*Este reportaje de Hunter S. Thompson hace parte del primer volumen de los Gonzo Papers, titulado The Great Shark Hunt. Strange Tales From a Strange Time. Traducido por Francesco Vitola Rognini. Se reproduce de manera parcial, para respetar las políticas de derechos de autor. Su publicación no tiene ánimos de lucro, solo deseamos ayudar a difundir la obra de Hunter S. Thompson, en Iberoamérica.
Extraños rumores en Aztlán[1]
El…Asesinato…y Resurrección de Ruben Salazar por parte del Departamento del Comisario del Condado de los Ángeles…Polarización Salvaje y la Creación de un Mártir…peores noticias para el Cerdo…Y Ahora el Nuevo Chicano…Cabalgando una Desalentadora Nueva Ola…El surgimiento de los Batos Locos…Poder Moreno[2] y un puñado de tranquilizantes rojos…Política ruda en el Barrio…De qué lado estás…Hermano?…No hay terrenos neutrales…sin lugar para esconderse en el Whittier Boulevard[3]…Sin refugio contra los helicópteros…Sin esperanza en las cortes…Sin paz para El Hombre[4]…Sin forma de sacar ventaja…y sin luz al final del túnel…Nada…
Amanecer en el Hotel Ashmun es duro; este no es un lugar donde los huéspedes se levanten afanosos de sus camas para recibir el refrescante nuevo día. Pero en esta mañana en particular todos en el lugar están despiertos al amanecer: Unos terribles golpeteos y chillidos provienen del pasillo, cerca de la habitación # 267. Algún drogadicto arrancó el pomo de la puerta del baño comunitario, y ahora los demás no pueden entrar –así que intentan derribar la puerta. La voz del gerente titubea histéricamente por encima del escándalo: “Vamos, amigos, ¿tengo que llamar al comisario?” La respuesta es rápida y severa: “¡Sucio cerdo gabacho![5]Llamas al maldito comisario y te corto la maldita garganta.” Y ahora el sonido de la madera quebrándose, más gritos, el sonido de pisadas corriendo afuera de mi habitación, la # 267.
La puesta está asegurada, gracias a Cristo, ¿pero cómo puedes estar seguro en un lugar como el Hotel Ashmun? Especialmente en una mañana como esta, con una turba de drogadictos salvajes encerrados en el baño del pasillo y que probablemente saben que el # 267 es el único cuarto con baño privado contra el que pueden arremeter. Es el mejor de la casa, a $5,80 la noche, y la cerradura es nueva. La antigua fue arrancada hace unas 12 horas, justo antes que me registrara.
El recepcionista había tenido problemas para lograr que entrara a la habitación. Su llave no entraba en la nueva cerradura. “¡Jesucristo!” murmuraba repetidamente. “! Esta llave tiene que encajar! Es una Yale completamente nueva.” Contempló hostilmente la reluciente llave en su mano.
“Sí”, le dije. “Pero esa llave es para una cerradura Webster.”
“¡Por Dios, tienes razón!” exclamó. Y se retiró con afán, dejándonos de pie en el pasillo con grandes pedazos de hielo en nuestras manos. “¿Qué le pasa a ese tipo?” pregunté. “Parece descontrolado, todo este sudor, forcejeo y parloteo…”
Benny Luna rió. “Hombre, ¡está nervioso! ¿Tú crees que para él es normal dejar entrar cuatro despreciables Chicanos[6] a su mejor habitación a las tres de la mañana, con trozos de hielo en sus manos y cargando curiosas maletas de cuero?” Se tambaleaba por el pasillo, convulsionando de la risa. “Hombre, ¡este tipo está asustado! ¡No entiende lo que pasa!”
“Tres Chicanos”, dijo Oscar. “Y un montañero”
“No le dijiste que era escritor, ¿O sí?” pregunté. Noté que Oscar hablaba con el hombre, era alto y con aspecto de germánico derrotado, pero no le presté mucha atención.
“No, pero me reconoció a mí”, respondió Oscar[7]. “Él dijo: Tú eres el abogado, ¿no es así? Así que yo le dije: Eso es correcto, y quiero tu mejor cuarto este gabacho amigo mío.” Sonrió. “Él sabe que hay algo malo en la escena, pero no sabe que es. Estos tipos le temen a todo ahora. Cada minorista en Whittier Boulevard está seguro de que vive en tiempo prestado, así que se desmoronan al primer indicio de que algo extraño ocurre. Así ha sido desde Salazar[8].”
El empleado/gerente/cuidador/etc. Apareció de repente por el pasillo trayendo la llave correcta, y nos dejó entrar a la habitación. Era de primera –el eco de un lugar destartalado en el que me quedé hace unos años en Lima, Perú. No puedo recordar el nombre del lugar, pero recuerdo que todas las llaves de las habitaciones estaban unidas a grandes piezas de madera del tamaño de toronjas, muy grandes para caber en los bolsillos. Pensé sugerirle la idea al hombre del Hotel Ashmun, pero no se quedó para la propina ni para la cháchara. Se fue como un rayo, dejándonos solos para lidiar con un cuarto de galón de ron y Dios sabe que más…Colocamos el hielo en un tazón junto a la cama y lo picamos con un cuchillo para cortar cuerdas. La única música que teníamos era un casete de Let It Bleed[9].
¿Qué mejor música para una noche calurosa en Whittier Boulevard en 1971? Esta no ha sido una calle apacible, últimamente. Y en realidad nunca ha sido apacible. Whittier es para el basto barrio Chicano en el este de Los Ángeles lo que el Sunset Strip es para Hollywood. Aquí es donde vive la acción: Los bares, los proxenetas, el mercado de la droga, las prostitutas –y también los disturbios, desmanes, asesinatos, ataques con gas, los esporádicos choques sangrientos con el odiado enemigo común: Los policías, los cerdos, El Hombre, el ejército de gabachos sin miedo cubiertos de azul, el departamento del Alguacil del Este de L. A.
El Hotel Ashmun es un buen lugar para quedarse si deseas estar cerca de lo que sea que esté ocurriendo en Whittier Boulevard. La ventana del cuarto # 267 está a unos 15 pies sobre el andén y tan sólo a unas cuadras al oeste del Silver Dollar Café, una taberna anodina que no se diferencia demasiado de otras del sector. Hay una mesa de billar al fondo, la jarra de cerveza se vende a un dólar, y la desteñida camarera chicana juega a los dados con los patrones para mantener la gramola en funcionamiento. El número más bajo paga, y a nadie parece importarle quién selecciona la música.
Habíamos estado ahí antes, cuando no había mucha actividad. Era mi primera visita en seis meses, desde principios de septiembre cuando el lugar aún tenía el tufo ácido del gas lacrimógeno y el barniz fresco. Pero ahora, seis meses después, el Silver Dollar[10] se había oreado bien. No había sangre en el piso, ni ominosos agujeros en el techo. El único recordatorio de mi otra visita era una cosa colgando sobre la caja registradora que todos notamos de inmediato. Una máscara anti gas negra, que contemplaba ciegamente el lugar – y bajo la máscara había un escueto anuncio escrito a mano que decía: “En memoria de agosto 29, 1970.”
Nada más, sin explicación. Pero no hacía falta la explicación –por lo menos no para ninguno de los que podrías encontrar bebiendo en el Silver Dollar. Los clientes son locales: Chicanos y gentes del barrio –y cada uno de ellos sabe muy bien que pasó en el Silver Dollar Café en agosto 29, 1970.
Ese fue el día que Rubén Salazar, el prominente columnista “México-Americano” de Los Ángeles Times y Director de Noticias bilingüe de KMEX-TV, entró al lugar y se sentó en un taburete cerca de la entrada para ordenar una cerveza que nunca bebería. Porque justo en el momento que el camarero deslizaba la botella por la barra, un ayudante del Alguacil del condado de Los Ángeles llamado Tom Wilson disparó una granada de gas a través de la puerta que le voló la mitad de la cabeza a Salazar. Los demás usuarios escaparon por la puerta de atrás, hacia el callejón, pero Salazar nunca salió. El murió en el piso en una nube de gas lacrimógeno –y cuando su cuerpo fue por fin extraído, horas después, su nombre ya había alcanzado el nivel de un mártir. Dentro de las 24 horas siguientes, la sola mención del nombre “Rubén Salazar” era suficiente para provocar el llanto y los alegatos con agitación de los puños, no sólo a lo largo de Whittier Boulevard sino también a lo largo de todo es Este de L. A.
Las amas de casa de mediana edad que nunca se vieron a sí mismas como otra cosa que con el estatus mediocre de “México-americanas”, esas que intentaban sobrellevar el malvado mundo Gringo, se encontraron súbitamente gritando “Viva La Raza” en público. Y sus esposos -silenciosos empleados de Safeway[11] y negociantes cuida-jardines, los cuadros más bajos y prescindibles de la gran máquina económica de los Gabachos –habiéndose ofrecido para testificar; si, en la corte, o donde fuera, se llaman a sí mismos Chicanos. El término “México-Americano” se siente masivamente en contra de todos, exceptuando a los viejos y conservadores -y los ricos. Muy pronto vino a significar “Tío Tom”. O, en el argot del Este de L.A –“Tío Taco”. La diferencia entre un México-Americano y un Chicano era equivalente a la que existe entre un Negro y un Black[12].
