custodios del fuego eterno, los tejedores del velo; cambiarse el nombre cada lustro no impedirá que siga cazándolos, como vengo haciendo desde desde el año 1400.
Silencio. La máscara del ministro no tiene músculos para expresar bochorno, pero algo en la inclinación de su cabeza lo sugiere. El Capitán Adrenocromo camina hacia la mesa de piedra. Nadie opone resistencia —hay en su paso algo que desorienta, una ausencia total de miedo, lo que resulta desconcertante. Llega hasta el niño. El niño lo mira.
—¿Puedes caminar?
El niño asiente.
—Bien. — Se vuelve hacia los trece—. En un momento les atiendo.
Lo que sigue dura cuatro minutos y medio en tiempo de pantalla. La animación adopta aquí un estilo deliberadamente esquemático —líneas gruesas, colores planos, impactos marcados con ese flash blanco de los dibujos animados viejos— que contrasta con la precisión casi documental de lo que el Capitán hace: no golpea al azar, desmantela a puñetazos. Rompe las máscaras de porcelana con un sonido que la animación subraya con una onomatopeya en letras rojas: ¡VENGANZA! ¡CASTIGO! ¡PURGATORIO!
El ministro es el último en recibir la «puñoterapia». Ha pronunciado, durante los cuatro minutos anteriores, al menos una docena de veces la amenaza «pagarás las consecuencias». Pero no ha funcionado, el Capitán Adrenocromo es inmune a las palabras.
Cuando la máscara del ministro cae, no hay nada particularmente monstruoso debajo. Sólo un hombre de mediana edad, con las mejillas coloradas y el pelo escaso pegado al cráneo por el sudor. Podría vender seguros o podría presidir una junta de condominio. Tiene cara de don nadie. El Capitán Adrenocromo memoriza su rostro.
—Eso es lo peor de todo —dice, en voz baja, casi para sí mismo. Luego lo sienta de un puño entre los ojos, con una violencia carente de crueldad—. Quédate ahí.
A la salida del túnel, el niño camina junto al Capitán Adrenocromo por la escombrera que reemplazó a la ciudad de Buenos Aires. El cielo color marrón empieza a adquirir un tono rojizo. El niño mira la capa manchada del héroe apocalíptico.
—¿Qué es eso?
—Gajes del oficio.
Caminan por una amplia avenida. Las ruinas los enmarcan recordando un pasado glorioso, que el niño no logra ni imaginarse.
—¿Hay más de esos señores? — pregunta el niño.
—¿De los del sótano?
—Sí.
El Capitán no responde de inmediato.
—Muchos. Pero también somos millones los clones del Capitán Adrenocromo.
El niño medita brevemente y luego sonríe.
—¿Vamos a estar bien?
—Vamos a estar bien.
La cámara se eleva. Los dos se vuelven pequeños entre los escombros. Regresa el tema de xilófono desafinado y trompetas épicas.
CORTINILLA DE SALIDA
Fondo negro. Las letras de trazo infantil regresan: «¡Fin del episodio 1!»
La carita sonriente dentro de la «O» ya no sangra. Ahora guiña un ojo.
Voz nasal del locutor: «El Capitán Adrenocromo regresará pronto, cuando sea necesario.»
Pausa. Sale un mensaje en letras pequeñas, como nota al pie de la imágenes: «Freak TV recomienda que los niños vean este programa acompañados de un adulto de confianza.»
Lluvia de estática.
Transición a siguiente franja.

2:00 A.M. Cine de arte: «Contrato de sombras».
CORTINILLA DE ENTRADA
Estática breve. Luego, silencio.
Sobre fondo negro, un solo ideograma aparece en blanco:
忍
Permanece cinco segundos. Sin música. Sin locutor. Solo el sonido de viento entre árboles que el televidente no puede ver.
Luego, debajo del ideograma, en letra pequeña y sin énfasis:
«Shinobu: soportar. Ocultar. Persistir.»
El ideograma se disuelve lentamente, como tinta en agua.
Fundido a negro.
KAGE NO KEIYAKU
(Contrato de sombras)
Iga Province. 1579. Un año antes de que Oda Nobunaga borre este lugar del mapa.
La primera imagen no es acción, es niebla. Niebla sobre arrozales al amanecer, esa niebla baja que no nubla el cielo sino que borra el suelo, de modo que los árboles en la distancia parecen flotar sin raíz. Un pájaro cruza el encuadre. No hay música. Solo el sonido del viento. En el borde del arrozal, casi fuera de cuadro, hay un hombre de pie, tan quieto que parece parte del paisaje. Viste ropa ordinaria, sucia por el trabajo duro. Carga un fardo. Saizō parece mirar el camino, que está vacío. Pero Saizō no está mirando el camino.
CORTE.
Interior. Noche anterior.
Una habitación de madera con una sola lámpara de aceite. Cuatro hombres sentados en círculo, los cuatro jōnin del consejo de Iga que quedan con vida después del asesinato de Fujibayashi. Hablan en susurros que no son discreción sino costumbre. El más viejo es Momochi Tamba. Tiene la cara de alguien que lleva décadas reprimiendo la rabia y que ya no distingue entre la rabia y él mismo. Habla primero, como siempre:
—Nobunaga manda un mensaje con cada cadáver. El silencio ya no nos protege. El silencio nos hace pequeños.
—El silencio siempre nos había protegido hasta ahora — dice una voz desde la penumbra, fuera del círculo de la lámpara.
Okuni no está sentada con los jōnin. No le está permitido sentarse en el círculo.Está de pie junto a la pared, en ese espacio donde la luz no llega con suficiente convicción. Ha estado ahí desde el principio.
—El silencio nos hizo invisibles — continúa —. La invisibilidad era nuestra única victoria histórica. En el momento en que respondamos con fuerza comparable a la suya, nos rebajamos a su altura de meros mortales.
Silencio.
Saizō, que ha escuchado todo sin hablar, dice entonces:
—Hay otra opción.
Los cuatro lo miran. Okuni no lo mira — mira la llama, que es una forma más honesta de escuchar.
—No detenemos la invasión — eso ya no es posible y todos en esta habitación lo saben —. La retrasamos el tiempo suficiente para que Hattori abra el corredor hacia el territorio Tokugawa. Llevamos a la mitad de nuestros 400 hombres. El resto cubre la retirada.
—El resto muere — dice Momochi.
—El resto decide si muere o vive— dice Saizō.
Pausa.
—No, tú decides por ellos.
—Yo les ofrezco el camino heroico que por tradición siempre hemos ofrecido. Nadie en Iga sirvió bajo órdenes que no aceptó.
Momochi mira a Okuni, que sigue mirando la llama.
—¿Y tú? — le pregunta.
—Yo escucho con atención — dice Okuni —.
EXTERIOR. CAMINO AL MERCADO DE HISAI. DÍA.
Saizō camina entre viajeros. El fardo en sus hombros contiene artículos de mercader — suficientes para sostener el papel si alguien registra, no tantas como para parecer próspero y provocar interés. Ha recorrido este camino cuarenta veces en distintas identidades. Conoce cada árbol del camino, sabe dónde cambia de dirección el viento.
Un hombre que lo sigue, está al tanto. Es demasiado discreto para ser un soldado de Nobunaga. Rappa, entonces: uno de los tantos agentes Kōga que Nobuzumi ha sembrado en los caminos de acceso a Iga. Los Kōga son shinobi también, con la misma genealogía técnica, los mismos métodos, con la diferencia histórica de haber aceptado servir a señores feudales a cambio de supervivencia institucional. Iga los llama traidores. Los Kōga llaman a eso adaptación, y por ello el número de los Kōga es mucho mayor.
Saizō no acelera el paso casi imperceptiblemente. No gira en ningún momento. En la próxima curva — donde el camino pasa junto a un muro de piedra cubierto de musgo — desaparece. Ni rápido, ni espectacularmente. Estaba, y luego no. El rappa llega a la curva y encuentra el camino vacío, el sonido del viento. Gira. Mira entre los árboles. A veinte pasos detrás de él, Saizō ha retomado el camino, caminando en dirección opuesta, con la postura de otro hombre completamente distinto —va vuelto la faz del abrigo, se ha puesto un gorro blanco, cubrió el fardo con un saco de color claro, modificó el modo de caminar—. Esos pequeños detalles le han dado una nueva categoría: ahora es un campesino que vuelve del mercado, y el ojo del rappa, habituado a buscar al mercader joven, lo descarta.
Este es el arte del Intonjutsu, el conocimiento preciso de cómo funciona la atención humana, y la disciplina de habitarlo.
INTERIOR. CAMPAMENTO DE TSUDA NOBUZUMI. NOCHE.
Nobuzumi tiene veinticuatro años y una confianza plena en la certeza de sus conclusiones, no porque sea arrogante — es demasiado inteligente para la arrogancia — sino porque su capacidad de observación han sido, hasta ahora, certera. «Vista de halcón», llama él a ese talento. Estudia un mapa detallado de Iga desplegado sobre una mesa de campaña, un regalo de los rappa, fruto de semanas de observación. Cada aldea, cada paso de montaña, cada ruta de suministro conocida.
Su consejero militar le señala una ruta al norte.
—Si bloqueamos aquí y aquí, el abastecimiento de la confederación colapsa en treinta días.
—Veinticinco — dice Nobuzumi, sin levantar la vista —. No tienen reservas suficientes para treinta. Los registros fiscales de Hisai lo confirman.
Pausa.
—¿Los registros fiscales?
—Infiltré la oficina de recaudación, tenemos en el bolsillo a uno de sus contadores.
El consejero no dice nada. Hay admiración en su silencio, ha entendido que el hombre frente a él está usando los métodos del enemigo.
Nobuzumi enrolla el mapa.
—Los Iga son excelentes — dice, sin sarcasmo —. Llevan doscientos años siendo excelentes. El problema es que doscientos años de excelencia siguiendo un método crean la convicción de que ese sistema es infalible. — Pausa —. Nada es eterno o infalible, especialmente cuando hablamos de métodos.
Mira por la abertura de la tienda hacia el campamento iluminado por antorchas.
—Cuando esto termine, quiero que sus técnicas sean documentadas. Todo lo recuperable. Sería un desperdicio que se pierdan.
El consejero lo mira.
—¿Las técnicas de los hombres que va a matar?
—Las técnicas de los hombres que voy a matar — confirma Nobuzumi, con serenidad—. El conocimiento no tiene lealtad. Los hombres son finitos, pero el conocimiento no lo es.
EXTERIOR. BOSQUE DE IGA. AMANECER.
Saizō y Okuni se encuentran donde siempre se han encontrado cuando tienen algo que no puede decirse en interiores: el claro junto al río seco, donde los álamos han crecido torcidos por viento constante que proviene del Este, de modo que todos señalan el mismo punto en el horizonte.
—Momochi va a proceder — dice Saizō.
—Lo sé.
—El consejo no puede detenerlo.
—Lo sé también.
—Entonces tenemos que—
—No — dice Okuni.
Saizō para. La mira. Ella mira los álamos torcidos.
—Si impedimos que Momochi actúe, somos nosotros quienes fracturamos el consejo. Si lo dejamos proceder, fracasa solo y el consejo aprende de ello. — Pausa —. La diferencia no parece grande, pero lo es. Nunca interrumpas al enemigo cuando va a equivocarse.
Silencio. El río seco. El viento meciendo los álamos.
—No puedo dejar que muera para demostrar un argumento — dice Saizō.
—No es para demostrar un argumento. — Okuni lo mira por primera vez en la conversación. Tiene esa forma de mirar que Saizō nunca aprendió a descifrar del todo, como una ventana a una habitación demasiado oscura para ver el interior —. El argumento tiene que sobrevivir a las personas que lo sostienen, o no valió nada.
Saizō no responde. Okuni se vuelve hacia el camino.
—Kaede recogió información en Hisai. Te espera en la casa del molinero. Ve a escucharla antes de decidir nada.
Camina hacia los árboles y desaparece. Saizō se queda en el claro. Los álamos torcidos siguen danzando, él los mira un momento, luego se adentra en el bosque en dirección contraria.
EXTERIOR. PASO DE HIJIYAMA. 72 HORAS DESPUÉS.
Las antorchas de Nobuzumi en el valle son demasiadas para contarlas. Desde una saliente rocosa, parecen una constelación caída, algo que en otra circunstancia podría resultar hermoso. Saizō observa. A su lado, un mensajero joven de quince años con cara de que no ha aprendido a ocultar lo que siente, algo que en este oficio le puede costar la vida.
Los dos saben que al norte, en este momento, Okuni conduce noventa y siete personas a través del paso de montaña que Kaede trazó de memoria después de recorrerlo cuatro veces en dos semanas con distintos pretextos. Los dos saben que el corredor de Hattori estará abierto hasta el amanecer. Los dos saben lo que significa que Saizō esté aquí y no allá.
