Por: Clay Sotelo y Francesco Vitola Rognini.
Michael Franzese, caporegime arrepentido perteneciente a la familia Colombo -hoy asesor, conferencista y escritor- asegura que El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo (Niccoló di Bernardo dei Macchiavelli. Florencia, 3 mayo, 1469; Florencia, 21 de junio 1527), fue uno de los libros que estudió durante sus casi diez años de condena por cargos de conspiración. Según él, ese libro es leído en los círculos cercanos al poder, e históricamente ha servido de manual para controlar con eficiencia los imperios de las familias que conforman la Cosa Nostra.
De esa anotación hecha por un antiguo mafioso nace la siguiente duda: ¿se aplican los consejos de Maquiavelo en la política colombiana? La respuesta sería, parcialmente. La política tradicional colombiana tiende a las alianzas entre burócratas, oligarcas, terratenientes y militares. El afecto popular, la aceptación de los votantes, ha estado del lado de los perdedores, y esto se debe a las medidas coercitivas y fraudulentas con las que los que conforman la histórica alianza se han sostenido en el poder. A esto hay que sumar la «narcotización» de la sociedad colombiana, o «narcocultura», que se ha apropiado de las ramas del poder, los organismos de control, las fuerzas de seguridad, legales y para estatales. Pablo Escobar soñaba con ser presidente, y su visión se ha cumplido, por lo que hoy día es imposible hablar de elecciones limpias, sobre todo en las regiones remotas controladas por clanes políticos que amasan fortunas propias de emires y caciques. Los términos no son usados al azar, ni de manera peyorativa, describen el poder que amasan los líderes de esos clanes y sus partidos políticos, de manera que encajan a la perfección con las definiciones hechas por Maquiavelo, que dividía a los principados de la siguiente forma: «Los hereditarios, en quien lo disfruta, provienen de su familia, que por mucho tiempo los poseyó. Los nuevos se adquieren por dos modos: o surgen como tales en un todo […]; o aparecen como miembros añadidos al Estado ya hereditario del príncipe que los adquiere […] Estos Estados nuevos ofrecen a su vez una subdivisión, porque: o están habituados a vivir bajo un príncipe, o están habituados a ser libres; o el príncipe que los adquirió lo hizo con armas ajenas, o lo hizo con las suyas propias; o se los proporcionó la suerte, o se los proporcionó su valor» (P. 20-21. Cap. I). Nada menos alejado a la inefable realidad de las casas políticas cuyos árboles genealógicos están arraigados a la historia política colombiana. Reino de delfines, de matrimonios por conveniencia entre hijos de familias influyentes, para perpetuar un linaje muy similar a los matrimonios de la alta sociedad inglesa. Hacen apología a las castas, como en el hinduismo, y se aprecia a los descendientes del virreinato y los notables criollos, quienes han mantenido una prominente incidencia familiar en las decisiones nacionales. Un círculo al que no todos entran; esfera insaciable de poder, pues, en efecto, es común encontrar vividores de la herencia y cumplen el consejo de Maquiavelo.
Entrando en el terreno de la gobernanza, el autor describe las siguientes formas de liderar un Estado: «Cuando el príncipe quiere conservar aquellos Estados que estaban habituados a vivir con su legislación propia y en régimen de república, es preciso que abrace una de estas tres resoluciones: o arruinarlos, o ir a vivir en ellos, o dejar al pueblo con su código tradicional, obligándole a pagarle una contribución anual y creando en el país un tribunal de corto número de miembros, que cuide de consolidar allí su poder» (P. 44. Cap. V). No dista mucho de la realidad, pues, pese a la descentralización consagrada en la Constitución Política de 1991, su materialización parece utópica en las regiones más alejadas del centro del país. Chocó, Amazonas, los llanos y el Caribe, sufren precariedad en educación, empleo, salud y desarrollo; la gestión pública es colérica, las entidades territoriales están desarticuladas y los dirigentes locales se ven obligados a mendigar paupérrimas regalías en la capital. Los recursos destinados desde el centro económico del país son escasos por más riquezas que hallen en las regiones marginadas del desarrollo, donde reina la miseria y la ausencia estatal, y en las que los grandes proyectos de infraestructura y de sostenibilidad socioeconómica llegan -a medias, en el mejor de los casos-. Pero al tiempo e irónicamente, en Macondo, se pagan impuestos en equidad tributaria y las tarifas de servicios públicos domiciliarios aumentan puntualmente cada año.