Todo esto ha pasado repentinamente. Muy repentino para la mayoría. Una de las leyes básicas de la política es “La acción se aleja del centro”. La mitad del camino sólo es popular cuando nada está pasando. Y nada serio ha ocurrido en el Este de L. A desde hace más tiempo del que la mayoría de la gente puede recordar. Hasta hace seis meses el lugar era una tumba colorida, un vasto suburbio lleno de ruido y mano de obra barata, a un tiro de distancia del corazón, el centro de Los Ángeles. El Barrio, como Watts, es en realidad una parte del núcleo de la ciudad –mientras lugares como Hollywood y Santa Mónica son entidades apartes. El Silver Dollar Café está a diez minutos en coche del ayuntamiento. El Sunset Strip está a una carrera de 30 minutos por la autopista Hollywood.
Whittier Boulevard está endemoniadamente lejos desde Hollywood, sea como lo midas. No hay ninguna conexión psíquica. Tras una semana en las entrañas del Este de L. A. me siento vagamente culpable de entrar al bar del Hotel Beverly Hills para ordenar un trago –Como si no perteneciera aquí, y todos los meseros lo supieran. Había estado ahí antes, bajo diferentes circunstancias, y me sentí completamente incómodo. O casi. No hay forma de…bueno, al demonio con eso. El punto es que esta vez me sentí diferente. Estaba orientado hacia un mundo completamente diferente – a quince millas de distancia[13].
MARCHA POR LA JUSTICIA[14]
LA POLICÍA NO TIENE RELACIONES COMUNITARIAS EN LAS COMUNIDADES CHICANAS. NO, DESDE EL MOTÍN POLICIACO EN AGOSTO 29 SE HA VUELTO MUY OBVIO PARA IGNORAR EL HECHO DE QUE LA L. A. P. D[15], LOS ALGUACILES, Y LA PATRULLA DE CARRETERAS HAN ESTADO SISTEMÁTICAMENTE DURANTE AÑOS TRATANDO DE DESTRUIR EL VERDADERO ESPÍRITU DE NUESTRO PUEBLO. EN EL PASADO, LA POLICÍA HA ROTO CADA INTENTO DE QUE NUESTRA GENTE OBTENGA JUSTICIA, HAN GOLPEADO ESTUDIANTES JÓVENES QUE PROTESTABAN POR LA PÉSIMA EDUCACIÓN, HAN IRRUMPIDO EN OFICINAS, ARRESTADO LÍDERES, NOS HAN LLAMADO COMUNISTAS Y GÁNSTERES EN LA PRENSA, Y TODO LO DEMÁS QUE SE LES HA OCURRIDO EN LAS CALLES, CUANDO LA PRENSA YA SE HABÍA IDO.
AÚN MÁS INSIDIOSO QUE LA DIRECTA REPRESIÓN POLÍTICA CONTRA LOS LÍDERES Y MANIFESTACIONES SON LOS CONTINUOS ATAQUES A LA VIDA COTIDIANA EN LOS BARRIOS. CASI TODOS LOS MESES CADA BARRIO HA ATRAVESADO EL SUFRIMIENTO DE POR LO MENOS UN CASO DE SEVERA BRUTALIDAD POLICIAL O ASESINATO, Y LUEGO HA DEBIDO LUCHAR PARA DEFENDER AMIGOS Y TESTIGOS QUE ENFRENTAN CALUMNIAS. UNA SEMANA ES SAN FERNANDO, LUEGO LINCOLN HEIGHTS, AL ESTE DE LOS ÁNGELES, VENICE, HARBOR AND POMONA…ELLOS ATACAN UN BARRIO A LA VEZ, TRATANDO DE ROMPER NUESTRA UNIDAD Y NUESTRO ESPÍRITU.
EL 29 DE AGOSTO, EN TODOS LOS BARRIOS HUBIERON MANIFESTACIONES POR LA PAZ Y LA JUSTICIA, LA POLICÍA AMOTINÓ Y ATACÓ. POR MIEDO, INSTALARON LA LEY MARCIAL, ARRESTANDO Y ABUSANDO DE CIENTOS DE PERSONAS DE LA COMUNIDAD. ASESINARON A GILBERTO DIAZ, LYNN WARD Y A RUBÉN SALAZAR, EL HOMBRE QUE PUDO CONTAR NUESTRA HISTORIA A LA NACIÓN Y AL MUNDO.
NO DEBEMOS OLVIDAR LA LECCIÓN DEL 29 DE AGOSTO, QUE EL MAYOR PROBLEMA SOCIAL Y POLÍTICO QUE AFRONTAMOS ES LA BRUTALIDAD POLICIAL. DESDE EL 29 LOS ATAQUES POLICIALES HAN EMPEORADO, O LA GENTE CONTROLA A LA POLICÍA, O ESTAMOS VIVIENDO EN UN ESTADO POLICIVO.
NO DEBEMOS PERMITIR QUE LA POLICÍA ROMPA NUESTRA UNIDAD. DEBEMOS LLEVAR EL ESPÍRITU DE RUBÉN SALAZAR Y EXPONER ESTOS ABUSOS A LA NACIÓN Y EL MUNDO. EL NATIONAL CHICANO MORATORIUM COMMITEE TE CONVOCA A APOYAR NUESTRA MARCHA NO VIOLENTA POR LA JUSTICIA A LO LARGO DE LOS BARRIOS QUE OCUPAN EL ÁREA MAYOR DE LOS ÁNGELES.
CARAVANAS LLEGARÁN DESDE DOCENAS DE CIUDADES ALREDEDOR DE NUESTROS BARRIOS. TODOS NOS ENCONTRAREMOS EN SUBESTACIÓN DE E. L. A, CALLE 3 ENTRE FERTTERLY Y WOODS. SERÁ A LAS 11:00 AM JUNIO 31, 1971. ÚNASE A SU CARAVANA DE SU LOCALIDAD. PARA MÁS INFORMACIÓN LLAME AL 268-6745.
Folleto del National Chicano Moratorium Commitee.
Mi primera noche en el Hotel Ashmun no fueron para el descanso. Los otros inquilinos se fueron alrededor de las cinco, luego hubo una erupción de adictos[16] a las siete…Seguido una hora después por una tormenta repentina de música norteña de baja fidelidad proveniente de la gramola del Boulevard Café cruzando la calle…y entonces, cerca de las nueve treinta fui despertado de nuevo por una sucesión de chiflidos fuertes desde la acera justo bajo mi ventana, y una voz llamando “Hunter! ¡Despierta, hombre! Hay que moverse.”
¡Jesús Santo!, pensé. Sólo tres personas en el mundo saben dónde estoy en este momento, y ellos están dormidos. ¿Quién más pudo haberme rastreado hasta este lugar? Doblé apartando las persianas venecianas metálicas lo suficiente para ver en la calle a Rudy Sánchez, el silencioso guardaespaldas de Oscar, que miraba hacia arriba saludando. “Sal, hombre, es hora. Oscar y Benny están calle arriba en el Sweetheart. Ese es el bar de la esquina donde ves todas esas personas en frente. Te esperaremos ahí, ¿OK? ¿Estás despierto?”
“Con seguridad estoy despierto,” Dije. “He estado esperándolos aquí sentado, flojos bastardos criminales. ¿Porque necesitan dormir tanto los mexicanos?”
Rudy Sonrió y regresó por donde vino. “Te estaremos esperando[17], hombre. Estaremos bebiendo un montón endemoniado de bloody marys y tú sabes la regla que tenemos aquí.”
“No le des importancia,” Murmuré. “Necesito una ducha.”
Pero mi habitación no tenía ducha. Y alguien, esa noche, había logrado encordar un cable de cobre desnudo a través de la bañera y lo había conectado en un enchufe bajo el lavamanos que estaba fuera del baño. ¿Cuál es la razón? Por el ron demoniaco, no tengo idea. Aquí estaba yo en la mejor habitación de la casa, queriendo una ducha y encontrando sólo una tina electrificada. No había lugar para una merecida afeitada –en el mejor hotel del strip[18]. Finalmente restregué mi cara con una toalla con agua caliente y fui cruzando la calle hasta el Sweetheart Lounge.
Oscar Acosta, el abogado Chicano estaba ahí; apoyado en la barra, hablando ociosamente con alguno de los clientes habituales. De las cuatro personas en su entorno –todos estaban al final de sus veinte- dos eran ex convictos, dos eran locos por la dinamita a medio tiempo conocidos por sus bombas incendiarias, tres de los cuatro eran comedores de ácidos veteranos. Aunque nada de esto salió a flote en la conversación. El diálogo era político, pero sólo en términos de la sala judicial. Oscar estaba lidiando simultáneamente con dos juicios extremadamente politizados.