—Hay algo que debes llevarle — dice Saizō.
El mensajero espera.
—Dile que tenía razón.
—¿Solo eso?
Saizō mira las antorchas en el valle.
—Es suficiente — dice.
La cámara se eleva lentamente sobre el paso de Hijiyama. Las antorchas de Nobuzumi llenan el valle. En la cresta, Saizō se vuelve hacia ellas — no con resignación, no con heroísmo, con esa expresión neutra de quien ha calculado el costo y concluido el resultado.
Al norte, invisible desde aquí, noventa y siete personas caminan hacia la oscuridad del paso de montaña. Les acompaña el sonido de una flauta shakuhachi, solo, sin acompañamiento. La imagen se oscurece lentamente. Sin dramatismo, con la paciencia de reconoce que la oscuridad precede al amanecer.
FUNDIDO A NEGRO.
Texto sobre pantalla, sin música:
«La confederación de Iga fue destruida en 1581. Sus supervivientes sirvieron a Tokugawa Ieyasu. Sus descendientes compilaron el Bansenshukai en 1676.»
CORTINILLA DE SALIDA
El ideograma regresa:
忍
Esta vez sin traducción.
Silencio de cinco segundos.
Luego, estática.
Transición a siguiente franja.

04:11 A.M. TELECOMPRAS: PRODUCTOS PARA ANCIANOS DE LA MARCA «POR SIEMPRE JÓVEN». CORTINILLA DE ENTRADA (JAZZ, TIPO SOFT PORN).
Imagen degradada y con saltos, como si fuera una grabación en VHS. Un gráfico de neón titila frenéticamente: «POR SIEMPRE JÓVEN». Aparece en el centro del escenario el presentador, SR. ARGENTO. Viste un traje de terciopelo morado, desgastado, con solapas de satén dorado. Su piel es tan pálida que parece translúcida bajo las luces del estudio. Tiene ojeras profundas, manos largas y huesudas que le dan un aire como de mantis religiosa. Sus ojos están fijos en la cámara, se mueve con una lentitud reptiliana. El Sr. Argento señala su muñeca derecha, donde brilla una banda de cobre. Agita la mano de la pulsera, como si estuviera probando su eficacia para quedarse en su sitio.
—¿Por qué conformarse con tomar medicinas cuando puede usar la fuerza magnética del planeta? Nuestro BRAZALETE UNIPOLAR de cobre le alinea los chacras, los huesos, y reorienta sus átomos para crear bienestar a nivel molecular. Es tecnología geocéntrica inspirada den el Feng Shui, y desarrollada en Laos.
El Sr. Argento se desliza hacia un lado, sin levantar los pies, como si patinara sobre una capa de baba de caracol. Sus manos, largas y huesudas, extraen del bolsillo un gotero que contiene un líquido verde neón. No bebe, lo destapa e inhala con una mueca de éxtasis exagerada.
—¡Beba el ELIXIR DE NANOBOTS! Solo unas pocas gotas garantizan la regeneración celular y la edición del código genético. Al ser ingeridas, los nanobots viajan directamente al origen del dolor y producen una génesis total. Es como tener un equipo de cirujanos microscópicos trabajando en su organismo 24/7. Este producto es importado de Taiwan.
Bruscamente, el Sr. Argento sufre un tic nervioso: mueve su cabeza como una iguana territorial. Se recupera casi de inmediato, sonriendo de oreja a oreja. A la derecha del escenario, el decorado tiene una cortina de terciopelo rojo, se dirige a ella y la atraviesa con parsimonia. La cámara montada en una grúa lo sigue y lo encuentra sentado dentro de una bañera con puerta. Está completamente vestido. Golpea el interior de la puerta con el nudillo.
—Entre, cierre y siéntese en EL TRONO DE CRISTAL, nuestra bañera-retrete con Wi-Fi. Disfrute de sus pasatiempos favoritos con Wi-fi de alta velocidad, mientras se desahoga. Luego, nuestro abrazo termodinámico de agua tibia se encargará de dejarlo reluciente. Nuestra ingeniería es tan perfecta que usted querrá vivir aquí dentro. En Japón aman este producto.
El Sr. Argento intenta levantarse de la bañera, pero le cuesta. Forcejea unos segundos con torpeza hasta conseguirlo. Afuera de la bañera lo espera un televisor obsoleto con perillas, apoya su codo en el aparato decorativo y busca a la cámara.
—Convierta su cerebro en una computadora con NEURO-BLITZ. Nuestros juegos digitales están diseñados para despertar al genio adormilado en sus neuronas. Si puede ganar en la pantalla, puede ganarse la vida, ya que nuestro producto le paga por cada victoria. Recuerde que la demencia no puede entrar en una mente ocupada. Tecnología 100% israelí; 98% libre de cortes comerciales.
Se queda sin parpadear unos segundos, parece que también deja de respirar. Una mosca se posa en su nariz. Por fin, a los diez segundo, sus ojos vuelven a moverse, leen el Teleprompter. El productor de piso le hace señas para que pase al siguiente escenario, que simula ser una tienda de calzado. La cámara lo sigue de cerca. Mientras camina lanza sus mocasines al aire, toma unos calcetines en exposición y se sienta. Se levanta la pata del pantalón con un movimiento lascivo de la mano. Su pierda es pálida, venosa y huesuda.
—Tejidos con cáñamo de Chernobyl, estos CALCETINES GALVÁNICOS protegen sus pies de las malas energías. Con estos pedales de Mercurio sentirá que flota.
Desfila parodiando a los modelos de pasarela hasta que el productor le hace señas. Como un mal actor, o un pésimo presentador, no disimula las indicaciones ante la cámara. Que se ponga el auricular, le dicen. Lo busca en el bolsillo del atuendo. Es enorme, de plástico amarillo y tiene una antena incorporada.
—¿Por qué limitarte a escuchar lo que dicen de ti, cuando puedes escuchar lo que piensan? Por solo $39.99 compre este amplificador que capta hasta las malas intenciones. Los misterios del mundo quedarán resueltos con EL OÍDO DE TIFÓN, nuestro asistente de audición cuántica.
Se arranca el auricular, lo pone de nuevo en el bolsillo; se rasca la oreja durante unos segundos. Con un arranque de energía pasa al siguiente decorado, que simula ser una farmacia. Una vez sobre el punto designado, la cámara lo encuadra. Sostiene un bote de crema con sus manos huesudas. Se aplica irregularmente una cantidad generosa en el rostro, dejándose una capa blanca y espesa. Sus movimientos son torpes.
—Desde Transilvania les traemos la crema de colágeno macro-molecular PORCELA-DERMIS, que crea una segunda piel impenetrable. Al aplicarla, usted se convierte en una estatua de porcelana (hace movimientos que pretenden ser tiernos, pero que le dan un aspecto aún más grotesco). Es tan densa que ni el sol ni las arrugas se atreverán a cruzarla. Hasta un vampiro podría caminar a pleno día si se aplica esta crema (guiña un ojo).
Con el rostro cubierto de blanco, sus ojos negros y su boca abierta empeoran su aspecto tétrico. Abre uno de los gabinetes y extrae un artilugio, un bastón terminado en garra metálica. Lanza una moneda al aire, espera a que se asiente y procede a intentar levantarla.
—Fabricada en polímero espacial de alta resistencia, nuestra GARRA DEL DEMIURGO le permitirá recoger hasta los elementos más insignificantes sin doblar la espalda.
Apunta la garra mecánica hacia la cámara y la hace chasquear repetidamente, como si fuera una mandíbula hambrienta. La moneda cae al suelo. Deja el artilugio sobre el mostrador de la farmacia, y toma un oso de peluche color mandarina. Lo acaricia con cariño fingido.
—El OSO-BOT 3000 nunca se olvida de su cumpleaños. Nunca se va de casa. Vigila su casa cuando usted está fuera, e incluso puede defenderla de intrusos si usted lo desea. Este robot de apoyo emocional y defensa personal ofrece todo lo que usted necesita, es como tener una mascota tierna, un hijo dulce y un pastor belga, todo en uno, y sin ninguno de sus inconvenientes, ya que funciona con una micro batería nuclear de fabricación china que no necesita recarga. Además, su software se actualiza automáticamente.
Besa al oso de peluche en la nariz y lo deja donde lo encontró. Abre un cajón y extrae unas gafas oscuras de soldador. Las luces del estudio se apagan y el Sr. Argento enciende un interruptor. Se enciende la luz cegadora proveniente de una lampara de mesita de noche.
—Lleve el poder del sol a su casa con RAYO DE RA. Nuestra lámpara emite una luz tan pura que va a poder broncearse sin salir de casa. Se recomienda limitar su uso a 10 minutos al día, y no exponer fibras sintéticas o inflamables.
Apaga el interruptor, se quita las gafas de sol, revelando que sus ojos quedaron inyectados de sangre por la la radiación. Sonríe, y un hilo de saliva se desliza por su barbilla mientras vuelve a hacer el movimiento compulsivo como de iguana territorial. La voz en off del locutor dice:
—¡Llame ya al 1800-FreakTV! Los operadores están esperando. Recuerde, es 1800-FreakTV. Satisfacción garantizada.
La imagen del Sr. Argento se funde con la lluvia de estática.
CIERRE DE TRANSMISIÓN.
PASO A LA SIGUIENTE FRANJA DE CONTENIDO.

4:45 A.M. Programación espiritual.
CORTINILLA DE ENTRADA
Sobre la estática, música de sitara que empieza siendo ensoñadora y que se va acelerando hasta volverse inquietante. Sobre un fondo naranja, gira un mandala animado, y en el centro, donde debería haber un loto o un om, hay un frijol.
Voz de locutor, en tono de documental de naturaleza, susurrante y reverencial:
—Hay momentos en la historia de la humanidad que cambian todo. El fuego. La penicilina. La goma de mascar —pausa solemne—. Este es uno de esos momentos.
Las letras aparecen en pantalla, doradas, como las de un canal de televangelismo de madrugada:
«EL SHOW DEL GURÚ PEDORRO». Debajo, en letra más pequeña pero igual de dorada:
«Una producción del Ashram “El Vientre Cósmico” en asociación con Freak TV». El frijol completa una última rotación y explota silenciosamente en una nube de humo psicodélico. Fundido a dorado.
La cámara abre sobre un escenario cubierto de seda color azafrán. La decoración se completa con incienso humeante, cuencos tibetanos, flores de loto en jarrones de terracota. En el fondo, una pantalla gigante proyecta imágenes del Himalaya con el filtro de saturación al máximo, de modo que las nubes sobre la montañas tienen un color fucsia. El público llena el aforo: doscientas personas en ropa de lino, ansiosas por experimentar algo transformador. Música. Aplausos.
Entra el Maestro Fartánanda. Tiene sesenta y tantos años, o cuarenta mal vividos. Viste túnica blanca inmaculada. Lleva una barba que le ha obligado a resignarse a encontrar pelos en la sopa. Sus ojos emiten una serenidad interior propia de los santos que meditan o de los que toman Xanax con el desayuno. Junta las manos, inclina la cabeza.
—Namasté — dice.
El público responde:
—Namasté.
Fartánanda los mira con el amor interesado.
—Esta noche — comienza, en ese tono que hace sonar frases simples como trascendentes — quiero hablarles de algo que la sociedad nos ha enseñado a esconder, a reprimir, a disimular, a negar, a perfumar —hace una pausa dramática—. Deseo hablarles del poder curativo de las flatulencias.
Silencio del público. Luego, desde el fondo, un pedo solitario. Luego otro. En segundos, el auditorio entero pedorrea como un coro de voces armónico, que combina a la perfección con la música de sitaras, lo que termina siendo una improvisación colectiva de «Wicked Games», canción de Chris Issak. La terapia colectiva dibuja en los rostros de la audiencia una expresión de calma, como si súbitamente hubieran encontrado la solución a todos sus problemas.
SEGMENTO I: LA REVELACIÓN GASEOSA
Fartánanda camina por el escenario con la seguridad de exitoso gurú. Un asistente —joven, también vestido de lino y con expresión beatífica— le alcanza un puntero láser. La pantalla del Himalaya cambia, ahora muestra un diagrama del sistema digestivo humano, donde debería haber nomenclatura médica hay términos que en sánscrito. Fartánanda sabe que sus asistentes no verificarán nada, ellos pagan para tomar atajos espirituales, no les interesa la veracidad de las curaciones.
—El intestino —dice Fartánanda, señalando— es el segundo cerebro. Esto lo dice la ciencia, pero lo que la ciencia no dice es que el intestino no solo piensa, el intestino también necesita hablar y cantar.