Sobre los principados nuevos que se adquieren por la fortuna y con las armas ajenas, esto nos dice el filósofo italiano: «Semejantes príncipes no se apoyan en mas fundamento que en la voluntad o en la suerte de los hombres que los exaltaron, cosas ambas muy variables y desprovistas de estabilidad en absoluto» (P. 55. Cap. VII). Lo anterior, en sí lleva a una palpable realidad en Colombia: inestabilidad del poder, que responde a la histórica convulsión de ideologías, partidos y movimientos políticos, deviniendo en guerras internas, descontento y una severa agudización de problemáticas sociales. No hay lealtad en el príncipe cuando este no ha llegado por fortuna propia, sino por apoyo -y no el más confiable-, esto cuando un cruel panorama refleja dineros calientes producto de la droga, manchados de sangre, con los que compran votos las mafias criollas con sed de venganza pastún. Entre los mismos nobles, cercanos al poder, conspiran con frecuencia y adoptan estrategias de camaleón para revelarse contra el dirigente de turno. Por tal razón «El primer golpe de adversidad los arruina, si, como ya insinué, los príncipes creados por improvisación carecen de la energía suficiente para conservar lo que puso en sus manos la fortuna, y si no se han proporcionado las mismas bases que los demás príncipes, se habían formado, antes de serlo» (P. 56. Cap. VII). Sin planificación ni estrategia en la consolidación de una política nacional conjunta, el gobernante colombiano, con frecuencia, suele terminar en la soledad y pierde popularidad. No obstante, somos un principado sin memoria, que aprecia a cualquier autoproclamado caudillo o aquel que un longevo lobo determine… En ello no hay fortuna, tampoco armas ajenas a tomar. Los camaleones o los tibios ya no quieren ser parte de esa empresa y conforman otra que pretenda posar como la única salvación, perpetuando así la fragilidad estatal y la división. Todo lo opuesto a una necesaria unidad.
El estratega italiano reflexiona sobre el principado civil: «En toda ciudad existen dos inclinaciones diversas, una de las cuales proviene de que el pueblo desea no ser dominado y oprimido por los grandes, y la otra de que los grandes desean dominar y oprimir al pueblo. Del choque de ambas inclinaciones dimana una de estas tres cosas: o el establecimiento del principado, o el de la república, y el de la licencia y la anarquía» (P. 78. Cap. IX). Como un indicio del destino, Maquiavelo anticipa lo que ha sido la historia de Colombia y los detonantes de un reguero de sangre roja y azul, entre campesinos olvidados y Estado ausente, entre izquierdas y derechas, entre paramilitares y guerrilleros, entre indígenas y criollos, entre pobres y ricos, todos colombianos. Pero, en definitiva, siempre unos oprimidos víctimas de la desigualdad, y la débil política de progreso, frente a un soberbio príncipe desconectado de la realidad. Por esa razón, parece empezar a crearse, puntos medios de consenso, basados en un ejercicio de gobernanza, aunque incluso sea meropanem et circenses, pues, saben que «Si los grandes ven que no les es posible resistir al pueblo, comienzan por formar una gran reputación a uno de ellos, y dirigiendo todas las miradas hacia él, acaban por hacerle príncipe, a fin de poder dar a la sombra de su soberanía, rienda suelta a sus deseos» (P. 78. Cap. IX). Así lo manifestó en su momento el sabio Gaitán al sentenciar que el pueblo no era superior a sus dirigentes. Lo sabía, pues «Lo peor que el príncipe puede temer de un pueblo que no le ama, es ser abandonado por él. Pero, si le son contrarios los grandes, debe temer, no solo verse abandonado, sino que también atacado y destruido por ellos […]» (P. 79. Cap. IX). En la política colombiana, mantienen por tanto, suma vigencia, dirigentes de cuestionables prácticas, amadas por unos y odiadas por otros, que, bien o mal, se hacen referentes de un sector del pueblo. Algunos han entendido que «Un ciudadano llegado a príncipe por el favor del pueblo ha de tirar a conservar su afecto, lo cual es fácil, ya que el pueblo pide únicamente no ser oprimido. Pero el que llegó a ser príncipe con el auxilio de los grandes y contra el voto del pueblo, ha de procurar conciliárselo, tomándolo bajo su protección» (P. 81. Cap. IX). Debido a ello, muchos han buscado ser el príncipe de los oprimidos, pero, el tiempo en el principado hereditario ha sacado a la luz una sociedad mafiosa que ha normalizado decapitar a los oprimidos, quienes, en un afán por sentirse protegidos, también desean llevar al palacio de Nariño a un delfín, imponiendo sus voluntades: no ser sometidos, ser tratados con dignidad, que se sigan multiplicando los impuestos y que dejen de amenazarlos con mazmorras —al que manifieste inconformidad—. Saben que un pueblo débil, ciego y borrego, está atado a las costillas de sus necesidades. No se ha entendido que, por el contrario, «un soberano prudente debe imaginar un método por el que sus gobernados tengan de continuo, en todo evento y en circunstancias de cualquier índole, una necesidad grandísima de su principado» (P. 83. Cap. IX). Lo anterior es el asistencialismo como bandera política. Con subsidios, el conglomerado siente su estómago y callan ante el temor de lo que sería una gran pérdida para sus precariedades. Aunque, no esté del todo mal, con sensatez, ser consciente que ciertos dirigentes han buscado soluciones para satisfacer unas de esas verdades incómodas para los principados: notorias muertes por hambre; comunes por esos feudos olvidados de las líneas anteriores.