En uno, el juicio de los “Biltmore Six[19]”, estaba defendiendo a seis jóvenes chicanos que habían sido arrestados por tratar de quemar el Hotel Biltmore una noche, hace aproximadamente un año, cuando el Gobernador Ronald Regan daba un discurso en el salón de baile. Su culpa o inocencia era inmaterial en este punto, porque el juicio se había vuelto un espectacular intento por abolir el sistema selectivo del Gran Jurado. Durante los meses precedentes, Acosta citó a cada Juez de la Corte Suprema en el Condado de Los Ángeles y realizó un examen cruzado exhaustivo de todos ellos, bajo juramento, en el tema del “racismo”. Era un agravio despreciable hacia todo el sistema de la Corte, y Acosta trabajaba horas extras para hacerlo lo más desgraciado posible. Aquí estaban estos ciento nueve ancianos, estos jueces[20], compelidos a sacar tiempo de lo que fuera que estuvieran haciendo para ir a otra sala de la Corte y negar los cargos de “racismo” del abogado que los tenía asqueados a todos. La contienda de Oscar, se resumía, en que todos los Jurados son racistas, todos los grandes jueces son recomendados por los Jueces de la Corte Suprema –que tienden a recomendar naturalmente a gente de su círculo personal o profesional. Y que por tanto a ningún ladrón bastardo[21] Chicano loco callejero, por ejemplo, le podrá levantar cargos “un jurado de pares”. Las implicaciones de una victoria en este caso eran tan obvias, tan claramente amenazadoras para el sistema de la Corte, que el interés por el veredicto se había filtrado hasta lugares como el Boulevard, el Silver Dollar y el Sweetheart. El nivel de conciencia política no es normalmente alto en estos lugares –especialmente los sábados por la mañana- pero la sola presencia de Acosta, sin importar donde vaya o lo que parezca que esté haciendo, siempre destaca su rol político, de tal forma que si alguien desea hablar con él debe encontrar la forma de entenderse con el complejo nivel político que maneja.
“La cosa está en nunca ser condescendiente,” dice él. “No estamos tratando de ganar con votos. Diablos, ese viaje se hizo, terminó. La idea ahora es hacer pensar [22]a las personas. Obligarlas a pensar. No puedes hacer eso caminando por ahí golpeando las espaldas de los extraños y ofreciéndoles cervezas.” Luego, sonriendo “A menos que seas un borracho balbuceante o estés fumado[23]. Lo que no es ciertamente mi estilo; quiero dejar eso bien claro.”
Pero hoy la conversación era distendida, sin secretos políticos. “Dime, Oscar,” Alguien preguntó. “¿Cómo quedamos parados en la cosa del Gran Jurado? ¿Cuáles son nuestras posibilidades?”
Acosta levantó sus hombros. “Ganaremos. Puede que no a este nivel, pero ganaremos apelando.” “Eso está bien, man[24]. Oigo que estás trabajando a esos bastardos.”
“Si, los estamos jodiendo. Pero ese juicio puede tomar otro año. Ahora tenemos que pensar en el Juicio de Corky. Comienza el martes.”
“¿Corky está aquí?” El interés es obvio. Las cabezas se giran para escuchar. Rudy retrocede unos pasos para abarcar el bar con la vista, leyendo las caras buscando a alguien que esté demasiado[25] interesado. La paranoia es rampante en el barrio: Informantes. Narcos. Asesinos ¿Quién sabe? Y Rodolfo “Corky” Gonzales es definitivamente un blanco pesado, propenso a ser incriminado o a caer en una trampa. Un erudito, exboxeador de conversación amable, su “Cruzada por la Justicia” establecida en Denver es una de las pocas organizaciones políticas chicanas viables en el país. Gonzales es un poeta, un peleador callejero, un teórico, un organizador, y el “líder Chicano” más influyente del país junto con Cesar Chávez.
Cuando Corky Gonzales aparece en el Este de L. A. –así sea sólo para declarar en un caso menor por una confiscación de armas- el nivel de tensión política sube notoriamente. Gonzales es respaldado con intensidad en el barrio. Sus seguidores son jóvenes: Estudiantes, inconformistas, artistas, poetas, locos –la gente que respeta a Cesar Chávez, pero que no pueden entenderse con los trabajadores agrícolas que van a la iglesia.
“Esta semana será un infierno,” me había dicho Oscar la noche anterior. “Cuando Corky viene mi apartamento se transforma en un maldito zoológico. Me tengo que ir a un motel para poder dormir. Mierda, no puedo estar desvelado toda la noche discutiendo sobre radicalismo político cuando tengo que estar en la Corte a la mañana siguiente. Estos jodidos de ojos enloquecidos se presentan a todas horas; traen vino, porros, acido, mezcalina, armas…Jesús, Corky no se atrevería a arriesgarse de ese modo. Él ya está aquí, pero no sé dónde se está quedando. Se registró en un lugar parecido a un Holiday Inn, a unas cinco millas por Rosemeade,[26]pero él no le dirá a nadie donde está –ni siquiera a mí, su abogado.” Sonrió, “Y eso está muy retorcido, porque si yo sé dónde está podría llegar allá una noche medio loco y jovial gritando que la huelga es al amanecer, o alguna otra exageración peligrosa que los asuste.”
Cabeceó, sonriendo al trago perezosamente. “De hecho, he estado pensando en llamar a una huelga general. El movimiento está tan astillado en este momento que casi cualquier cosa ayudaría. Sí, quizás deba escribirle un discurso a Corky, sobre ese tema, luego convocar a una rueda de prensa para mañana en la noche en el Silver Dollar.” Rio con amargura y pidió otro bloody mary.
Acosta ha estado ejerciendo en el barrio desde hace tres años. Lo conocí un poco antes de eso, en otra era – poco importa aquí, excepto que sería poco menos que justo contar la historia hasta el final sin al menos, para el registro, dejar claro que Oscar es un viejo amigo y ocasional antagonista. Lo conocí por primera vez, según recuerdo, en un bar llamado “The Daisy Duck” en Aspen, cuando se movió atropelladamente hasta donde yo estaba y comenzó una arenga sobre “deshacer el sistema como a una pila de heno barato,” o algo por el estilo…y recuerdo haber pensado, “Bueno, aquí hay otro de esos jodidos, abogados desertores de San Francisco enloquecidos por la culpa –algún bufón que comió demasiados tacos y decidió que realmente era Emiliano Zapata.”
Lo que estaba bien, a mi sentir, pero fue un acto difícil de manejar en Aspen en ese elevado y blanquecino verano de 1967. Esa fue la era de Sergeant Pepper, de Surrealistic Pillow y el Buffalo Springfield original. Fue un buen año para todos – o para la mayoría, en todo caso. Había excepciones, como siempre. Lyndon Johnson fue uno, y Oscar Acosta fue otro. Por razones completamente diferentes. Ese no fue un buen verano ni para el Presidente de los Estados Unidos ni para un molesto abogado mexicano en Aspen.
Oscar no se quedó interactuando por mucho tiempo. Lavó platos por una temporada, hizo albañilería, incomodar al Juez del Condado unas pocas veces, luego voló a México a “ponerse serio”. La siguiente cosa que supe, fue que estaba trabajando para la oficina de la defensoría del pueblo en L. A. Eso fue en algún punto cerca a las navidades de 1968, que no fue un buen año para nadie –excepto para Richard Nixon y quizás Oscar Acosta. Porque por aquellos días Oscar Acosta estaba encontrando su camino. Él era el único “Abogado Chicano” según explicó en una carta, y le agradaba. Sus clientes eran todos Chicanos y muchos eran “criminales políticos”, comenta. Y si ellos eran culpables era sólo porque ellos estaban “haciendo lo que tenía que hacerse.”
Eso está bien, dije. Pero no pude realmente involucrarme. Lo apoyaba ciegamente, como entenderán, pero sólo en base a nuestra amistad. La mayoría de mis amigos están metidos en cosas extrañas que realmente no comprendo –con unas cuantas lamentables excepciones a todos les deseo bien. ¿Quién soy yo, después de todo, para decirle a algún amigo que no debe cambiarse su nombre por el de Oliver High, deshacerse de su familia y unirse a un culto satánico en Seattle? ¿O discutir con otro amigo que quiere comprar una Remington Fireball[27] de un solo tiro para poder salir y disparar a los policías desde una distancia segura?
Lo que sea está bien, digo yo. Nunca jodas la cabeza de un amigo por accidente. Y si sus viajes privados se salen de control ahora o después –bueno, tú harás que se tiene que hacer.
Lo que explica más o menos como repentinamente me encontré involucrado en el asesinato de Rubén Salazar. En ese entonces estaba en Portland, Oregón, tratando de cubrir la National American Legion Convention[28] y el Sky River Rock Festival[29] al mismo tiempo… Cuando regresé una noche a mi habitación secreta en el Hilton encontré un “mensaje urgente” que invitaba a llamar al Señor Acosta a Los Ángeles. Me pregunté cómo había logrado rastrearme hasta Portland. Pero supe, de alguna forma, para que estaba llamando. Había visto el L. A Times esa mañana, con la historia de la muerte de Salazar, e incluso a una distancia de 2000 millas podía sentirse el hedor. El problema no era que la historia cojeara o le faltara una parte; la condenada cosa estaba mal. No tenía sentido en absoluto.
El caso de Salazar tenía un gancho especial: No era que él fuera mexicano o chicano, ni siquiera era la rabiosa insistencia de Acosta frente al hecho de que unos policías lo habían matado a sangre fría y que nadie iba a hacer nada al respecto. Eran ingredientes apropiados para la indignación, pero desde mi punto de vista, el aspecto más ominoso de la historia de Oscar era que acusaba a la policía de haber deliberadamente abandonado las calles para matar al reportero que les había estado dando problemas. De ser esto cierto, significaba que las apuestas aumentaron drásticamente. Cuando los policías declaren abierta la temporada de caza de periodistas, cuando ellos se sienta libres de declarar cualquier escena “protesta ilegal” para poder disparar sin restricciones[30], ese será un día horrible –y no sólo para los periodistas.