Señala una zona del diagrama marcada como «Centro Prāṇa Metánico».
—Aquí. En este punto exacto. Es donde se genera el gas sagrado. El Vāyu interior. La voz del cuerpo diciéndoles lo que la mente, demasiado ocupada, no puede escuchar.
Una mujer en la primera fila toma notas con una devoción que le habría sido útil en la universidad, pero en aquellos tiempos estaba dedicada a perfeccionar el arte de enrollar cigarrillos.
—La pregunta —continúa Fartánanda, bajando la voz para darle un tono íntimo— no es si sus flatulencias tienen un mensaje. La pregunta es: ¿han aprendido a escuchar el mensaje?
Aquí el Maestro hace una pausa más larga. Se lleva una mano al pecho. Cierra los ojos.
—No soy el primero en recibir esta revelación —dice —. En Limpopo, Sudáfrica, un hombre de Dios llamado Christ Penelope lleva años sanando a su congregación sentándose sobre sus rostros y administrando el soplo divino directamente. —Abre los ojos —. Los académicos lo llaman escándalo, yo lo llamo afinidad de sensibilidades.
El asistente beatífico aparece con una campanita. La hace sonar. El público cierra los ojos. Suena un pedo largo, casi como el de un clarinete.
SEGMENTO II: TESTIMONIOS
La pantalla muestra videos grabados con la estética de los comerciales de medicamentos: fondos neutros, iluminación cálida, malos actores mirando ligeramente fuera de cámara con expresión de gratitud.
TESTIMONIO 1 — ANANDA P., discípula desde 2022:
Mujer de unos cincuenta años. Palidez de vegetariana, collar de cuarzo. Habla con la convicción de quien ha vivido más de lo esperado.
—Yo llegué al retiro con migrañas crónicas, insomnio e inflamación constante. El Maestro me enseñó que cada vez que reprimía un gas, reprimía una emoción. Por eso ahora no reprimo nada —sonríe —. A mi marido le costó adaptarse en principio, pero desde que dormimos en habitaciones separadas nuestra relación está mejor que nunca.
TESTIMONIO 2 — PABLO Y LUZ G., pareja:
Sentados, tomados de la mano como quienes han atravesado el infierno juntos.
PABLO: Nuestro matrimonio estaba en crisis. Había mucha distancia. Mucha incomunicación.
LUZ: Llegamos al retiro separados, en términos energéticos.
PABLO: El ejercicio de liberación en pareja fue… transformador.
LUZ (asintiendo, con los ojos brillantes): Compartir ese espacio de vulnerabilidad nos reconectó a un nivel que la terapia convencional nunca logró.
PABLO: Ahora ya no sentimos vergüenza.
LUZ: Solo gratitud.
Los dos miran a cámara, sonríen forzadamente. A Luz le tiembla un párpado. A Pablo le corre un hilo de sudor por la frente.
TESTIMONIO 3 — DR. HELIODORO MANZUR, ex gastroenterólogo, actual «Terapeuta Vāyu»:
Hombre de unos sesenta años. Tiene la cara de quien tuvo un consultorio, pacientes, un título enmarcado. Lo cambió todo por esto, y su expresión da a entender que todavía no está completamente seguro de haber tomado la decisión correcta.
—Pasé treinta años tratando síntomas, nunca la causa. Pero aquí entendí que la represión crónica del sistema entérico es una respuesta al trauma social moderno. —Pausa—. El Maestro Fartánanda sabe cosas que la gastroenterología convencional tardará décadas en admitir.
Mira a cámara con la intensidad del converso, sonríe sin poder ocultar cierta tristeza.
SEGMENTO III: EL RETIRO
Fartánanda está sentado en el suelo del escenario, en postura de loto.
—Quiero hablarles del Retiro «Vientos del Despertar». Nueve días en Bali. —El Himalaya en la pantalla cambia a imágenes de arrozales balineses, también con la saturación al máximo—. Nueve días de alimentación sagrada —frijoles negros, repollo fermentado, huevo de campo— de meditación sonora, de liberación grupal, en los que les enseñaré las técnicas que mi Maestro, el gran Peonce de Melón, recibió durante su retiro de cuarenta meses en el Himalaya, donde los gases de la altitud le permitieron acceder a comprensiones sublimes de la realidad.
—Perdone, Maestro —dice una voz desde el público. Es una mujer que se ha puesto de pie en la décima fila. Tiene unos treinta y tantos años. No lleva lino, lleva ropa ordinaria, lo que en esta sala es una declaración política. El teléfono en la mano da a entender que lo está registrando todo.
—Soy Virginia Crespo, de la revista Evidencia Médica. Tengo algunas preguntas.
El público gira hacia ella con hostilidad. Han pagado por una experiencia mágica y no desean que les dañen el viaje. Fartánanda la mira con detenimiento, haciendo el mejor esfuerzo de aparentar serenidad.
—Bienvenida, hija — dice —. Todas las preguntas son sagradas.
—Gracias. Primera: ¿en qué publicaciones revisadas por pares está documentado el concepto de «Prāṇa Metánico»?
Silencio.
—Segunda: ¿cuáles son sus credenciales formales en nutrición, medicina o cualquier disciplina relacionada?
Silencio.
—Tercera: el precio del retiro en Bali es de cuatro mil dólares por persona. ¿Puede desglosar en qué se invierte?
El asistente beatífico da un pequeño paso hacia adelante. Fartánanda lo detiene con una apertura mínima de la mano izquierda. Pone la mano en su pecho y cierra los ojos.
—Virginia —dice, con la calidez de quien va a decir algo pasivo-agresivo—, entiendo tu escepticismo. Yo también fui como tú: armado de preguntas, protegido por el método científico, convencido de que lo que no puede medirse no existe. —Pausa—. ¿Pero sabe qué tampoco podía medir la ciencia durante siglos? El dolor emocional, la memoria del cuerpo, el efecto placebo, que ahora sí se mide y la ciencia llama «respuesta psicobiológica» porque necesita un nombre que no suene a lo que es: fe.
—No respondió ninguna de mis tres preguntas — dice Virginia.
—No —admite Fartánanda, con una serenidad ensayada—. Respondí la pregunta que en realidad deseabas hacerme.
El público aplaude. Valentina guarda la grabadora, recoge su bolso, camina hacia la salida. En la puerta se detiene.
—El código «FARTOSOFIA» —grita, desde el otro lado del auditorio— lleva a una página de registro que redirige a una empresa en las Islas Caimán. Por si alguien quiere saberlo.
Sale. Fartánanda deja pasar unos segundos.
—Su colon — dice — está cargado de negatividad.
El público ríe. La sala se relaja, comienzan a soltarse gases. El asistente beatífico hace sonar la campanita.
SEGMENTO FINAL: LA DEMOSTRACIÓN
—Cerraremos esta noche — dice Fartánanda — con nuestra práctica central, la demostración.
Un murmullo recorre el auditorio. Fruto de la expectativa y aprensión.
—Nuestro hermano en el Señor, el pastor Christ Penelope de Limpopo, demostró que el soplo sagrado puede transmitirse directamente, de cuerpo a cuerpo, sin intermediación doctrinal. En sus propias palabras: es la demostración del poder de Dios. —Fartánanda se pone de pie —. Nosotros, en el Ashram del Vientre Cósmico, hemos perfeccionado el método.
El asistente beatífico extiende una colchoneta en el centro del escenario. Otro asistente aparece con un cojín. Un hombre de la primera fila —el creyente más fervoroso de la sala— se levanta y camina hacia el escenario con dignidad, como si fuera a recibir la comunión. Se recuesta en la colchoneta. Cierra los ojos. Fartánanda lo mira desde arriba con expresión de médico que considera un diagnóstico.
—Así como Dios hizo que Adán entrara en un sueño profundo antes de trabajar sobre su cuerpo — dice, mientras acomoda el pliegue de la túnica con meticulosidad—, así nosotros preparamos al receptor. Hace una genuflexión, se oye un melódico pedo, la voz intestinal característica del maestro. El auditorio contiene la emoción, cientos de almas al borde de las lágrimas. Luego, desde algún lugar del auditorio, alguien deja salir una flatulencia nerviosa, otros siguen el ejemplo. Una risa nerviosa comienza a multiplicarse. Fartánanda se incorpora, se sacude la túnica.
—La tranquilidad de espíritu —dice— se manifiesta donde encuentra apertura.
La congregación se relaja, risas y pedos crean una sinfonía bellísima. Algunos se desmayan de éxtasis.
CORTINILLA DE SALIDA
El mandala-frijol gira lentamente sobre fondo naranja. Voz del locutor:
—El Show del Gurú Pedorro se emite todos los días a las 4:45 A.M. en Freak TV. Las plazas para el retiro «Vientos del Despertar» en Bali están casi agotadas, pero las del taller «El Arte del Pedo Consciente» en Sierra Nevada de Santa Marta, apenas han comenzado a venderse. Freak TV no verifica credenciales, afirmaciones terapéuticas ni domicilios fiscales de los anunciantes. —Pausa—. El pastor Christ Penelope de Limpopo no tiene ninguna relación con el Ashram del Vientre Cósmico.
El mandala-frijol completa una última rotación. Fundido a negro. Estática. Transición a siguiente franja.

05:30 A.M. Noticias Escorpión.
CORTINILLA DE ENTRADA
Música de noticiero, ese sonido que promete información importante, urgente y verídica.
El escorpión animado que sirve de logo atraviesa la pantalla de izquierda a derecha, clava el aguijón en el borde del encuadre y deja una gota de veneno que se convierte en el titular:
NOTICIAS ESCORPIÓN
«Donde te entregamos dosis de ponzoñosa realidad»
Plano general del estudio. Escritorio de noticias; detrás de él una pareja de presentadores con ceños fruncidos. Fondo con mapa de Colombia y el mundo, luces azules y rojas, la imagen habitual del periodismo supuestamente objetivo. Fundido a un plano medio del presentador, 50 años, cabello gris, afeitado, traje gris a la medida.
—Buenas noches. Soy Luciano Bello. Preparen el estómago, porque esta noche les traemos una sopa indigesta … de realidad. Comenzamos.
Música de transición.
PRIMER BLOQUE: DIOS, LA PATRIA Y LAS ARMAS
—Abrimos con noticias nacionales. La reciente condena a 28 años de prisión del ganadero Santiago Beleño por el Tribunal Superior de Antioquia reactivó el interés por una figura que muchos preferían olvidar: el padre Gonzalo Javier Templario Reyes, conocido en el norte de Antioquia como «El cura de las dos biblias». (Cambio de cámara) El apodo no era metafórico, en el allanamiento a la casa cural de la parroquia de Nuestra Señora de las Mercedes y Arrendondo, las autoridades encontraron un revólver calibre 38 dentro de una de sus dos biblias. El padre Templario, según testigos, no veía contradicción entre ambos instrumentos. Los dos, en su concepción pastoral, eran herramientas para combatir el mal —en un recuadro superior se muestra la biblia abierta, dejando ver el arma—. El religioso fue sindicado de presunta participación en la creación del grupo paramilitar Los Trece Apóstoles, en el norte de Antioquia. Se habló incluso de que el padre Templario sería quien dio el nombre a la organización. El nombre, hay que reconocerlo, tiene su gracia: doce comandantes, un líder espiritual, una misión. La diferencia con el grupo original es que estos apóstoles no predicaban el evangelio del perdón y la reconciliación, estos eran los jinetes del Apocalipsis. (Cambio de cámara) Testigos narraron cómo el cura servía de colaborador: escondía en el templo los fusiles que el ejército prestaba y desde el púlpito incitaba a la persecución de supuestos colaboradores de la guerrilla. También se supo que el confesionario servía para crear expedientes de los habitantes del pueblo, pues negaba la absolución a quienes no tuvieran sus mismas inclinaciones políticas. (Cambio de cámara) El Padre Templario fue investigado por la Fiscalía desde 1997 por su presunta participación en el grupo paramilitar. Al momento de su muerte, ya no ejercía el sacerdocio. Murió a los 88 años, en santa paz, protegido durante décadas por la arquidiócesis de Medellín. En sus exequias, el obispo auxiliar, actualmente investigado por cargos de pedofilia, dijo que un sacerdote «transcurre su ministerio impartiendo justicia divina». (Cambio de cámara) Noticias Escorpión informa y deja que la realidad muestre su verdadera cara.