A lo largo de trece manzanas, tiendas oscurecidas permanecieron abiertas, las ventanas de las exhibiciones destrozadas. Señales de tránsito, cartuchos de escopeta vacíos, pedazos de ladrillo y concreto tirados por el pavimento. Un par de sofás con sus entrañas incendiadas, humeante en la curvatura manchada de sangre. Bajo el resplandor cálido de las bengalas policiales, tres jóvenes chicanos bajaban con arrogancia por las ruinosas calles. “Eh, Hermano,” uno gritó a un reportero negro, “¿Estuvo esto mejor que Watts[31]?”
Rubén Salazar es ahora un auténtico mártir –no sólo en el este de L. A, también de Denver y Santa Fé y San Antonio, de un lado al otro del sureste. A lo largo y ancho de Aztlán –Los “territorios conquistados” que quedaron bajo el yugo de las tropas de ocupación gringas hace más de cien años, cuando “políticos vendidos en Ciudad de México lo negociaron con E. U” para terminar la invasión que los libros de historia gringos definen como “la guerra México-americana.” (Davy Crockett, Recuerden el Álamo, etc.)
Como resultado de esta guerra, le fue cedido al Gobierno de E. U la mitad de lo que era la nación mexicana. Eventualmente este territorio fue dividido en los que hoy son los estados de Texas, New México, Arizona y la mitad sur de California. Esto es Aztlán, más un concepto que una definición real. Pero incluso como un concepto ha galvanizado toda una generación de jóvenes chicanos que practican la acción política de una forma que aterroriza a sus padres México-americanos. Entre 1968 y 1970 el “Movimiento México-americano[32]” atravesó los mismos cambios drásticos con todo el trauma que antes afligió al “Movimiento por los derechos civiles de los negros[33]” a principios de los sesentas. La separación fue mayormente entre líneas generacionales, los primeros “jóvenes radicales” fueron casi unánimemente los hijos e hijas de México-americanos de clase media que habían aprendido a vivir con “su problema.”
A estas alturas, el Movimiento era básicamente intelectual. La palabra “Chicano” fue forjada como identidad necesaria para la gente de Aztlán –Ni Mexicanos ni Estadounidenses[34], una nación Indígena/mestiza vendida como esclavos por sus líderes y tratados como sirvientes temporales[35] por sus conquistadores. Su lenguaje no estaba definido, mucho menos su identidad. El idioma del este de L. A es una mezcla cholo[36], una versión rápida de castellano mexicano e inglés californiano. Puede sentarse en el Boulevard Café en la calle Whittier en una mañana de sábado y escuchar a un joven chicano ex presidiario explicar a sus Amigos: El oficial de libertad condicional de este condenado gabacho me dice que recuperar la máquina de coser. Hablé con el vendido y la vieja también[37], y me dicen que no me preocupe, nosotros no diremos nada que pueda enviarte de regreso a la cárcel. Pero el gabacho sigue presionándome. ¿Qué puedo hacer?” Y entonces, repentinamente, luego de ver al gringo vagabundo cerca de ellos, resume la historia, enojado y en castellano.
Hay ahora muchos ex convictos en el Movimiento, junto con un nuevo elemento –los Batos Locos[38]. Y la única diferencia, realmente, es que los ex convictos son lo suficientemente viejos para haber cumplido condenas por las mismas cosas por las que los Batos Locos no han sido arrestados, aún. Otra diferencia es que los ex convictos son lo suficientemente viejos para frecuentar los bares donde ocurre la acción a lo largo de Whittier, mientras la mayoría de los Batos locos siguen siendo adolescentes. Beben mucho, pero no en el Boulevard o en el Silver Dollar. La noche del viernes los encuentras compartiendo botellas de un cuarto de galón de aguardiente Key Largo, en los juegos infantiles a oscuras de los complejos residenciales. Y junto con el licor ingieren Seconal –que abunda y es barato en el barrio: un dólar más o menos por una tira de cinco pastillas rojas, lo suficiente para joderle la cabeza a cualquiera. El Seconal es una de las pocas drogas en el mercado (legal o de otro tipo) que garantiza transformarte en alguien malvado. Especialmente si lo acompañas de vino y unos cuantos “whites”, beenies[39], para rematar. Este es el tipo de dieta que hace a un hombre querer salir a pisotear gente… A los otros que he visto consumir esta pesada dieta de Red[40]/White[41]/Vino fueron los Hell´s Angels[42].
Los resultados son básicamente los mismos. Los Ángeles se atiborrarían y luego rondarían gruñendo en busca de alguien a quién azotar con cadenas. Los Batos[43] Locos se drogan y comienzan a buscar sus formas particular de acción (quemando una tienda, atacando en grupo a los negros, o robando algunos vehículos para un paseo nocturno a alta velocidad por las autopistas). La acción es casi siempre ilegal, usualmente violenta –pero sólo recientemente se ha tornado “política”.
Quizás el principal enfoque que se tiene sobre el Movimiento estos días es la politización de los batos locos. El término traduce literalmente como “tipos locos”, pero en duros términos políticos se traduce como “locos callejeros”, hombres jóvenes salvajes sin nada que perder excepto su hostilidad y un vasto sentido de perdición y aburrimiento hacia el mundo que conocen. “Estos tipos no le tienen miedo a los cerdos[44]”, me dijo un activista Chicano. “Diablos, a ellos les gusta pelear con los cerdos. Eso quieren. Y hay un montón de ellos, hombre. Tal vez unos doscientos mil. Si podemos organizar a estos tipos, hombre, podemos mover a quién sea.”
Pero los batos locos no son fáciles de organizar. En primera instancia, son irremediablemente ignorantes en política. Odian a los políticos –Incluso los Chicanos-. Son también muy jóvenes, muy hostiles, y cuando los excitas son propensos a hacer casi cualquier cosa –especialmente cuando se atiborran de vino y píldoras rojas[45]-. Uno de los primeros intentos evidentes de traer a los batos locos al interior de la nueva política Chicana fue la concentración masiva en contra de la brutalidad policial el pasado Enero 31. Los organizadores se aseguraron que la cosa fuera pacífica. La voz se regó por el barrio “esta tiene que ser tranquila –sin motines, ni violencia.” Una tregua fue pactada con el Departamento del Alguacil del Este de L.A; los policías accedieron a “mantener un bajo perfil,” sin embargo atacaron la sub-estación del alguacil convertida en barricada que quedaba junto al sitio de la concentración en Belvedere Park.
Escribiendo en The Nation, un sacerdote Chicano llamado David F. Gómez describió la escena a medida que la concentración se calentaba: “A pesar de la tensión, una atmósfera de fiesta prevalecía a medida que los chicanos se sentaban en las cicatrices de pasto del campo de soccer del parque, escuchaban a los oradores del barrio aireando agravios sobre la brutalidad policial y la ocupación gringa de Aztlán. Oscar Acosta entregó el discurso más vehemente de la tarde. “Ya es tiempo[46]. El tiempo es ahora. Hay un solo asunto. No el abuso policial. ¡Nos golpearán en la cabeza con sus bolillos mientras sigamos siendo Chicanos! El verdadero asunto es nuestra tierra. Algunos nos llaman rebeldes y revolucionarios. No lo crean. Emiliano Zapata era un revolucionario porque peleó contra otros mexicanos. ¡Pero nosotros no peleamos con nuestra misma gente sino con gringos! Nosotros no tratamos de derrocar nuestro propio gobierno. ¡Nosotros no tenemos gobierno! Creen ustedes que tendríamos helicópteros de la policía patrullando nuestras comunidades día y noche si alguien nos considerase verdaderos ciudadanos con derechos!”
Esa manifestación fue pacífica –hasta el final. Pero entonces, cuando la pelea comenzó entre un puñado de chicanos y unos policías ansiosos, cerca de mil batos locos reaccionaron haciendo un asalto frontal en la intendencia de la policía con rocas, botellas, palos, ladrillos y todo lo que pudieron encontrar. La policía observó el ataque durante una hora, luego salieron del lugar como un enjambre e hicieron una sorprendente demostración de fuerza que incluía disparar perdigones como pelotas con escopetas calibre .12 directamente a la multitud. Los atacantes huyeron por las calles secundarias que conducen a Whittier Boulevard, dejando destrozos en la calle de nuevo. Los policías les persiguieron, disparando rondas de escopetas y pistolas a quema ropa. Luego de dos horas de contienda callejera, las cuentas eran un muerto, 30 heridos de gravedad y poco menos de medio millón de dólares en daños –incluyendo 78 vehículos de policía magullados e incinerados.
La estructura del poder de L. A estaba indignada en su totalidad. Y el Chicano Moratorium Committee estaba consternado. La principal organizadora del encuentro –Rosalio Munoz, 24 años, antigua presidenta del cuerpo de estudiantes de U. C. L. A. – estaba tan impactada por el brote de violencia que a regañadientes coincidió –con el comisario- que agrupar al colectivo sería muy peligroso. “Tendremos que encontrar una nueva forma de expresar agravios,” dijo un portavoz del más moderado Congress of Mexican-American Unity. “De ahora en adelante el curso será jugar con bajo perfil.”
Pero nadie habló por los batos locos –exceptuando quizás al comisario. “Esta violencia no fue causada por forasteros,” dijo, “fueron miembros de la comunidad chicana! No pueden decir esta vez que los provocamos.” Está fue definitivamente un análisis policial atípico sobre la “Violencia Mexicana”. En el pasado siempre culpaban a los “Comunistas y Agitadores foráneos.” Pero ahora, al parecer, el comisario finalmente se estaba poniéndose al día. El enemigo real eran las mismas personas con las que sus hombres tenían que lidiar cada condenado día de la semana, en toda clase de situaciones rutinarias –en las esquinas de las calles, en bares, riñas domésticas y accidentes automovilísticos. La gente, los que habitan las calles, los que vive ahí. Así que finalmente, ser representante del comisario en el Este de L. A no era muy diferente a ser un hombre de avanzada de la American Division en Vietnam. “Hasta los niños y ancianos son del Viet Cong.”
Este es el nuevo rumbo, y cualquiera en el Este de L. A que esté dispuesto a hablar de ello usa el término “desde Salazar.” Durante los seis meses siguientes al asesinato y tras el perturbador veredicto del forense, la comunidad chicana ha sido severamente dividida por una completa nueva forma de polarización, otra dolorosa división de ameba. Pero la separación esta vez no fue entre los militantes jóvenes y los viejos Tío Tacos; esta vez eran entre militantes con perfil de estudiante y esta nueva estirpe de super-militantes callejeros enloquecidos. El argumento ya no era si pelear –sino cuando, y como, y con qué armas.
Otro aspecto incómodo de la nueva división fue que ya había dejado de ser un simple asunto de “la brecha generacional” –que había sido dolorosa, pero esencialmente simple; ahora era más que un conflicto de estilos de vida y actitudes; la separación esta vez iba más por la línea económica y de clases. Y esto fue dolorosamente complejo. Los activistas estudiantiles originales han sido militantes, pero también razonables –a sus ojos, si no a los ojos de la ley.
Pero los batos locos nunca pretendieron ser razonables. Ellos querían que comenzara el enfrentamiento, y mientras más pronto mejor. Cuando y donde sea: Solo dennos una oportunidad de desahogarnos con los cerdos, y estamos listos.
Esta actitud creó infinidad de problemas al interior del movimiento. La gente de las calle tiene buen instinto, pero no actuaron sabiamente. No tenían un plan; solo violencia y venganza – lo que era absolutamente comprensible, por supuesto, pero ¿cómo podría funcionar? ¿Cómo podría la tradicionalmente estable comunidad México-americana ganar algo, en esta larga carrera, declarando la guerra completa hacia la estructura de poder gabacho al tiempo que se deshacen de sus propios vendidos?
AZTLAN! Ámala o déjala.
-anuncio de la manifestación chicana.
Ruben Salazar fue asesinado en un alzamiento de estilo similar a la asonada ocurrida en Watts provocada cuando cientos de policías atacaron una marcha pacífica en Laguna Park, donde alrededor de 5000 Chicanos entre liberales/estudiantes/activistas se habían reunido para protestar en contra de la forzosa incorporación de “ciudadanos de Aztlán” a la guerra de Vietnam. La policía apareció súbitamente en Laguna Park, sin avisar, y “dispersaron la multitud” con una sábana de gas lacrimógeno, seguido por un remate con macanas al estilo de Chicago. La multitud abandonó el lugar aterrorizada y enojada, lo que inflamó los ánimos de cientos de jóvenes espectadores que corrieron las pocas cuadras que los separaban de Whittier Boulevard y comenzaron a destruir las tiendas que encontraron en el camino. Varios edificios fueron quemados hasta los cimientos; los daños se estimaron en alrededor de un millón de dólares. Tres personas fueron asesinadas, hubo 60 heridos –pero el hecho principal durante la marcha del 29 de agosto de 1970 fue la muerte de Ruben Salazar-.
Y seis meses después, cuando el National Chicano Moratorium Comittee sintió que era hora de otra manifestación masiva, convocaron a “llevar el espíritu de Ruben Salazar”.
Hay ironía en esto, porque Salazar no era militante de nadie. Era un periodista profesional con diez años de experiencia en una variedad de asignaciones para el diario neo-liberal Los Ángeles Times. Era un reportero conocido a nivel nacional, ganador de premios por su trabajo sobre Vietnam, Ciudad de México y la República Dominicana. Rubén Salazar era un corresponsal de guerra veterano, pero nunca había derramado sangre mientras estuvo bajo fuego. Era bueno, y parecía disfrutar su trabajo. Así que debió estar ligeramente aburrido cuando el Times le pidió que regresara de la zona de guerra, para un bien merecido descanso cubriendo “temas locales”.
Se enfocó en el descomunal barrio justo al este del ayuntamiento. Era un escenario que nunca había conocido realmente, a pesar de su herencia México-Americana. Pero encajó casi inmediatamente. En cuestión de meses su trabajo en el Times se redujo a una columna semanal, y firmó como Director de noticias para KMEX-TV –la “estación México-americana”, que él rápidamente transformó en una voz enérgica, políticamente agresiva de toda la comunidad chicana. Su cobertura de las actividades policiales hizo tan infeliz al departamento del alguacil del este de Los Ángeles que muy pronto se vieron a sí mismos en una especie de discusión privada con este hombre Salazar, este hispano que se resistía a ser razonable. Cuando Salazar se metía en una historia rutinaria como la paliza que recibió en la cárcel un niño insignificante llamado Ramirez, muerto en una pelea entre internos, era propenso a salir con cualquier cosa –incluyendo una serie de agudos comentarios noticiosos que sugerían que la víctima había sido asesinada por sus carceleros-. En el verano de 1970 Ruben Salazar recibió tres advertencias, por parte de los policías, para “bajarle el tono a la cobertura noticiosa”. Y cada vez les dijo que no se fueran al carajo.
Esto no lo supo la comunidad hasta después que fue asesinado. Cuando fue a cubrir la marcha esa tarde de agosto aún era el “periodista México-americano”. Pero para cuando su cuerpo fue extraído del Silver Dollar era ya un mártir Chicano. Salazar se hubiera reído de esta ironía, pero no le hubiera hecho gracia la forma en que la policía y los políticos manipularon la historia de su muerte. Tampoco se hubiera sentido complacido al saber que casi inmediatamente después de su muerte su nombre se convertiría en un grito de guerra, impulsando a miles de jóvenes Chicanos que desdeñaban las “protestas” a una guerra no declarada contra la odiada policía gringa[47].
Su periódico, el L. A Times, condujo el tema de la muerte de su antiguo corresponsal extranjero en la primera página del lunes: “El periodista México-americano Ruben Salazar fue asesinado con una munición de gas disparada por el ayudante del comisario, cuando en medio de la sublevación ocurrida el sábado al este de Los Ángeles disparó hacia el interior de un bar.” Los detalles eran borrosos, pero la rápidamente actualizada versión de la policía estaba claramente construida para mostrar que Salazar era la víctima de un lamentable accidente del que las autoridades no tuvieron noticia hasta muchas horas después. Los ayudantes del comisario habían acorralado a un hombre armado en el bar, dicen ellos, y cuando se rehusó a salir –incluso después de “sonoras advertencias” (con un megáfono) a que “evacuaran”- “la municiones de gas lacrimógeno fueron disparadas y varias personas salieron por la puerta trasera.”
En ese momento, de acuerdo con el portavoz del nervioso comisario, el Teniente Norman Hamilton, una mujer y dos hombres –uno llevaba una pistola 7.65 automática- fueron enfrentados por los ayudantes del comisario, quienes los interrogaron. “No sé si hombre con el arma fue arrestado por portar un arma,” añadió Hamilton.
Ruben Salazar no estuvo entre esas personas que huyeron por la puerta de atrás. Él estaba tendido en el suelo, adentro, con un gran agujero en su cabeza. Pero la policía no tenía conocimiento de esto, explicó el teniente Hamilton, porque “ellos no entraron al bar sino aproximadamente a las 8 PM, cuando los rumores comenzaron a llegar con información de la desaparición de Salazar,” y “un hombre inidentificado del otro lado de la calle, frente al bar” dijo al ayudante del comisario, “Creo que hay un hombre herido ahí adentro.” “A estas alturas,” dijo Hamilton, “los ayudantes del comisario tumbaron la puerta y encontraron el cuerpo.” Dos horas y media después, a las 10:40 PM, la oficina del comisario admitió que “el cuerpo” era Rubén Salazar.
“Hamilton no podía explicar,” dijo el Times, “porque dos versiones del incidente dadas por testigos oculares difieren tanto de las versiones del comisario.”
Por cerca de 24 horas Hamilton se apegó a la primera versión –un compuesto, dijo, de versiones de fuentes de primera mano. Según afirma, Rubén Salazar fue asesinado por “un tiro errático…durante el momento más intenso del barrido que se hizo para dispersar a más de 7000 personas en (Laguna) Park cuando la policía ordenó que se la multitud se dispersara.” Los noticieros locales de TV y radio ofrecían esporádicas variaciones del tema –citando reportes “aún bajo investigación” que afirmaban que a Salazar le habían disparado accidentalmente unos negligentes tiradores callejeros. Fue trágico, por supuesto, pero las tragedias como estas son inevitables cuando hordas de personas inocentes permiten ser manipuladas por un puñado de violentos anarquistas que odian a la policía.