SEGUNDO BLOQUE: CIENCIA Y TECNOLOGÍA
Margarita Rosa de Cristal, la presentadora más veterana del noticiero, con su característico copete lacado, su traje a medida y su bufanda de seda:
—Desde Bolivia, una actualización al debate eterno sobre si el cine de superhéroes es educativo. Un niño boliviano terminó ingresado en un hospital —aunque ya está fuera de peligro— tras hacerse picar por un escorpión para convertirse en su héroe favorito, Scorpio-Man, según informaron las autoridades sanitarias de la región andina de Oruro. (Cambio de cámara) El menor, de ocho años, encontró el arácnido junto a una quebrada y lo puso en el dorso de la mano para recibir la respectiva picadura. Acto seguido, corrió a casa porque «comenzaba a sentir los efectos de la transformación»: dolores de huesos, hinchazón, hormigueo, espasmos musculares, sudoración intensa, taquicardia, fiebre. El proceso de convertirse en super héroe resultó ser bastante más incómodo que en las películas, donde la escena dura solo unos segundos y es aparentemente indolora. (Cambio de cámara) Lo que podría parecer un caso aislado tiene, sin embargo, antecedentes. En mayo de 2020, tres hermanos bolivianos de 8, 10 y 12 años, que acababan de ver una película de súper héroes, se encontraron con una viuda negra y se hicieron picar por ella. Los tres sobrevivieron, pero ninguno adquirió la capacidad de caminar por las paredes. (Cambio de cámara) El responsable del Programa de Enfermedades Zoonóticas de Oruro emitió una advertencia a los padres de familia: «estos arácnidos no otorgan poderes espectaculares». (Cambio de cámara) Noticias Escorpión agradece la aclaración y recomienda a Hollywood incluir este mensaje al comienzo de sus películas.
TERCER BLOQUE: GASTRONOMÍA
Plano medio de Luciano Bello, sonrisa blanca resplandeciente, Botox en las patas de gallo, traje perfectamente cuidado.
—Llegamos ahora a una historia que toca las fibras más profundas de la identidad nacional, porque en Colombia hay dos cosas sagradas: la Iglesia Católica y el sancocho. Desde el municipio de El Banco, Magdalena, nos llega la noticia de un festín comunitario que dejó a los comensales contentos, en el mal sentido de la palabra. Según reportes de las autoridades locales, la sopa fue condimentada, aparentemente sin el conocimiento de todos los presentes, con una cantidad no determinada de marihuana. (Cambio de cámara) Los comensales notaron que la reunión se ponía amena, a pesar de los odios y envidias de siempre. Vecinos que nunca se saludaban, se abrazaban. Los que nunca hablaban, hasta bailaban. El que siempre se quejaba del ruido, subía el volumen. Fue solo cuando les atacó la risa, que las sospechas apuntaron hacia la olla. (Cambio de cámara) Las autoridades investigan para tratar de esclarecer quién fue autor material de lo que se presume fue una broma. Sin embargo, se rumora que un grupo de vecinos parece querer demandar por intento de envenenamiento. Los comensales no recuerdan con exactitud los detalles de la tarde, aunque todos coinciden en que la sopa estuvo buena. (Cambio de cámara) Noticias Escorpión eleva una consulta al INVIMA: ¿existe alguna normativa contra el maridaje entre sancocho trifásico y cannabis? Preguntamos por razones periodísticas.
CUARTO BLOQUE: SEGURIDAD
Margarita Rosa de Cristal, maquillaje retocado, laca recién aplicada para sostener la ola de cabello sobre la cabeza.
—Colombia tiene las fuerzas armadas más creativas del hemisferio occidental. Esta noche lo comprobamos. En distintas localidades del país, han sido documentados en los últimos días varios casos de policías que resuelven situaciones de orden público con artes marciales. El día de hoy, un agente en Medellín aplicó una patada giratoria a un ciudadano que se resistía al arresto, con una habilidad técnica que sugiere años de entrenamiento, o estudio obsesivo de las películas de Van Damme. Por otra parte, en Cali, la semana pasada otro uniformado aplicó un «mata león» —usado habitualmente en artes marciales mixtas—, ante un sospechoso que intentaba huir, dejándolo paralítico. La Policía Nacional no ha emitido un comunicado oficial confirmando si las artes marciales son parte del protocolo de entrenamiento, pero Noticias Escorpión interpreta el silencio como una respuesta afirmativa. Se nota a leguas que estos agentes aman su trabajo, y que la fuerza policial está reclutando a los mejores candidatos.
QUINTO BLOQUE: DERECHOS Y SOCIEDAD
Luciano Bello, con la cara recién maquillada —para disimularle las ojeras y el sudor producido por las luces del estudio—, mira a la cámara con seriedad.
—Desde La Guajira, una noticia que ha generado debate en varias latitudes sobre política penitenciaria e identidad de género. Una reclusa trans alojada en un centro penitenciario masculino solicitó, amparada en la legislación vigente, su traslado a un centro femenino. La solicitud fue aprobada. Lo que las autoridades penitenciarias no calcularon, fue que el proceso de reasignación de género de la interna no había incluido la correspondiente intervención quirúrgica. El resultado, meses después del traslado: varias compañeras de reclusión están embarazadas de él/ella. La situación llevó a lo que los documentos oficiales llaman «una revisión urgente de los protocolos de clasificación penitenciaria». Noticias Escorpión no toma posición en el debate, sin embargo, la ironía es evidente: en una institución diseñada para impedir que sus ocupantes hagan lo que quieran, alguien se salió con las suyas sirviéndose de la ley.
SEXTO BLOQUE: TECNOLOGÍA
Margarita Rosa de Cristal, con un copete que parece tener vida propia, mira a la cámara y lee el texto con convicción y severidad:
—El mundo avanza. Los robots, también. Esta noche, un repaso del estado de la cuestión. En Corea del Sur, autoridades municipales desplegaron una flota de robots humanoides autónomos para la caza de jabalíes urbanos que asolaban parques y jardines. El operativo fue parcialmente exitoso: los robots detectaron a los jabalíes y los corretearon hasta quedarse sin baterías. A la mañana siguiente los encontraron perdidos en el bosque. (Cambio de cámara) En Perú, un partido político de extrema derecha contrató robots humanoides para bailar en su campaña electoral. Los robots bailaron al ritmo que les pusieron, tal y como lo hacen los electores que venden su voto, pero con la ventaja de que no cobran un centavo. (Cambio de cámara) En Estados Unidos, un robot empleado como guardia de seguridad en un centro comercial de Washington fue arrestado tras colisionar repetidamente con viandantes. Es el primer robot arrestado de la historia. Fue esposado, conducido a la comisaría y procesado. Posteriormente fue liberado sin cargos, ya que el código penal no contempla la imputabilidad de los electrodomésticos, aunque varios estados están revisando esta laguna legal. (Cambio de cámara) Finalmente, en un restaurante de Shanghái, un robot camarero sufrió un fallo de sistema durante el servicio del mediodía y comenzó a lanzar platos de forma aleatoria, al tiempo que pronunciaba citas de Marx. El robot fue desconectado, los comensales recibieron el almuerzo gratis. (Cambio de cámara) Noticias Escorpión saluda a los agentes IA de la sala de redacción y les desea larga vida útil, nuestro canal no sería lo mismo sin ustedes.
SÉPTIMO BLOQUE: SALUD
Luciano Bello, con sus dientes blancos resplandecientes contrastando con su rostro agrio.
—Urgente. Desde Bogotá. Una paciente que era transportada en ambulancia al Hospital de Kennedy cayó de la camilla durante el traslado porque las puertas traseras del vehículo no estaban bien aseguradas. La ambulancia continuó su trayecto durante dos cuadras antes de que el conductor notara, por el espejo retrovisor, la ausencia de su carga. La paciente, según el reporte médico, sobrevivió al incidente con contusiones menores que se sumaron a la condición original que motivó el traslado. Los paramédicos argumentaron que el sistema de cierre de las puertas presentaba fallas conocidas. El hospital, por su parte, argumentó que el mantenimiento de las ambulancias correspondía a los prestadores del servicio. Al cierre de esta edición, el prestador del servicio no ha atendido a los llamados de Noticias Escorpión. La paciente, que prefirió no ser identificada, declaró que en adelante irá a emergencias caminando o en bus.
OCTAVO BLOQUE: TRÁFICO INTERNACIONAL
Margarita Rosa de Cristal, con el maquillaje cediendo ante el calor de las luminarias como si tuviera el rostro cubierto de una máscara de cera.
—Desde Portugal, una historia que parece salida del Show de Benny Hill. Un hombre de 88 años conducía su vehículo por las afueras de Braga cuando decidió invadir la vía del ferrocarril. Avanzó varios cientos de metros sobre los rieles antes de que el vehículo quedara atascado. El hombre, según el informe de los agentes que acudieron al lugar, no comprendió de inmediato cuál era el problema. Desde su perspectiva, era una calle destapada sin señalización, algo que en ciertas zonas rurales de Portugal no es inusual. Finalmente fue evacuado sin novedades. La empresa francesa constructora del vehículo, afirmó que usaría las imágenes de video en su próxima campaña publicitaria, pues el vehículo cumplió satisfactoriamente el reto y salió indemne. Noticias Escorpión envía un abrazo fraternal al conductor y recuerda a los televidentes no salir de casa sin sus anteojos.
NOVENO BLOQUE: SUCESOS DE PROXIMIDAD
Luciano Bello, en plano medio, con un hilo de sudor bajándole por la patilla derecha.
—Madrid. Calle Princesa. Un vecino del barrio conocido en su comunidad por sus excentricidades, olvidó las llaves de su apartamento en el interior. Ante la disyuntiva de llamar a un cerrajero como cualquier ciudadano o resolver el problema a su manera, el hombre optó por la segunda opción. Caminó por la cornisa del edificio hasta su balcón, en un cuarto piso, y entró por la ventana. Varios transeúntes filmaron el suceso. Las imágenes muestran a un hombre, de cara al muro y con los brazos extendidos a los lados, avanzando con calma por el borde exterior de un edificio. Los vecinos, según testimonios recogidos en el lugar, no llamaron a emergencias, pues llevan tiempo conviviendo con él y están acostumbrados a sus locuras.
DÉCIMO BLOQUE: CULTURA
Margarita Rosa de Cristal, a punto de perder la compostura.
—Una historia que dice todo sobre este país. En la carretera entre Bogotá y Medellín, un camión cargado con miles de libros volcó a la altura de un municipio de La Ceja. Lo que ocurrió a continuación es noticia: no hubo saqueo. Los libros quedaron esparcidos sobre el asfalto y la cuneta. Llegaron curiosos del sector, y motoristas que pasaban por ahí de casualidad. Varios ayudaron a recoger y apilar los volúmenes, pero nadie tomó nada. La policía de tránsito que llegó al lugar encontró el material ordenado alfabéticamente al borde de la vía.
UNDÉCIMO BLOQUE: ORDEN PÚBLICO
Luciano Bello, sudoroso, con picor en el cuerpo, hace un gran esfuerzo por disimular la incomodidad que le produce el calor de los reflectores.
—Desde el departamento del Cauca, un gesto de paz con nota al pie de página. Un grupo de pandillas locales decidió acogerse a un proceso de dejación de armas promovido por la Alcaldía. La entrega se realizó con los protocolos habituales: acto público, autoridades presentes, prensa invitada. El arsenal entregado incluyó cuchillos «mata puerco», machetes oxidados, destornilladores afilados, hondas —junto con cientos de balines y canicas, que servían de munición—, pistolas de manufactura artesanal, pistolas acrílicas producidas con impresoras 3D, y lo que los documentos oficiales describen como «trabuco pirata», un arma de fuego del siglo XVIII. Las autoridades recibieron el material, agradecieron el gesto y anunciaron que el proceso tiene luz verde para continuar. Noticias Escorpión pregunta, con el debido respeto, si alguien verificó que si trabuco aún funcionaba, porque de ser así hay que reconocer el nivel de compromiso logístico del grupo que lo conservaba.
DUODÉCIMO BLOQUE: CRÓNICA NEGRA
Margarita Rosa de Cristal, con las pestañas postizas deslizándoseles por el rostro como trineo por pendiente nevada.
—En Bucaramanga, un ladrón que había accedido al tejado de una vivienda fue capturado por la policía al amanecer, luego de haberse quedado dormido sobre las tejas. Los propietarios de la vivienda, que salieron a tender ropa temprano, lo oyeron roncando y llamaron a las autoridades. El ladrón seguía dormido cuando le pusieron las esposas, pero una vez despierto declaró que: «hace años no había tenido un sueño tan reparador».
DECIMOTERCER BLOQUE: TERCERA EDAD
Margarita Rosa de Cristal, aferrándose al profesionalismo que la caracteriza, hace un esfuerzo adicional para llegar al final de la emisión:
—Desde Cajamarca, Tolima, una noticia que pone en duda el concepto de vejez como sinónimo de tranquilidad. Una pelea dentro de una casa de reposo para ancianos dejó como saldo un adulto mayor fallecido y otro capturado. Las circunstancias exactas del altercado están siendo investigadas. Se ha confirmado que el detenido tiene setenta y cuatro años, que el incidente ocurrió en el comedor del establecimiento y que, según testimonios del personal, el conflicto era de vieja data. Noticias Escorpión confirma que en la Casa de Retiro Nuevo Comienzo se han revisado sus protocolos de convivencia, han retirado los cubiertos de metal y se ha instalado una nueva ruta de mediación de conflictos. También ha contratado un terapeuta. El detenido, de momento, no ha dado declaraciones públicas.