La tarde del domingo, sin embargo, la historia de comisario colapsó por completo –ante los testimonios juramentados de cuatro hombres que estaban a unos tres metros[48] de Rubén Salazar cuando murió en el Silver Dollar Café en la 4045 de Whittier Boulevard, a una milla de Laguna Park. Pero la sorpresa mayor llegó cuando esos hombres testificaron que Salazar había sido asesinado –no por francotiradores o disparos erráticos- sino por un policía y su letal bazuca lanzadora de gas lacrimógeno.
Acosta no tuvo problema en explicar esa discrepancia. “Mienten,” dijo. “Ellos asesinaron a Salazar y ahora tratan de ocultarlo. El comisario siente pánico. Todo lo que puede decir es “sin comentarios”. Ha ordenado a cada policía en el condado a que no digan nada a nadie –especialmente a la prensa-. Han transformado la estación del comisario del este de L. A en una fortaleza. Con guardias armados rodeándola.” Rió. “Mierda, el lugar parece una prisión –pero con todos esos policías ¡adentro!-.”
El comisario Peter J. Pitchess se niega a hablarme cuando lo llamo. El resultado de los acontecimientos tras del asesinato de Salazar lo desquició por completo. El lunes canceló una rueda de prensa que estaba programada y en cambio entregó un comunicado, que decía: “Hay demasiado conflicto entre historias, algunas de nuestros hombres, sobre lo que ha pasado. El comisario quiere tener la oportunidad de digerirlas antes de reunirse con los periodistas.”
Sin duda. El comisario Pitchess no estaba sólo en la incapacidad para digerir el embrollo de bazofia que su oficina estaba difundiendo. La versión oficial del asesinato de Salazar era tan cruda e ilógica –incluso luego de corregida- que ni siquiera el comisario parecía sorprendido cuando comenzó a caerse por su propio peso, incluso antes que los partisanos Chicanos tuvieran oportunidad de atacarla. Lo haría, por su puesto. El comisario lo vio venir; muchos testigos oculares, declaraciones juramentadas, versiones de primera mano –todas hostiles-.
El historial de quejas de los Chicanos hacia la policía del este de L. A. no es agradable. “Los policías nunca pierden,” me comentó Acosta, “y no perderán esta tampoco. Ellos acaban de asesinar al único tipo de esta comunidad al que tenían miedo, y te garantizo que ningún policía se enfrentará a un juicio por eso. Ni siquiera tratándose de un homicidio culposo.”
Yo podría aceptar eso. Pero era difícil, incluso para mí, creer que los policías lo habían matado deliberadamente. Sabía que eran capaces de ello, pero no estaba listo del todo para creer que ellos en realidad lo habían hecho…porque una vez lo creyera, tendría que aceptar también la idea de que estaban listos para matar a todo el que pareciera molestarles. Incluso a mí.
En cuanto a la acusación de homicidio de Acosta, lo conocía lo suficientemente bien para entender como pudo hacer pública esa acusación…También lo conocía lo suficiente como para estar seguro de que no intentaría contarme un montón de mierda. Así que nuestra llamada telefónica naturalmente me incomodó…y caí en una meditación al respecto, reafirmando mis sospechas más oscuras, Oscar me había dicho la verdad.
En el avión a L. A traté de decidirme –a favor o en contra- revisando las evidencias clasificadas en mi agenda de notas y los recortes de periódico relacionados con la muerte de Salazar. A esas alturas por lo menos seis testigos reportados como confiables hicieron declaraciones juramentadas que diferían drásticamente, en los puntos delicados, con las versiones de la policía –que nadie creía de todas formas-. Había algo muy desagradable en la forma como el comisario resumía ese accidente; no era ni siquiera una buena mentira.
En cuestión de horas, cuando la edición del Times llegó a las calles con la noticia de que Rubén Salazar había sido asesinado por policías –en vez de tiradores callejeros- el comisario lanzó un furioso asalto a “disidentes conocidos” que se habían agrupado al este de Los Ángeles ese fin de semana, según dijo, para provocar un motín en la comunidad México-americana. Alabó al fervor y las destrezas que sus ayudantes habían demostrado al restaurar el orden en la zona usando dos horas y media, “evitando así un holocausto de proporciones aún mayores.”
Pitchess no identificó ningún “disidente conocido”, pero insistió en que cometieron “cientos de actos provocativos.” Por alguna razón el comisario olvidó mencionar que sus ayudantes ya habían enjaulado a uno de los más prominentes militantes chicanos de la nación. “Corky” Gonzales había sido arrestado durante el motín del sábado bajo una cantidad de cargos que la policía nunca explicó realmente. Gonzales, huyendo de la zona de combate en un camión con plataforma plana con 28 personas más, fue arrestado por una infracción de tránsito, luego lo acusaron de ocultar armas y finalmente por “sospecha de robo” cuando encontraron $300 en su bolsillo. El Inspector de policía John Kinsling dijo que había sido un fichaje “rutinario”. “Cuando tenemos un caso de tránsito y encontramos un arma en el carro, si los ocupantes tienen cantidades cuantiosas de dinero”, dijo, “Siempre los fichamos por sospecha de robo.”
Gonzales ridiculizó la acusación, diciendo, “Cada vez que encuentran a un mexicano con más de $100 es acusado de un delito.” La policía había asegurado originalmente que el cargaba una pistola cargada y más de mil rondas de munición, así como muchos cartuchos usados –pero para el miércoles todos los cargos criminales habían sido retirados. En lo que respecta al “robo”, Gonzales dijo, “Sólo un lunático o un tonto podría creer que 29 personas robarían un lugar y luego se subirían al camión para escapar”. Él había trepado al camión con sus dos hijos, según dijo, para alejarlos de los policías que estaban “gaseando” la manifestación, a la que lo habían invitado como uno de los oradores principales. Los $300, dijo, era el dinero para los gastos suyos y de sus hijos –para comidas en L. A y los tres tiquetes de autobús –ida y vuelta- entre Denver y L. A.
Ese fue el grado de involucramiento de Corky Gonzales en el incidente de Salazar, y dando una ojeada parece de poco valor mencionarlo –excepto por un rumor en los pasillos donde se reúnen los abogados de Los Ángeles que el cargo de robo era un subterfugio, una acción de contención necesaria, para preparar a Gonzales para un arresto “Chicano Seven” por conspiración –acusándolo de haber venido de Denver a Los Ángeles con la intención de promover una asonada.
Con rapidez el Comisario Pitchess y el jefe de la Policía de Los Ángeles Edward Davis hicieron suya esta teoría. Era la herramienta perfecta para este problema: no sólo ahuyentaría a los Chicanos locales y restringiría a otros militantes conocidos nacionalmente como Gonzáles, sino que también podría usarse para crear una cortina de humo del tipo “amenaza roja” para oscurecer la desagradable realidad del asesinato de Rubén Salazar.
El Comisario atacó primero, lo que le hizo merecedor de un gran titular en el Herald-Examiner del miércoles. Mientras tanto, el Jefe Davis lanzó un segundo ataque en Portland, donde ventiló su sabiduría frente al público atento de la Legión Americana. Davis culpó toda la violencia de ese sábado a un “grupo tenaz de subversivos que infiltraron la marcha antibélica y la convirtieron en una horda,” que pronto enloqueció en un frenesí de incendios y saqueos. “Diez meses atrás,” explicó, “el Partido Comunista de California dijo que dejaría de intentar llegar a los negros para concentrarse en los México-americanos.”
En ningún lugar del editorial del Herald –y en ninguna parte de las afirmaciones del comisario y del Jefe de Policía- se mencionó el nombre de Rubén Salazar. The Herald, de hecho, ha tratado de ignorar la historia de Salazar desde el principio. Incluso el domingo, en la primera historia sobre los disturbios –antes que se desarrollara algún tipo de complicación- la clásica mentalidad de William Randolph Hearst fue evidente en el titular a página completa: “Marcha pacífica transmuta en violencia callejera al Este de Los Ángeles…Hombre asesinado de un disparo; edificios saqueados e incinerados.” El nombre de Salazar apareció brevemente, en una declaración del vocero de la oficina del Departamento del Comisario del Condado de L.A –una calmada y confidente aseveración en la que el “reportero veterano” había recibido un disparo en Laguna Park, por desconocidos, en medio de un choque sangriento entre policías y militantes. Tanto mejor para Rubén Salazar.