DECIMOCUARTO BLOQUE: MEDIO AMBIENTE
Luciano Bello, sin poder disimular la sofocación, casi al borde del colapso físico:
—Desde Barranquilla, una historia de ingenio y desconfianza. El dueño de un frondoso árbol de mango —esos que suelen ser patrimonio tácito de la cuadra— decidió este año privatizar el acceso al mismo, instalando una malla de nailon alrededor. Al parecer, tomó la decisión luego de perder una cantidad no determinada de mangos en la cosecha del año anterior. Los vecinos han protestado, argumentan que el árbol lleva veinte años siendo de la comunidad. El propietario, que recién adquirió la propiedad, argumenta que «las reglas de juego han cambiado». Noticias Escorpión no resuelve disputas vecinales, pero es nuestro deber informar que cinco casas más abajo, en la misma cuadra, hay otro palo cargado de mangos.
DECIMOQUINTO BLOQUE: TRÁFICO Y TRANSPORTE
Margarita Rosa de Cristal, ahora sin saco, con el cabello emplastado y peinado hacia atrás, y la camisa translúcida de sudor, lee la noticia con desgano.
—Desde el departamento de Córdoba, en Colombia, una historia que plantea preguntas sobre movilidad, legislación de tránsito y la naturaleza del concepto «parrillero». Un hombre fue detenido en un retén policial en la vía que conduce a Montería cuando los agentes notaron que transportaba en su motocicleta, en el puesto trasero, un becerro vivo de aproximadamente tres meses de edad. El animal estaba amarrado con una cabuya al cuerpo del conductor. Según los uniformados, el conductor argumentó que el becerro era suyo, que lo estaba llevando a un destino legítimo y que no había ninguna norma que prohibiera transportar ganado en motocicleta. Los agentes revisaron el código de tránsito, y efectivamente, no contempla este escenario con suficiente precisión. El hombre fue multado por exceso de carga, y por transportar un pasajero sin casco.
BLOQUE DE CIERRE: EL MISTERIO
Luciano Bello, sin corbata, sin saco, con los sobacos empapados y el maquillaje corrido:
—Y cerramos esta noche con una nota desde los Llanos Orientales, donde la realidad siempre ha operado con reglas propias. En varios hatos de los departamentos de Casanare y Arauca, los llaneros siguen reportando un fenómeno que los veterinarios no saben cómo clasificar: al amanecer, las crines de los caballos aparecen trenzadas con experticia. Todo apunta a lo que los llaneros llaman «El Fuy». Dicen que es un espíritu que camina de noche por los potreros, no hace daño, no roba, no amenaza. Nadie lo ha visto nunca, y las únicas huellas que ha dejado son las crines trenzadas. Y aunque los veterinarios y los biólogos no tienen una explicación satisfactoria, los antropólogos y los llaneros no necesitan una, pues en los mitos está la respuesta al enigma.
—Él viene —declara un vaquero del Casanare, en el recuadro superior de la pantalla—, hace su trabajo y se va. Desde que los colonos llegaron aquí con sus bestias, ha sido así. El Fuy ama los caballos, los hipnotiza, los acicala.
Luciano Bello mira a cámara. Parece un naufrago bajo el sol de medio día. Margarita Rosa de Cristal mira a la cámara. Parece una mujer extraviada en medio del desierto.
—Esto ha sido Noticias Escorpión —dice él.
—Donde te entregamos dosis de ponzoñosa realidad. Hasta la próxima —dice ella.
CORTINILLA DE SALIDA
Música de noticiero, ese sonido que es sinónimo de información imprescindible.
El escorpión animado que sirve de logo atraviesa la pantalla de izquierda a derecha, clava el aguijón en el borde del encuadre y deja una gota de veneno que se convierte en el titular:
NOTICIAS ESCORPIÓN
«Donde te entregamos dosis de ponzoñosa realidad»
Estática.
Transición a siguiente franja.

6:30 A.M. Cine de ciencia ficción: ROBOCRAP.
CORTINILLA DE ENTRADA
Estática. Luego, sobre fondo negro, el sonido de una compactadora de basura trabajando con ritmo hidráulico. El sonido se vuelve un tema de sintetizadores al estilo DarkSynth, el tipo de música que en 1985 sonaba al futuro y que ahora suena a nostalgia. Letras metálicas, oxidadas en los bordes, aparecen una a una:
ROBOCRAP
Debajo, en letra pequeña:
«Ciudad de Bakatá. Año 2046.»
Fundido a blanco.
La voz del narrador contextualiza:
—El basurero municipal de Bakatá ocupa lo que antes fue el barrio de Soacha. Las excavadoras entraron un lunes, arrasaron las viviendas en unos pocos días y para el fin de semana ya habían desalojado los escombros. Cuando los habitantes que trabajaban al otro lado de la ciudad regresaron a casa, encontraron que ya no había nada que hacer excepto mirar desde la periferia. El basurero creció en cuestión de semanas hasta tener geografía propia: a un lado, la montañas de electrodomésticos obsoletos, a otro lado, valles de plástico y riachuelos de líquido percolado. En el sector G del basurero, entre los restos de viejos televisores, refrigeradores, y tres toneladas de equipos de oficina, yacía lo que quedaba de Rodrigo Fonseca Medina.
FLASHBACK
Rodrigo era agente de policía, pertenecía a la la Unidad de Delitos Patrimoniales de la Policía Metropolitana de Bakatá, que es la unidad a la que van a parar los inspectores que no tienen palanca. Llevaba doce años persiguiendo robos de celular, hurtos en buses, carteristas. No era un mal policía, pero tampoco destacaba, solo se limitaba a seguir ordenes. Era el tipo de policía que llenaba los formularios correctamente, que llegaba a tiempo al turno, que no cobraba lo que no le correspondía cobrar, y que regresa a casa cada noche sabiendo que nada de lo que hiciera iba a cambiar el mundo. Su esposa se llamaba Claudia. Tenían una hija de ocho años, Eva, que coleccionaba hormigas en frascos de mermelada y que había llegado a la conclusión, a sus ocho años, de que las hormigas eran mejores compañeras que las personas porque nunca la abandonaban ni se burlaban de ella. Eva tenía razón, Rodrigo siempre llegaba tarde a cenar y generalmente no cumplía sus promesas.
Una noche, Rodrigo perseguía a un carterista por el sector industrial del sur de Bakatá, pero el hampón conocía el territorio mejor que él. Rodrigo, que tenía cuarenta años y una rodilla malograda, lo perseguía obstinadamente, aun a sabiendas de que se lastimaría aún más. La persecución lo llevó al perímetro del basurero. Lo que sigue es confuso, una caída de aproximadamente ocho metros sobre una cama de cables pelados y electrodomésticos rotos, seguido de un camión que descargó sus residuos electrónicos sobre el cuerpo desvalido, pero con pulso, de Rodrigo. Siete días pasó ahí, cubierto de desperdicios, y de alguna forma milagrosa, a la vez protegidos por ellos. Al octavo, Rodrigo fue rescatado por la Dra. Patricia Archivold, «reclutadora de talentos» de CrapTech S.A.S., una empresa de gestión de residuos industriales que había diversificado sus operaciones hacia las llamadas «soluciones de integración biomecánica con componentes recuperados». En cristiano: CrapTech reciclaba chatarra y humanos para realizar experimentos de hibridación, es decir, crear Cyborgs.
Su esposa, Claudia, se opuso al procedimiento. Quería a su esposo en casa, no patrullando las calles como un robot. Pero la Dr. Archivold necesitaba a Rodrigo para salvar su proyecto, que había sido amenazado con ser desfinanciado si no mostraba resultados pronto. Desesperada, Patricia firmó los papeles guiándole la mano a Rodrigo. Claudia, creyendo que él había traicionado sus deseos, le pidió el divorcio.
LA CONSTRUCCIÓN
El taller de CrapTech ocupaba la nave C del parque industrial de Fontibuena, entre una empresa de empaques y un negocio de repuestos de dudosa procedencia. El equipo que trabajó en Rodrigo era de cinco personas. La Dra. Archivold, dos técnicos en mecatrónica que antes arreglaban lavadoras industriales, un médico que había perdido la licencia por negligencia, y un estudiante de último semestre de ingeniería electrónica, Kevin, que necesitaba completar las prácticas. Trabajaron en Rodrigo cuarenta días seguidos. El resultado no era elegante, pero no por eso menos admirable. Rodrigo, o como sería conocido en adelante, «RoboCrap» estaba ensamblado de la siguiente forma: el torso fue remplazado por una lavadora Samsung modelo 2009, reforzado con placas internas de acero para ofrecerle cierto blindaje. Los brazos incluían piezas de bicicletas eléctricas y procesadores de alimento. Las piernas incorporaban piezas de equipos desechados de gimnasios, incluyendo partes de las caminadoras Infinity que le daba una velocidad de desplazamiento superior a la de cualquier humano. Además, al momento de procesar información producía un sonido inequívocamente reconocible para cualquiera que hubiera trabajado en una oficina entre 2005 y 2015, ya que tenía incorporado un sistema operativo Windows. La visión: un HUD básico instalado en el ojo derecho, usaba la pantalla de un Nokia 3310 con una resolución de 84×48 píxeles, que Kevin, había configurado para mostrar información táctica básica, aunque la interfaz seguía teniendo el indicador del nivel de batería del teléfono original y a veces, sin poder remediarlo, el juego de la serpiente invadía la pantalla. El ojo izquierdo era el de toda la vida, por ahí seguía viendo como siempre, era el ojo de su conciencia, por ponerlo en términos burdos. Ocurrió sin planificación, fue uno de esos accidentes fortuitos que permitió a la máquina seguir teniendo alma.
EL DESPERTAR
Rodrigo abrió el ojo derecho y vio el mundo pixelado en 21 de junio del 2046. El ojo izquierdo abrió un segundo después y vio el techo de la nave C, con sus vigas de metal y las manchas de humedad. Los dos ojos tardaron varios segundos en ponerse de acuerdo sobre lo que estaban viendo.
—Buenos días —dijo Kevin, desde algún lugar a su derecha.
Rodrigo intentó hablar, pero solo logró balbucear.
—Despacio —dijo la Dra. Archivold—. El sistema de voz tarda en calibrar, le hemos instalado el componente GPS de un sistema de navegación de auto Toyota Camry del 2000.
Rodrigo volvió a intentarlo.
—¿Dón-de es-toy?, ¿Qui-én so-y?, ¿Qu-é an-o es? —dijo, con el ritmo y la entonación de la voz de un navegador satelital arcaico.
—¿Dijo ano? — preguntó Kevin —.
—El GPS estaba programado en inglés, no tiene la «Ñ» incorporada. (Y dirigiéndose a Rodrigo) Estás en un laboratorio de alta tecnología, hoy viniste al mundo como «RoboCrap». Es el año 2046.
El HUD del ojo derecho parpadeó. Cargó información. Batería: 67%. Temperatura ambiente: 18°C. Y en la esquina, discretamente, la serpiente avanzando por el borde de la pantalla. Echó una mirada en derredor, analizando los detalles con minuciosidad.
—No pare-ce un labo-ra-torio —dijo RoboCrap, señalando con los labios el rincón del galpón, donde una rata masticaba los restos de un pollo asado.
—Digamos que es un laboratorio donde se realizan experimentos de diversa índole —dijo la Dr. Archivold.
LA MISIÓN
CrapTech tenía un contrato con la Alcaldía de Bakatá. El contrato, técnicamente, era de gestión de residuos. Pero en las cláusulas adicionales —ese espacio en el que los contratos revelan las verdades intenciones— se hablaba de un «impuesto de seguridad para las zonas de influencia del relleno sanitario». La «zona de influencia» incluía los sectores residenciales aledaños al basurero, donde en los últimos años había crecido una economía informal de recicladores, carretilleros, vendedores ambulantes, o lo que términos oficiales se denominaba «población flotante no regularizada». El hombre que administraba esa comunidad se llamaba Germán Puentes, conocido en el sector como «El Alcalde». Era un hombre de mediana edad con un ojo vago y una tienda en la que se vendía desde pan y gas de cocina, hasta celulares «reciclados» y lencería. El Alcalde no era amado por nadie, pero todos dependían de él de alguna forma. Mantenía el orden en su territorio con ayuda de un grupo de motociclistas encapuchados y armados con varillas de acero. Y como CrapTech quería el sector, por las ventajas logísticas que le ofrecía, El Alcalde resultaba siendo un estorbo. La Dra. Archivold se lo explicó a RoboCrap.
—Es una técnica de gestión muy antigua —dijo ella—, vas a visitarlo, le dañas el caminado y lo invitas a mudarse.
Rodrigo escuchó todo. Asintió. Tras tomarse unos minutos, preguntó:
—¿Cuándo puedo ver a mi familia?
La Dra. Archivold anotó: «Su lado humano sigue estando demasiado consciente». Luego respondió.
—Pronto podrás verlos, primero necesitamos optimizar tu funcionamiento— dijo.
LA PRIMERA MISIÓN
Rodrigo patrulló el sector G del basurero por primera vez un martes a las tres de la madrugada, cuando la niebla del relleno todavía flotaba a baja altura, espesa como la nata de un café con leche que se ha dejado reposar demasiado. A esa hora, los recicladores apenas se preparaban para la jornada tomando bebidas calientes en sus cambuches, los más viejos y avezados, acostumbrados a ver toda clase de fenómenos paranormales, le restaron importancia. Pero los que definitivamente no gustaron de su presencia fueron los hombres de El Alcalde. Eran cuatro, iban en dos motos. Justo en el momento que RoboCrap apareció, ellos estaban «persuadiendo» a un reciclador de unos sesenta años para que abandonara el territorio. Rodrigo se acercó con movimientos robóticos, los cuatro lo miraron y se impuso un silencio tenso. Entonces RoboCrap empezó a hacer el sonido que hacían las maquinas de fax.
—¿Qué es esa joda? — dijo uno de los cuatro.
—Soy RoboCrap, me han programado para proporcionar seguridad al sector. — dijo Rodrigo, con el acento GPS.
—Oigan a mi tía.
—Lamentablemente no detecto presencias femeninas en este momento. ¿Podría explicarme usted mismo por qué motivo maltrata a este anciano? —Rodrigo miró al reciclador de sesenta años— ¿Está bien? —dijo Rodrigo, con dicción de GPS.
El reciclador asintió, sin salir de su asombro.
—Váyanse. Esta vez solo les daré una notificación verbal. Pero no vuelvan por acá si van a delinquir, me han programado para ser implacable con los reincidentes —dijo Rodrigo, a los cuatro.
Los matones al servicio de El Alcalde se fueron en sus motos. El reciclador de sesenta años también recogió sus cosas, y ya se iba cuando se detuvo para preguntarle:
—¿Qué es usted? — le preguntó a Rodrigo.
—Solía ser un policía humano. Ahora soy un policía robotizado —dijo.
El jueguito de la serpiente en el HUD comenzó a moverse.
—¿Pagan bien?
—No lo sé todavía. — dijo Rodrigo.
LA MEMORIA
Por las mañanas, en el galpón donde le hacían el mantenimiento, Rodrigo intentaba dormir. La Dra. Archivold había configurado un modo de reposo que apagaba los sistemas no esenciales y dejaba solo el monitoreo de signos vitales. Kevin había intentado también apagar el juego de la serpiente en esos periodos, pero seguía corriendo incluso en modo reposo, lo que habían terminado aceptando como un misterio de la integración carne-maquina. Había algo adicional que no podía controlarse, lo que pasaba en los 23 minutos que tardaba en quedar en reposo completo: recuerdos reiterativos de una vida tan distante que parecía pertenecerle a otra persona. Veía a su hija jugando con muñecas. Recordaba el sonido de la cafetera, por la mañana, cuando Claudia preparaba el desayuno mientras él se afeitaba.
GERMÁN PUENTES
Tres noches después, El Alcalde coincidió con Rodrigo en la panadería. Rodrigo había llegado a comerse un pan de yuca, y El Alcalde, que era un hombre pragmático, entendió que la conversación iba a ocurrir ahí mismo o no iba a ocurrir en absoluto, así que decidió tenerla de inmediato.
—Usted trabaja para CrapTech —dijo El Alcalde, apreciando el trabajo de reciclaje que habían hecho con él.
—Trabajo con la ley —dijo Rodrigo.
—La ley aquí soy yo.
—Lo era, porque no había ley. Pero me han enviado para cambiar eso.
—Eso te convierte en un enemigo de la causa.
—¿Y cuál sería esa causa?
—(Tras unos segundos de reflexión) Ayudar a la comunidad… por supuesto.
Antes de responder, RoboCrap observó al interlocutor y dejó salir ruidos típicos de los scanners Xerox.
—Tus pupilas dicen otra cosa. Estoy programado para detectar el cinismo.
El Alcalde sonrió ante la respuesta de Rodrigo, que siguió disfrutando del pan de yuca. Su estómago era del tamaño de una manzana, así que comía más por nostalgia que por necesidad. La nostalgia era un sentimiento, y eso lo humanizaba.
—¿Qué quiere CrapTech con este sector? —preguntó El Alcalde.
—No responderé a tus preguntas. En cambio, toma esta charla como un aviso. Sal del sector usando tus propios pies.
El Alcalde lo miró aterrorizado.
—Necesito tiempo — dijo El Alcalde.
—Tienes 48 horas para empacar.
EL PUNTO DE QUIEBRE
La Dra. Archivold se presentó en el galpón a las once de la mañana.
—Mañana ejecutamos el plan de reubicación — dijo.
—No voy a hacer eso —respondió Rodrigo.
Silencio.
—Rodrigo, usted no tiene opinión, usted nos sirve a nosotros. Sin chistar.
—Yo estaba medio muerto cuando ustedes decidieron falsificar mi firma para autorizar los experimentos con mis restos. Entonces, yo no voy a hacer eso que me ordenan, va en contra de mis principios —repitió Rodrigo.
Siendo la Dra. Archivold una mujer inteligente, ya había previsto esto.
—Si no cumple las órdenes —dijo—, exigiremos una retribución económica de los costos de la operación a su familia. Eso o lo desmantelamos, usted escoge.
Rodrigo no respondió. El juego de la serpiente apareció en el HUD y se distrajo.
—Deme hasta el viernes —dijo.
—Hoy es viernes.
—Entonces, deme hasta el lunes.
EL FIN DE SEMANA
Rodrigo fue a ver a Claudia, su ex esposa, con la que no hablaba desde su divorcio. Llegó el sábado a las siete de la mañana, que era la hora en que Eva todavía dormía, y por tanto era el único momento de la semana en que la pareja podía hablar de sus asuntos sin ser interrumpidos. Claudia abrió la puerta, Rodrigo había practicado algo que decir durante el trayecto en la patrulla que le habían asignado, pero todo lo que había practicado se disolvió cuando vio su cara. Intercambiaron saludos y entraron a la cocina. Claudia puso el café. Rodrigo se sentó en la silla de siempre, que crujió bajo su peso. Volvió a ponerse en pie para evitar dañarla. Aceptó el café y le dio sorbos, más por formalidad que por placer. Conversaron durante poco mas de cuarenta minutos, momento en el cual apareció su hija en el umbral de la puerta. Miró a RoboCrap, pero en él no reconoció a Rodrigo. Él la saludó, y en cuanto oyó su voz lo sacó. Entonces sonrió.
—¿No te da frío vivir así? —preguntó la niña que entraba a la adolescencia.
Rodrigo sonrió.
—No siento nada, ni frío ni calor—dijo RoboCrap con su voz particular.
EL LUNES
Rodrigo llegó a la nave C a las ocho de la mañana. La Dra. Archivold lo esperaba con dos funcionarios de CrapTech que no había visto antes. Kevin estaba en el fondo del taller, mirando su laptop simulando estar concentrado en algo importante.
—¿Cuál es su decisión? —dijo la Dra. Archivold.
Rodrigo miró a los funcionarios, vestían como abogados.
—Voy a cumplir el contrato —dijo.
La Dra. Archivold asintió.
—Pero no el que firmaron. El original.
—¿El original?
—El que dice «mantenimiento del orden en zonas de influencia». No dice desplazar a nadie. Dice mantener el orden.
—El orden lo definimos nosotros —dijo uno de los abogados.
—El orden lo define el código de policía. Lo conozco de memoria, lo he releído cada noche para tratar de conciliar el sueño.
Rodrigo se volvió hacia Kevin.
—Kevin. ¿Tienes el contrato en el sistema?
—Sí.
—¿La versión completa, con todas las cláusulas?
—Sí.
—¿Y las grabaciones de las reuniones de directivos donde discutieron el plan de reubicación?
Kevin levantó la vista de la laptop por primera vez.
—¿Cómo sabe de eso? — dijo la Dra. Archivold.
—Tiene una computadora integrada, ¿lo recuerda? Se le ha otorgado acceso a las cámaras de seguridad que le permiten triangular información, también tiene la capacidad de hackear las memorias de los computadores y otros dispositivos con BlueTooth. — dijo Kevin, luego de lo cual se hundió levemente en su silla.
La cámara hace un acercamiento al rostro de RoboCrap, en su visor vemos correr el juego de la culebrilla.
El sonido de la compactadora regresa. Esta vez más lento, tranquilo y sombrío. Con ese sonido se va creando una melodía de sintetizador, que acompaña como música de fondo al mensaje del narrador:
—CrapTech S.A.S. fue investigada por la Contraloría de Bakatá. El proceso tardó cuatro años, y terminó en una multa multimillonaria. La Dra. Archivold fue despedida y trabaja ahora para una empresa de reciclaje electrónico en Manizales. Kevin se graduó con honores, y pasó a trabajar para la NASA. Claudia y Rodrigo siguieron viéndose los sábados a las siete para tomar café, y su relación se fortaleció en los terrenos del amor platónico. RoboCrap se convirtió en el protector personal de Eva, la busca en casa y la lleva a la escuela y viceversa. Rodrigo Fonseca Medina continúa patrullando el sector G, y sigue releyendo el código de policía para combatir el insomnio. El Alcalde siguió a cargo del sector G. Nota aclaratoria: Robo Crap fue filmada íntegramente con componentes recuperados. No se dañó ningún electrodoméstico nuevo.
Estática.
Transición a siguiente franja.

«EL REINO INVISIBLE» — 8:00 A.M. Documentales de naturaleza
CORTINILLA DE ENTRADA
Música clásica, el tipo de melodías que acompaña a las imágenes de los documentales de las sabanas africanas o de los arrecifes de coral. La cámara, sin embargo, hace un primer plano de una almohada blanca, ligeramente arrugada, sobre una cama pulcramente tendida, que a medida que se va acercando en un zoom óptico va mostrando la textura amplificada hasta volverse paisaje: las fibras como árboles, los pliegues como cordilleras, las manchas imperceptibles a ojo desnudo como pantanos vistos desde satélite. La música incrementa la tensión dramática.
Letras aparecen sobre la almohada:
«EL REINO INVISIBLE»
Una producción de International Idiot-Graphic.
Voz en Off. Grave, pausada, con la madurez de quien ha narrado la migración masivas de los ñus, el ritual de apareamiento de los pingüinos y las habilidades de los cuervos.
—Mientras usted descansa la magnificencia de la vida sigue su curso…
El zoom óptico achica distancia sobre las fibras de la almohada con la lentitud de un dron que sobrevuela las montañas del Congo.
—A escala microscópica, cada centímetro cuadrado de su piel alberga una población que haría palidecer a cualquier metrópolis humana. Sus habitantes no pagan impuestos, no tienen pasaporte, no votan para elegir a sus líderes. Estas criaturas existen libremente, a pesar de que no hay una carta de derechos que así lo exija. Obedecen normas de convivencia sin cuestionarlas, y sin embargo, parecen a gusto y nunca se sublevan. Y lo mejor de todo es que no han firmado ningún contrato social con usted, simplemente están ahí, llevando sus vidas con total indiferencia hacia su existencia, la del huésped, que si usted lo piensa bien, es recíproca… Esta es su historia.
FUNDIDO A BLANCO.
«LA CARA QUE HABITAMOS»
Primer plano microscópico. Un paisaje de cráteres y valles que tarda tres segundos en revelar lo que es: el poro de una nariz humana, visto a cuatrocientos aumentos. En el fondo de ese poro, media docena de formas alargadas, translúcidas, con patas cortas que se mueven —a nuestros ojos— pausadamente, aunque para estas criaturas aquel sea un ritmo ágil —y en términos nuestros, productivo—.
—El Demodex folliculorum. Ácaro folicular humano. Longitud: entre 0,3 y 0,4 milímetros. Peso: indetectable. Presencia: casi universal. Es decir, las probabilidades de que esté viendo este documental completamente solo son casi nulas.
La cámara sigue a uno de los ácaros por la superficie del folículo.