Y tanto mejor para el Herald-Examiner de Los Ángeles –un periódico genuinamente podrido que presume de tener la mayor circulación vespertina de América. Cómo uno de los pocos órganos restantes de Hearst, sirve a un propósito pervertido en su rol de monumento de todo lo barato, corrupto y vicioso en el marco de lo periodísticamente posible. Es difícil de comprender, de hecho, como la arrugada administración Hearst puede sacar tiempo aún para encontrar suficientes sumisos, intolerantes y alienados Papistas que emplea en un podrido periódico como el Herald. Pero se las arreglan, de alguna forma… y ellos también lograron vender mucha publicidad en ese monstruo. Lo que significa que es leído, y quizá tomado en serio, por cientos de miles de personas en la segunda ciudad más grande de América[49]. En la parte alta de la página del editorial –justo al lado de la advertencia de la Amenaza Roja- había una caricatura grande titulada “En el fondo de todo eso.” Mostraba un flameante cocktail Molotov atravesando un ventanal, y en el fondo (fondo, ¿captan?) de la botella está el emblema de la hoz y el martillo. El editorial en si mismo era un eco fiel de las acusaciones hechas por Davis y Pitchess: “muchos de los disidentes vinieron desde otras ciudades y estados para unirse a los agitadores en Los Ángeles e iniciar así un motín de proporciones mayores, lo que fue planeado con anticipación…que el holocausto no estalló del todo debido a la osadía y las tácticas de los ayudantes del comisario…Los arrestados deberían ser procesados con toda la severidad de la ley. Se deben duplicar las precauciones para prevenir que se repitan irresponsabilidades criminales similares.” La continuidad del Hearst Examiner explica mucho sobre la mentalidad de Los Ángeles –y también, quizás, sobre la muerte de Ruben Salazar.
Así que la única forma de abordarlo era reconstruyendo todo basado en los testimonios de los testigos oculares. La policía negaba pronunciarse –especialmente a la prensa-. El comisario dijo que estaba guardando “la verdad” para la pesquisa oficial del forense.
Mientras tanto, la evidencia mostraba que Ruben Salazar había sido asesinado –ya sea deliberadamente o sin ninguna razón aparente-. El testimonio más perjudicial para la versión policial hasta ahora provino de Guillermo Restrepo, un reportero de 28 años y presentador de noticias de KMEX-TV, quien cubría el “motín” con Salazar esa tarde, y que había ido con él al Silver Dollar Café “A descargar la vejiga y tomar una cerveza rápida antes de regresar a la estación para editar la historia.” El testimonio de Restrepo era lo suficientemente sólido por si mismo como para echar una sucia sombra en la versión oficial de la policía, pero cuando elaboró otros dos testigos oculares que contaron exactamente la misma historia, el comisario abandonó toda esperanza y envío sus guionistas de vuelta al chiquero.
Guillermo Restrepo es bien conocido al Este de L.A –una figura familiar para todo chicano que posee una TV. Restrepo es la cara visible de las noticias de KMEX-TV…y Rubén Salazar, hasta agosto 29 de 1970, era el hombre detrás de las noticias –el editor-.
Trabajaban bien juntos, y en ese sábado cuando la manifestación pacífica se tornó en un motín al estilo Watts, tanto Salazar como Restrepo decidieron que sería sabio si Restrepo –un nativo colombiano- traía dos de sus amigos –también colombianos- para ayudar como centinelas y guardaespaldas.
Sus nombres eran Gustavo García, de 30 años, y Héctor Fabio Franco, también de 30. Ambos hombres aparecen en una fotografía (tomada segundos antes que Salazar fuera asesinado) con un ayudante del comisario apuntando una escopeta a la entrada principal del Silver Dollar Café. García es el hombre justo en frente al arma. Cuando la fotografía se tomó él acababa de preguntar al policía que ocurría, y el policía le dijo que volviera al interior del bar si no quería recibir un disparo. La oficina del comisario no tenía conocimiento de esta foto hasta tres días después que fue tomada –junto con una docena más- por otros dos testigos oculares, que también resultaron ser editores de La Raza, un periódico de militantes chicanos que se autodenomina “la voz del barrio Este de L.A” (En realidad, es uno de muchos: Los Boinas Marrón publican un tabloide mensual llamado La Causa. The National La Raza Law Students Association[50] tiene también una publicación mensual –Justicia 0!- La publicación del Partido de los Trabajadores Socialistas[51] cubre el barrio junto con The Militant y la Welfare Rights Organization del Este de Los Ángeles con su tabloide -La Causa de los Pobres-. También está Con Safos, una publicación trimestral sobre Arte Chicano y literatura.)
Las fotografías fueron tomadas por Raúl Ruiz, un profesor de 28 años que enseña Estudios Latinoamericanos en San Fernando Valley State College. Ruiz fue enviado por La Raza ese día cuando la marcha se tornó en una guerra callejera con la policía. El y Joe Razo –un estudiante de leyes de 33 años con un Master in Artes y Psicología –cuando seguían la acción a lo largo de Whittier Boulevard notaron que la fuerza operativa de los ayudantes del comisario se preparaban para asaltar el Silver Dollar Café.
Su versión de los hechos ocurridos ahí –junto con las fotos de Ruiz- fueron publicados en La Raza tres días después que la oficina del comisario dijera que Salazar había sido asesinado a una milla de distancia en Laguna Park, por un francotirador o por una “bala perdida”.
La Raza cayó como una bomba. Las fotos no eran mucho individualmente, pero juntas –incluyendo el testimonio Ruiz/Razo- mostraban que los policías seguían mintiendo cuando salieron con su segunda (corregida) versión del asesinato de Salazar.
También comprobó el testimonio de Restrepo, García y Franco, que ya había derrumbado la versión oficial de la Policía al establecer, más allá de cualquier duda, que Rubén Salazar había sido asesinado, por un ayudante del comisario, en el Silver Dollar Café. Estaban seguros de eso, nada más. Estaban perplejos, dijeron, cuando los policías aparecieron con armas y comenzaron a amenazarles. Pero decidieron irse en todo caso –por la puerta trasera, ya que los policías no dejaron que nadie saliera por la puerta del frente– y ahí fue cuando el tiroteo comenzó, menos de treinta segundos después que García fue fotografiado en la acera frente al cañón de una escopeta.
La debilidad del testimonio de Restrepo, García y Franco era tan obvio que ni siquiera los policías pudieron evitar notarlo. Ellos no sabían nada más allá de lo que ocurrió dentro del Silver Dollar al momento de la muerte de Salazar. No existía forma de que ellos pudieran saber lo que ocurría afuera, o porque los policías comenzaron a disparar.
La explicación vino casi instantáneamente desde la oficina del comisario –una vez más fue el Teniente Hamilton. La policía había recibido un “reporte anónimo”, dijo, declarando que “un hombre armado” estaba dentro del Silver Dollar Café. Esto les daba pie para su “causa probable”, su razón para hacer lo que hicieron. Estas acciones, de acuerdo con Hamilton, consistieron en “enviar varios ayudantes” para lidiar con el problema…y lo hicieron ubicándose en frente al Silver Dollar para advertir “sonoramente” con megáfonos llamando a esos que estaban adentro para que salieran con las manos sobre la cabeza.
No hubo respuesta, dijo Hamilton, así que uno de los ayudantes disparó dos proyectiles de gas a través de la puerta principal. A estas alturas dos hombres y una mujer habían huido por la puerta trasera, a uno de los hombres, los ayudantes del comisario le quitaron una pistola calibre 7.65. No lo arrestaron –ni siquiera fue detenido- en ese punto otro ayudante disparó dos proyectiles de gas adicionales a través de la puerta del frente.
De nuevo no hubo respuesta, y después de una espera de 15 minutos uno de los ayudantes más valientes reptó hasta la puerta principal y habilidosamente la azotó –sin entrar, añadió Hamilton-. La única persona que entró al bar, de acuerdo con la versión policial, fue el propietario, Pete Hernández, que se presentó como a la media hora después del tiroteo y pidió permiso para ir a buscar su rifle adentro.
¿Por qué no? Dijeron los policías, así que Hernández atravesó la puerta trasera y fue por el rifle que tenía en la bodega del bar –a unos 50 pies[52] de donde estaba tendido el cuerpo de Rubén Salazar en medio de una neblina de rancio gas CS[53]. Entonces, durante las siguientes dos horas, un par de docenas de ayudantes del comisario acordonaron la calle frente a la puerta principal del Silver Dollar. Esto atrajo naturalmente la atención de una multitud de chicanos, no todos amistosos –a una joven de 18 años le dispararon en la pierna con el mismo tipo de munición para bazuca de gas lacrimógeno que había volado parte de la cabeza de Salazar.
Esta es una historia fascinante… y quizás lo más interesante al respecto es que no tiene sentido, ni siquiera para las personas deseosas de aceptarlo como una verdad absoluta. Pero ¿quién podría creerlo? Aquí, en medio de un terrible motín en un gueto hostil con una población superior al millón de Chicanos, el departamento del Comisario de Los Ángeles dispuso a todos los hombres en la calle en un intento vano por controlar el saqueo masivo y los incendios premeditados generados por la furiosa muchedumbre… pero de alguna forma, con los disturbios avanzando a su máxima velocidad, por lo menos una docena de diputados de la Elite Special Enforcement (llamada como TAC Squad) responden al “reporte anónimo” que asegura la presencia de “un hombre armado” escondido, por alguna razón, en un café silencioso a 10 cuadras del vórtice de la revuelta.
Se abalanzaron sobre el lugar y confrontaron a varios hombres que trataban de irse. Amenazaron con matar a esos hombres –pero no intentaron arrestarlos o de registrarlos- y los forzaron a volver adentro. Entonces usaron el megáfono para advertir a todos los que estaban adentro que debían salir con las manos en alto. Luego, casi inmediatamente después de dar la advertencia, dispararon –a través de la puerta frontal que estaba abierta y desde una distancia no superior a los 10 pies[54]– dos potentes proyectiles de gas lacrimógeno diseñados “para usar contra criminales atrincherados” capaces de perforar una tabla de una pulgada[55] a 300 pies[56].
Entonces, cuando un hombre portando una pistola automática intenta huir por la puerta de atrás, le decomisan el arma y le dicen que se pierda. Finalmente, después de disparar dos bombas de gas adicionales por la puerta del frente, sellan el lugar –nunca entran- y lo rodean durante dos horas, bloqueando un boulevard principal y atrayendo una multitud. Tras dos horas de esta locura ellos “oyen un rumor” –de nuevo de una fuente anónima- que especula sobre un hombre herido dentro del bar sellado dos horas antes. Así que “derriban la puerta” y encuentran el cuerpo de un eminente periodista –“el único Chicano en el Este de L.A” según Acosta, “al que los policías temían realmente”-.
Por muy inverosímil que parezca, el comisario decidió ceñirse a esta historia –a pesar del creciente número de testigos oculares que contradecían la “causa probable” de la versión policial. La policía afirma que fueron al Silver Dollar Café para arrestar ese “hombre con un arma”. Pero ocho días después del asesinato aún estaban tratando de localizar la fuente de ese fatal chivatazo.
Dos semanas después, durante las pesquisas del médico forense, el testigo clave del comisario en este punto crítico apareció misteriosamente. Era un hombre de 50 años llamado Manuel López el que asumía todo el crédito por el chivatazo con la historia de que había visto dos hombres armados –uno con un revólver y otro portando un rifle cruzado frente al pecho y apoyado en el antebrazo- entrar al Silver Dollar poco antes de que Salazar fuera asesinado. Apresuradamente López “hizo señas” a los oficiales del comisario estacionados cerca, dijo, y ellos respondieron estacionando un carro patrulla justo enfrente del boulevard de seis carriles que los separaba de la puerta principal del Silver Dollar. Luego, usando un altoparlante, los ayudantes del comisario dieron dos advertencias claras a los que ocupaban el bar “tiren sus armas y salgan con las manos sobre la cabeza.”
Tras la espera de cinco minutos -o diez-, dijo López, tres rondas de gases lacrimógenos fueron disparadas al bar, uno de los proyectiles rebotó contra la puerta y dos entraron silbando a través de una cortina negra que colgaba unos pies detrás de la entrada abierta. Estaba muy oscuro para saber lo que estaba sucediendo dentro del bar, añadió López.
Por lo que expresó voluntariamente en la indagatoria, el comportamiento de López en la tarde del sábado, 29 de agosto, fue en cierto modo singular. Cuando se desencadenó el motín y la turba comenzó el saqueo y los incendios, el Sr. López se quitó la camisa, se puso un chaleco de caza rojo fluorescente y se ubicó en la mitad de Whittier Boulevard como policía voluntario. Ejecutó su rol con tanto celo y energía fanática que para el anochecer descubrió que era famoso. En el apogeo de la violencia fue visto arrastrando una banca de autobús hacia la mitad del boulevard con la intención de bloquear el tráfico y desviarlo hacia calles laterales. También se le vio arreando espectadores lejos de una tienda de muebles en llamas…y luego, cuando las acciones del motín parecieron cesar, fue visto dirigiendo un grupo de ayudantes del comisario en dirección al Silver Dollar Café. Sin duda, no hubo discusión ante las afirmaciones que hizo dos semanas después, había estado en el epicentro de los hechos. Su testimonio en la indagatoria sonaba perfectamente lógico y tan finamente detallado que era difícil de entender como un prominente testigo tan extrovertido pudo escapar de ser citado – o por lo menos mencionado- por una docena de reporteros, investigadores y consejeros de todo tipo con acceso a la historia de Salazar. El nombre de López ni siquiera había sido mencionado por la oficina del comisario, lo que pudo haberles ahorrado mucha de la innecesaria aflicción pública al tan siquiera sugerir que tenían un testigo tan valioso como Manuel López. No se habían negado a mostrar los otros dos testigos “amistosos” –ninguno de los dos había visto “hombres con armas”, pero ambos respaldaron la versión de López en la secuencia del tiroteo (…)
[1] Mientras H.S.T investigaba y escribía este artículo, las noches servían para reunirse con el abogado y activista chicano Oscar Z. Acosta, quién luego sería retratado como Dr. Gonzo en la novela Miedo y Asco en Las Vegas.
[2] Brown Power, poder de los morenos, los de piel marrón, los latinos.
[3] Whittier Boulevard, Emblemática calle del condado de Los Ángeles, Sur de California.
[4]Denominación que se utiliza para quienes aplican la ley sin contemplaciones, los que sólo siguen órdenes, la policía.
[5] Si bien en España gabacho se utiliza para referirse despectivamente a los franceses, en México se utiliza de la misma forma para referirse a los estadounidenses, ya que dejaron de ver el término “gringo” como una ofensa.
[6] Denominación para los México-americanos, estadounidenses de padres mexicanos.
[7] Oscar Z. Acosta
[8] Se refiere a Rubén Salazar, columnista de Los Ángeles Times asesinado por la policía anti disturbios dentro de un bar, con una granada lacrimógena que lo descerebró. Thompson escribió este artículo para intentar llegar al fondo de su historia.
[9] “Deja que sangre”, es un álbum de estudio de la banda británica The Rolling Stones.
[10] Dólar de plata, nombre del bar o taberna.
[11] Cadena de mercados en los que se vende comida y medicinas.
[12] Negro y Black, dejo las palabras como fueron escritas originalmente. Hace referencia a como se referían a los esclavos “Negro, Niger”, y blacks, que sin dejar de ser peyorativo no hace referencia al pasado colonial.
[13] 24 kilómetros
[14] Mayúsculas sostenidas en el original, se presume que es una reproducción de un folleto. La información sin negrilla se sostiene en el original.
[15] LAPD, Los Angeles Police Departament. Departamento de Policía de Los Ángeles.
[16] Junkie. Adicto (fisiológicamente) a las drogas.
[17] En el original Waiting va en cursiva, modo de énfasis.
[18] Sunset Strip.
[19] Traduce: Los seis de Biltmore.
[20] Cursilla en el original.
[21] Ratbastard en el original.
[22] Cursiva en el original.
[23] Stoned.
[24] Terminar todas las frases con “Man”, era una muletilla propia de los fumadores de marihuana de la época.
[25] Cursiva en el original.
[26] Nombre de una calle.
[27] Versión recortada del rifle Remington de caza, arma de mano de largo alcance, con mira telescópica.
[28] Convención de veteranos de guerra.
[29] Primer festival al aire libre de Norte América, se realizó en 1968, un año antes de Woodstock.
[30] Free Fire Zone, en el original. El concepto utilizado por las fuerzas de la U.S Military designa aquellas áreas en las que se aplican medidas de control más severas, en coordinación con unidades de combate adyacentes. Los soldados no necesitan consentimiento de sus comandancias para disparar sus armas y tienen órdenes de disparar a lo que se mueva.
[31]Se refiere a los disturbios ocurridos en el barrio Watts, de Los Ángeles, agosto de 1965. Durante una semana grupos Afro-Americanos sostuvieron una devastadora ola de violencia que resultó en decenas de muertos, más de mil de heridos, más de tres mil arrestos, y más de cuarenta millones en daños materiales.
[32] Mexican-American Movement.
[33] Negro Civil Rights Movement.
[34] Americans, cuando el nativo se llama a si mismo “americano” hace relación a su pertenencia a los Estados Unidos de América, de ahí que elija usar “estadounidense” en vez de “American”.
[35] Indentured servants, en el original. Una forma de servilismo en la que se paga con trabajo durante un período de tiempo. Estos sirvientes solían obtener la libertad como recompensa. En las 13 colonias originales la mitad de los inmigrantes venían con este tipo de contratos. Los que venían a la fuerza eran llamados “esclavos blancos”.
[36] Mestizo de sangre indígena y europea.
[37] “Vendido” y “vieja también”, en castellano en el original.
[38] Batos locos en el original. Pandilla callejera con miembros en varios Estados de la Unión Americana.
[39] “Whites”, Bennies, en el original, la primera palabra entre comillas. Hace referencia a pastillas de Benzedrin, anfetaminas de venta regulada y producida en laboratorios para tratar la narcolepsia, trastornos de atención y la congestión nasal. En el mercado ilegal eran llamadas Whites, o Blancas, por el color de las pastillas. En 1949 la película The Devil´s Sleep –El sueño del diablo- fue una de las primeras en abordar el tema del abuso de Bencedrina.
[40] Seconal, barbitúrico empacado en cápsulas rojas.
[41] Benzedrina, Anfetaminas.
[42] Hell´s Angels, banda de forajidos moticilistas, con los que H.S.T convivió durante un año para escribir el libro: Hell´s Angels. A Strange and Terrible Saga.
[43] Batos Locos en el original. Utiliza la B en vez de la V. Así debe quedar.
[44] Pigs, cerdos –los policías-.
[45] Seconal, barbitúrico empacado en cápsulas rojas.
[46] En castellano en el original.
[47] Gringo police, en el original.
[48] 10 pies.
[49] Entiéndase como Estados Unidos de América.
[50] Lo dejo en idioma original para que puedan buscar más bibliografía sobre el tema.
[51] The Socialist Workers Party
[52] 15.24 centímetros
[53] Clorobenzilideno malononitrilo, un gas lacrimógeno.
[54] 3 metros.
[55] 2.5 centímetros.
[56] 91,4 metros.