—Este es «Evodio», macho adulto, tres semanas de vida, que en escala humana equivaldrían aproximadamente a cuarenta y cinco años —la edad en que un hombre empieza a cuestionarse el tiempo que le resta de vida, aunque «Evodio» no se hace «preguntas» porque no tiene cerebro en el sentido estricto del término, lo cual, lo sitúa en una posición epistemológica ventajosa.
«Evodio» avanza.
—«Evodio» ha pasado toda su vida adulta en este folículo. No porque no tenga opciones — tiene 8 piernas completamente funcionales — sino porque este folículo tiene todo lo que necesita: sebáceas, queratina, el calor constante que produce su mamífero-huésped.
La música se tensa, los violines anticipan algo.
—Pero esta noche, «Evodio» va a hacer algo que no ha hecho en toda su vida adulta.
Pausa dramática.
—Va a moverse tres milímetros hacia la izquierda, siguiendo un impulso reproductivo.
La música alcanza su clímax. «Evodio» avanza tres milímetros hacia la izquierda. Música de resolución.
—Lo ha conseguido, ha encontrado una pareja en celo.
EL CICLO DE LA VIDA
El narrador continúa sobre imágenes en 3D de alta resolución, logradas con ayuda de un microscopio electrónico de barrido (SEM).
—Los demodex como «Evodio» no tienen ano.
Pausa.
—No es un detalle menor. Es, desde el punto de vista de la biología del organismo, su característica más definitoria. El ácaro folicular humano acumula todos sus desechos metabólicos en el interior de su cuerpo durante toda su vida. Al morir, esos desechos se liberan en el folículo que habitó…
Pausa más larga que las anteriores.
—…en su cara.
La música adopta un tono fúnebre.
—La ciencia llama a esto «nitrógeno orgánico». Usted puede llamarlo como prefiera. Lo que importa es que «Evodio» lo hará, tarde o temprano, algo que como regla general hacen todos los seres vivos, y que lo hará aquí…
La cámara retrocede lentamente hasta hacer un primerísimo plano de una persona dormida. La música se suaviza hasta convertirse en cantilena.
—Pero la vida sigue…
LA COLONIA
—No vive solo.
Imágenes de una colonia de ácaros en el ombligo, vista a mil aumentos. Se mueven con laboriosidad. Son miles.
—Nadie en el reino Demodex vive solo. Es una especie profundamente social, en el sentido de que comparte territorio con entre uno y diez millones de congéneres distribuidos por la superficie corporal de su huésped. Cada folículo, potencialmente, es una comunidad. Cada poro, un barrio. Cada centímetro, una ciudad.
La cámara sigue a dos ácaros que convergen en el mismo folículo.
—Esta es «Seba». Hembra adulta. Ha recorrido una distancia equivalente, en escala humana, a cuatro kilómetros, para llegar a este folículo. ¿Qué la trajo aquí? La ciencia ofrece varias hipótesis. La más simple: el calor. Las glándulas sebáceas de esta zona producen una temperatura marginalmente superior a las adyacentes. Para un ser de 0,3 milímetros, esa diferencia es la diferencia entre el Caribe y Escandinavia.
«Seba» entra al folículo.
—«Seba» no sabe que ha tomado una decisión, en el sentido neurológico del término. Pero si la ciencia cognitiva nos ha enseñado algo es que la distinción entre «saber» y «responder a gradientes químicos con precisión perfecta» es, en la práctica, más difusa de lo que nos gustaría. Incluso los humanos funcionamos así.
La voz baja al registro más íntimo.
—Posiblemente «Seba» sabe todo lo que necesita saber.
EL HUÉSPED
La cámara retrocede. Retrocede hasta salir completamente de la escala microscópica. Ahora muestra, desde arriba, una ciudad humana, de noche. Las luces, el tráfico, la actividad indiferente de millones de personas moviéndose por sus propios asuntos.
—Cada uno de esos puntos de luz —dice el narrador— aloja a por lo menos un huésped. Cada huésped lleva consigo su propia ciudad invisible. Generaciones enteras nacen, viven, mueren y fertilizan en su epidermis sin que el huésped lo sepa, sin que el huésped lo sienta, sin que el huésped, en la mayoría de los casos, tenga ningún motivo para pensar en ello.
El zoom óptico vuelve a descender a la almohada. Volvemos al primer plano de fibras y pliegues, en ellas vemos colonias de ácaros cumpliendo sus labores cotidianas.
—La pregunta que no hacemos es: ¿Quién es el paisaje de quién?
LA MORALINA
La voz regresa, con el registro que el género reserva para las conclusiones, como si el narrador hablara por fin sin el velo de la objetividad:
—Llevamos siglos construyendo una imagen del ser humano como entidad separada del mundo natural. Se nos ha querido ver como un mero observador, pero el Demodex folliculorum confronta esa imagen, su especie ha estado viviendo en nuestras caras desde antes de que tuviéramos lenguaje para describir a «Evodio», desde antes de que tuviéramos la capacidad de formular la pregunta de si estábamos solos en el universo.
La cámara retrocede por última vez. Sale de la cara, sale del cuarto, sube por encima del edificio, sigue subiendo.
—Mañana, cuando se duche, el jabón eliminará entre el quince y el veinte por ciento de la población de ácaros de su cuerpo. El ochenta por ciento restante seguirá con su existencia como si nada. Su especie es paciente, lleva más tiempo en esta tierra que cualquier civilización que hayamos construido, y estará aquí cuando todas las que quedan hayan desaparecido.
Pausa.
—Y cuando crea que está solo o que nadie lo ama, recuerde a los que habitan gustosamente en sus folículos.
CORTINILLA DE SALIDA
Música clásica sublime. Sobre fondo negro:
«Evodio» y «Seba» fallecieron de causas naturales tres días después del rodaje.
Sus restos permanecen en el mismo folículo que le vio nacer.»
Voz del canal:
—El Reino Invisible fue producido por International Idiot-Graphic con financiación de Freak TV y el apoyo de Ácaros Rights Watch.
Estática.
Transición a siguiente franja.

9:30 A.M. Cine de acción
CORTINILLA DE ENTRADA
Estática. Luego, sobre fondo negro, el sonido de una moto acelerando en una calle vacía. Sintetizadores. Por los desperfectos en la imagen deducimos que la película en cuestión es una cinta en VHS. Unas letras en cromo van saliendo detrás del horizonte de la fría ciudad:
«EL PIRAÑA»
Debajo, en letra más pequeña pero igual de cromada:
«Bogotá, 1987.»
FUNDIDO A NEGRO.
ESC. 1 — INT. SUPERMERCADO / NORTE DE BOGOTÁ — NOCHE
Plano general de un supermercado a medianoche. Luz fluorescente sobre estanterías de yogures y detergentes. Tres HOMBRES CON PASAMONTAÑAS entran por la puerta principal. El cajero levanta las manos, dos clientes se tiran al piso. El más alto de los tres encapuchados empieza a vaciar la caja, sus manos tiemblan por exceso de estimulantes. Entra en escena un vehículo, irrumpe en la tienda atravesando la cristalería, el RENAULT 18 NEGRO de 1978 avanza por el pasillo central arrastrando cristales rotos, estanterías y productos varios; se detiene frente a la sección de lácteos. El motor se apaga, la puerta del conductor se abre. Baja una bota militar, luego la otra. Es CÉSAR «EL PIRAÑA» MONDRAGÓN —cuarenta años, jeans oscuros, chaqueta de cuero marrón con el cuello levantado, un palillo de dientes en los labios—.
EL PIRAÑA
—Policía de Bogotá. Arriba las manos.
Lo dice como quien da la hora. El del pasamontañas más alto baja lentamente el arma.
HOMBRE DEL PASAMONTAÑAS
—Eso no está bien, señor. No puede entrar así.
EL PIRAÑA
—Acabo de hacerlo. —Apunta su Colt 1911 a los testículos del individuo— Ahora suelten las armas, o perderán algo más importante que sus vidas. No voy a repetirlo una tercera vez.
CORTE DURO A:
ESC. 2 — INT. ESTACIÓN DE POLICÍA / TERCER PISO — DÍA
Traveling por un pasillo de baldosas verdes y rojas. Cuatro escritorios, dos vacíos; una planta de plástico con las hojas grises de polvo acumulado; una cafetera que emite un olor rancio. El MAYOR HERNANDO USECHE, cincuenta y dos años, cara de amargura crónica, mira el contenido de una carpeta abierta sobre su escritorio. No levanta la vista cuando EL PIRAÑA entra y se sienta.
USECHE
—Mondragón. Destrozó medio supermercado al entrar y la otra mitad al salir.
EL PIRAÑA
—Necesitaban aprovechar el factor sorpresa.
USECHE
—Sorpresa la que me dieron a mí cuando me llegó la cuenta de cobro —Useche extrae una página de la carpeta—, doscientos sesenta mil pesos.
EL PIRAÑA
—Tenía entrar y salir por algún lado, señor.
Useche cierra el folder, mira a «El Piraña» con desdén. Su rostro está enrojecido por la rabia y tiene los músculos de la mandíbula tensos.
USECHE
—Mondragón, reconozco que usted tiene el índice de capturas más alto de la unidad. Pero también encabeza el índice de reportes de daños en toda la historia de la institución. Solo superado por Javier «El Puerco» Álvarez, que se jubiló justo antes de que usted comenzara a trabajar, gracias a Dios. Imagínese si hubieran coincidido.
EL PIRAÑA
—Álvarez era un buen tipo. Lástima que su carrera haya terminado prematuramente por culpa de aquella anaconda que se lo comió. Fue una pésima idea enviarlo al Amazonas para capturar a aquel prófugo.
USECHE
—No se distraiga, estamos hablando de usted. Tenemos recursos limitados y varias demandas en nuestra contra, esto es, en contra suya y en contra de la dependencia policial que lo emplea a usted.
«El Piraña» mastica el palillo, pensando honestamente en el asunto. Useche cierra la carpeta, dando por terminada la conversación.
USECHE
—Está advertido, Mondragón. Otra cagada y lo suspendo indefinidamente. Ahora váyase.
El Piraña sale de cuadro.
DISOLVENCIA LENTA A:
ESC. 3 — EXT. BODEGA SECTOR INDUSTRIAL / OCCIDENTE — NOCHE
Plano cenital. Una bodega de tantas en aquella zona de la ciudad. Por las claraboyas del techo sale luz anaranjada. Sonido rítmico de metal contra metal. La cámara desciende, atraviesa la claraboya. En su interior, TREINTA Y CUATRO HOMBRES dispuestos en círculo, chocando machetes rítmicamente. En el centro, RODRIGO BERNAL —cuarenta y ocho años, contextura del glotón que encontró las pesas después de los cuarenta, ojos de mirada intensa. Habla con los otros sin levantar la voz.
BERNAL
—La ciudad está podrida, las instituciones fallaron. La ciudad depende de nosotros para limpiarla de la escoria.
Mira el círculo de hombres con caras de pocos amigos. Luego de las palabras del líder, retoman el entrechocar rítmico de los machetes, demostrando que los presentes son expertos en la esgrima de los pobres.
CORTE DURO A:
ESC. 4 — EXT. CALLE 63 / TALLER DE MODAS — NOCHE
Son las ocho de la noche en una calle solitaria. Una mujer vistiendo un gabán azul cierra la puerta del taller, es CLEMENCIA ARBELÁEZ RONDÓN, de treinta y cuatro años.. En el andén de enfrente: una CAMIONETA con el motor encendido, adentro hay DOS HOMBRES consumiendo cocaína. Clemencia los mira unos segundos, uno de los hombres lo nota. Ella baja la vista y aprieta el paso, calculando la distancia faltante para doblar la esquina, y entonces sí, correr. La cámara se queda frente a la camioneta, podemos ver a los hombres seguirla con la mirada. Uno le hace señas al otro. La camioneta arranca.
CORTE DURO A:
ESC. 5 — INT. ESTACIÓN DE POLICÍA / SALA DE ESPERA — DÍA
Clemencia está sentada en una silla de plástico amarillenta. Frente a ella, de pie, el Mayor Useche. A un lado, «El Piraña», con el palillo en la boca y una expresión de hombre al que le acaban de asignar un caso.
CLEMENCIA
—¿Ese es mi guardaespaldas?
USECHE
—Inspector de segunda.
CLEMENCIA
—Parece un matón de película de serie B.
USECHE
—Eso es exactamente lo que es.
Clemencia mira a «El Piraña», que mastica el palillo con metodología.
DISOLVENCIA A:
ESC. 6 — INT. APARTAMENTO DE EL PIRAÑA / BARRIO QUIROGA — NOCHE
Plano general del apartamento. La cámara lo toma en un solo movimiento lento, de izquierda a derecha, como quien hace un inventario. En la sala hay un sofá, una mesa de centro con tres sillas que no hacen juego. En la cocina hay una estufa de dos puestos, una nevera mediana; sobre el mesón hay una bolsa de pan tajado, una docena de huevos, latas de atún, latas de frijoles. La puerta abierta de la habitación permite entrever una cama revuelta, un armario abierto y desordenado. La cámara enfoca a «El Piraña», pone sobre la mesa de centro la Colt 1911, se sienta y comienza a desmontarla con experticia y sin mirarla, sobre el trapo de limpieza. Junto a ella se ha servido una mazorca con mantequilla a la que le va dando bocados mientras lee los archivos del caso. Clemencia lo observa desde el sofá.
CLEMENCIA
—¿Hasta cuándo estaremos aquí? Llevamos horas aquí encerrados.
EL PIRAÑA
—Estoy esperando una llamada. Están verificando que sea seguro volver a su taller.
CLEMENCIA
—No era lo que estaba preguntando.
EL PIRAÑA
—Pues tendrá de conformarse con esa respuesta.
CLEMENCIA
—¿Usted siempre es así?
EL PIRAÑA
—¿Cómo?
CLEMENCIA
—Como si todo fuera un trámite.
EL PIRAÑA
—Señora, todo en esta vida es un tramite antes de la muerte.
CLEMENCIA
—Usted está obsesionado con la eficiencia y el orden, puedo notarlo —lo dice con un dejo de sarcasmo, mirando el caos dentro del cuarto.
EL PIRAÑA
—En este oficio no hay espacio para la ineficiencia —y pillando el fondo del sarcasmo— o para perder el tiempo con asuntos sin importancia.
«El Piraña» limpia el cañón con el trapo. Lo examina contra la luz. Luego, pasa a revisar los archivos. Da un mordisco a la mazorca con mantequilla. La cámara se acerca lentamente a la carpeta con los archivos. En la foto superior: EFRAÍN «El CINCEL» VARELA. Cara de contador. Mandíbula apretada.
CORTE DURO A:
ESC. 7 — EXT. CALLEJÓN / BARRIO PUENTE ARANDA — NOCHE
Un callejón entre dos bodegas. Paredes de ladrillo cubierto de pintadas obscenas. Al fondo, una un callejón sin salida. EFRAÍN VARELA —alias «EL CINCEL», cuarenta años, contextura de camionero alcohólico— está arrinconado contra esa pared. Frente a él, «El Piraña» con La Colt 1911 en la mano derecha. Entre los dos, tres metros de diferencia. «El Cincel» tiene un machete levantado. La luz del callejón viene de un solo bombillo, que oscila levemente con el viento y hace que las sombras de los dos hombres se muevan.
EL CINCEL
—Usted no puede hacerme nada, hay reglas en el proceso legal. Tengo derechos, Colombia es un país de leyes.
El Piraña mastica el palillo. Lo mira un segundo largo. El bombillo oscila.
EL PIRAÑA
—Puede que sí, puede que no.
EL CINCEL
—¿Entonces qué va a hacer, pirobo?
EL PIRAÑA
—Tu eres la enfermedad y yo soy la penicilina. Y te llegó la hora.
«El Cincel» baja el machete dos centímetros, aquellas palabras lo desarmaron. Recibe tres fogonazos a quemarropa y queda tirado en el suelo. «El Piraña» está de pie casi sobre «El Cincel», haciendo acrobacias con el palillo en la boca. «El Cincel» abre la boca y exhala su último aliento.
CORTE DURO A:
ESC. 8 — INT. ESTACIÓN DE POLICÍA / OFICINA DE USECHE — DÍA
El Mayor Useche tiene dos carpetas abiertas sobre el escritorio.
USECHE
—Mondragón.
EL PIRAÑA
—Mayor.
USECHE
—¿Por qué Varela está en la morgue?
EL PIRAÑA
—Intolerancia al plomo.
USECHE
—Lo fusilaste en un callejón.
EL PIRAÑA
—¿Lo dice quién? Las persecución nos llevó ahí y luego usé mi pistola en defensa propia, ¿vio el machete que llevaba?
USECHE
—¿La persecución los llevó a un lugar apartado donde no hubiera testigos?
EL PIRAÑA
—Así es la vida, Mayor. Está llena de bonitas sorpresas.
Useche cierra los ojos haciendo acopio de paciencia.
USECHE
—Mondragón, por algo existen los procesos judiciales.
EL PIRAÑA
—El proceso judicial tardó ocho meses en procesar a Varela la vez anterior y lo soltó tres días después.
USECHE
—Así funciona el sistema.
EL PIRAÑA
—Señor, con todo respeto, yo no diría que «funciona». Procesarlos es una pérdida de tiempo. Lo sueltan y me toca de nuevo repetir la lección. Mejor zanjar el asunto de una vez y pasar a lo siguiente.
Silencio. El Mayor puede no estar de acuerdo con sus métodos, pero en el fondo piensa igual que «El Piraña». Mientras tanto, la cafetera emite su gorgoteo, es el sonido más añorado por los hombres de la oficina, que siguiendo el condicionamiento pavloviano, toman sus tazas y van a formarse en una fila para llenarlas. El Mayor Useche toma la carpeta y la cierra, le pone un sello rojo que dice «CASO CERRADO».
USECHE
—Váyase, Mondragón.
«El Piraña» sale. La puerta queda entreabierta. La cámara se queda en Useche, que mira la segunda carpeta con la expresión reconcentrada. «LA COFRADÍA» dice el rótulo.
CORTE DURO A:
ESC. 9 — INT./EXT. FUNDICIÓN SIDERÚRGICA / VÍA A FACATATIVÁ — NOCHE
Exterior primero: una fundición a las afueras de la ciudad, rodeada de solares cubiertos de pasto color esmeralda en las que destacan algunas vacas moteadas. Es una estructura de ladrillo expuesto que lleva funcionando desde 1962 pero en la que nadie ha invertido un peso desde entonces. Las chimeneas emiten columnas de humo, las ventanas de la nave principal resplandecen con luz anaranjada, producto de la fundición del metal.
La cámara sube por la fachada. Encuentra una claraboya de ventilación, a través de ella se escurre la cámara hacia el interior. Plano cenital. Vemos TREINTA Y CUATRO HOMBRES de la cofradía distribuidos por la nave principal. Los crisoles encendidos, el calor que sube en ondas que la cámara registra como distorsión que emborrona el borde de las cosas. La cámara no llega todavía al audio, solo es posible ver a «El Tajante» en el epicentro del calor, dando un discurso con el metal fundiéndose detrás de él.
La cámara interrumpe el movimiento y se gira hacia atrás, como quien se cuida la espalda de un acosador. La claraboya es desprendida del todo por una mano enguantada. Luego «El Piraña», que se descuelga hasta suelo con la agilidad de un mono o un gimnasta y se queda quieto, atento a cualquier reacción, antes de avanzar con sigilo. «El Tajante» sigue impartiendo ordenes, como si nada. La cámara se acerca a las voces y ahora podemos escuchar lo que dicen.
BERNAL (EL TAJANTE)
—Esta noche cobraremos venganza, primero eliminaremos a la sapa esa y luego al inspector que liquidó a «El Cincel».
La cámara muestra un tributo a la violencia feroz y caótica. Planos cortos, cortes duros, la música de sintetizadores sincronizada con los sonidos industriales de la siderúrgica: la cofradía charlando, el metal hirviendo, los pasos de «El Piraña» sobre cristales rotos.
—Quietos en primera —grita «El Piraña» con la Colt 1911 empuñada a los testículos del enemigo— están arrestados.
Los miembros de LA COFRADÍA buscan las salidas, sólo «El Tajante» permanece de pie, frente al crisol principal, con el metal fundiéndose detrás. El resplandor anaranjado, las siluetas a contraluz de los dos hombres.
BERNAL (EL TAJANTE)
—Te crees un héroe, pero no eres solo un imbécil. El sistema está podrido, la ciudad está podrida. Incluso tú estás podrido y actúas como justiciero para intentar redimirte, pero lo cierto es que es inútil tu esfuerzo, cada minuto nace un nuevo criminal en esta ciudad de mierda.
«El Piraña» se acerca masticando un palillo, la pistola apunta a la ingle de «El Tajante».
EL PIRAÑA
—Puede ser, pero al contrario tuyo yo no traigo moralina. No me causa ningún conflicto aceptar que tú eres un malandro armado con un machete y que yo sigo siendo el que imparte justicia. Eso me da la tranquilidad para seguir adelante.
«El Tajante» levanta el machete, pero la acción no la muestra la cámara directamente, sino a través de las sombras alargadas que se proyectan en las paredes, como en el mito de las cavernas de Platón. Un par de andanadas con la rula, tres tiros con la Colt 1911. La cámara vuelve a «El Tajante», que yace en el suelo. «El Piraña» de pie, toma el radio teléfono de su cinto con la intención de reportar el incidente a la Inspección General.
—Lo llamaré «uso proporcional de la fuerza dentro de los límites reglamentarios» —dice al cadáver.
CORTE DURO A:
ESC. 10 — INT. ESTACIÓN DE POLICÍA / OFICINA DE USECHE — DÍA
Useche finge leer el informe que tiene delante suyo. «El Piraña» está sentado frente al escritorio. Useche llega a la última página y firma en el recuadro de la esquina inferior derecha.
USECHE
—Extrañamente, todo en orden. Creo que es la primera vez en su carrera. Ahora váyase.
El Piraña se levanta. Sale.
CORTE DURO A:
ESC. 11 — EXT. CALLE 63 / FRENTE AL TALLER DE MODAS — MAÑANA
La calle a las ocho de la mañana; luz fría y húmeda típica de Bogotá. «El Piraña» y Clemencia van dentro del Renault 18. El agente sigue el protocolo asignado como escolta. Van en silencio, se ha formado un vínculo y han comenzado a acostumbrarse mutuamente a su presencia. El vehículo se detiene en la puerta del taller, Clemencia saca las llaves. Antes de bajarse, mira a «El Piraña» y lo interroga.
CLEMENCIA
—¿Usted siempre va a ser así?
EL PIRAÑA
—Obvio, es lo que me hace irremplazable.
Clemencia sonríe, baja del vehículo, abre la puerta del taller y entra. La puerta se cierra detrás suyo. «El Piraña» baja del carro, apoya el trasero en la carrocería del Renault, procede a escarbarse los dientes con el palillo. La cámara lo toma de frente, y retrocede desde un primerísimo plano a un plano general: el palillo haciendo piruetas en su jeta, la chaqueta de cuero, los guantes de cuero, los lentes negros de aviador. Detrás de él, la calle con la actividad típica de las ocho de la mañana: el bus de la ruta doblando la esquina, un perro callejero escarbando en la basura, un vendedor de mazamorra gritando en la distancia, aunque inaudible. La cámara se eleva lentamente hasta alcanzar la vista de pájaro, permitiendo así ver el lugar minúsculo que ocupa «El Piraña» en ese barrio; vemos la actividad cotidiana que transcurre en las cuadras del perímetro: a los que esperan el bus, a la anciana regando sus plantas en el balcón, a la madre soltera que viene con las bolsas del mercado, al colegial uniformado rumbo a la escuela, al atracador fumando vicio en una esquina, a los patrulleros que hacen sus rondas. La vista de pájaro se eleva aún más, «El Piraña» es ahora sólo otro punto negro en el paisaje del sur de Bogotá. Comienza a caer una llovizna y «El Piraña» se sube a su vehículo, lo enciende y parte lentamente. La cámara se eleva más aún, hasta que las casas y calles son solo líneas en un mapa.
CORTE DURO A:
Plano medio, perfil de «El Piraña» conduciendo su vehículo. El sintetizador de la cortinilla de salida se combina con el ruido del motor del Renault 18. Seguido de un montaje con tomas del vehículo rodando sobre las calles mojadas; primer plano de la carrocería aboyada y rallada, detalle de los cristales cubiertos de lluvia, plano general desde una cámara montada detrás del guardabarros. Finalmente, una toma desde el punto de vista del conductor, la mano enguantada sobre el timón. Y sobre el panorámico el siguiente texto: «El Piraña continuó en servicio activo hasta 1999. Fue objeto de dieciséis investigaciones disciplinarias, en todas fue absuelto.»
FUNDIDO LENTO A NEGRO.
CORTINILLA DE SALIDA
En lo que desfilan los créditos, con la música de sintetizadores de fondo, la voz ronca del narrador de Freak TV contextualiza:
—El Piraña fue filmada en Bogotá en 1987. Freak TV agradece a los que encontraron la cinta de VHS en un mercado de pulgas y que muy generosamente la donaron. El casete tenía también grabada una telenovela venezolana de 1991 que emitiremos a continuación.
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