Sobre el monopolio estatal de las armas y los ejércitos:«La razón y la experiencia nos enseñan que el hombre que se halla armado no obedece con gusto al que está desarmado, y que el amo desarmado no se encuentra seguro entre sirvientes armados» (P. 111. Cap. XIV). «Cuando el príncipe desarma a sus súbditos, empieza ofendiéndoles, puesto que manifiesta que desconfía de ellos, y, que les sospecha capaces de cobardía o de poca fidelidad» (P. 155. Cap. XX). Lo anterior, no es del todo cierto o aplicable en Colombia por dos razones fundamentales: la primera tiene que ver con tratados internacionales que en la actualidad se han suscrito, así como la necesidad de evitar la sobreproducción de armamento bajo un modelo de economía convencional, previendo la seguridad nacional y mantener índices de violencia reducidos, o que todas estas armas terminen a manos de grupos al margen de la ley. O eso dicen, pues, si bien es preciso señalar que este principado tiene su monopolio, —la empresa Indumil que fabrica armas, municiones, explosivos y material táctico de defensa— y que es el Estado quien determina qué armas son de uso privativo y cuáles pueden ser dadas a la población mediante salvoconducto, en numerosas ocasiones se ha visto cómo estas armas de uso privativo, y de Indumil, son usadas a sus anchas en el territorio, sin dejar de tener en cuenta aquellas ingresadas ilícitamente con fines perversos desde el mercado negro, en medio de conflictos armados, masacrando personas y se ha mercantilizado la muerte de miles en todo el país —incluso desde las fuerzas armadas—. Entonces, ¿tratados? ¿economía? ¿prever seguridad? Todo esto, lleva a la segunda razón, que tiene que ver con la insaciable violencia que soporta el corrupto principado, en el que cualquiera puede disponer de una subametralladora, por ejemplo. Ahora, es cierto que en la historia de conflicto y barbarie se ha normalizado el uso de las armas del Estado para realizar masacres, proveyendo a grupos alzados en armas, vendiéndolas a grupos sombríos y enfermos de ceguera -no la de Saramago-, que justifican la violencia con eufemismos como «falsos positivos», «seguridad democrática», «lucha armada», «ejército del pueblo».
Esto lleva a la reflexión de Maquiavelo frente a «Los actos de severidad mal usados son aquellos que, pocos al principio, van aumentándose y se multiplican de día en día, en vez de disminuirse y atenerse a sus primitiva finalidad» (P.75. Cap. VIII). Algo que no debería ser difícil de entender en un país que lleva medio siglo en una guerra de baja intensidad. Ahora, si lo vemos desde el punto de vista de los uniformados que no desean profesionalizarse, es hasta lógico que no deseen ponerle fin a este conflicto fratricida: «No es, en efecto, fácil contentar a la vez a los soldados y al pueblo, porque el pueblo es amigo del descanso y lo es así mismo el príncipe de moderada condición, al paso que los soldados quieren un príncipe que tenga espíritu marcial, y que sea rapaz, cruel e insolente». (P. 142. Cap. XIX). Aunque, en teoría, siendo las repúblicas territorios donde prima la ley, no la violencia: «Hoy día, los términos se han invertido, y conviene contentar más al pueblo que a los soldados, porque aquel posee más poder que éstos» (P. 150. Cap. XIX). Sin embargo, cuando vemos la desconexión de los que gobiernan, supuestamente elegidos por voto popular, dudamos de que tengan en cuenta las necesidades del pueblo por encima de las de los uniformados que protegen los intereses de los que presiden: «Cuando el príncipe esté con sus tropas y tenga que gobernar a miles de soldados, no debe preocuparle adquirir fama de cruel, ya que, sin esta fama, no logrará conservar un ejército unido, ni dispuesto para cosa alguna» (P. 127. Cap. XVII). En Colombia, las fuerzas armadas suelen actuar con fidelidad a su príncipe, tanto así, que denotan cierta legitimación hacía el uso excesivo, abrasivo, y en múltiples ocasiones, asesino, de la fuerza, como en recientes protestas, tras el asesinato de un civil desarmado, y en la que el feudo privilegió la represión bruta -propia de regímenes extremistas-, cayendo en consecuencia, civiles disparados a quemarropa, todo a manos de los soldados comandados por el delfín, que se supone protegen la vida en su máxima.
Sobre las amistades y las alianzas opina Maquiavelo: «[…] las amistades que se adquieren, no con la nobleza y la grandeza del alma, sino con el dinero, no son de provecho alguno en los tiempos difíciles y penosos, por mucho que se las haya merecido» (P. 125. Cap. XVII). «Los hombres se atreven mas a ofender al que se hace amar que al que se hace temer, porque el afecto no se retiene por el mero vínculo de gratitud, que, en atención a la perversidad ingénita de nuestra condición toda ocasión de interés personal llega a romper, al paso que el miedo a la autoridad política se mantiene siempre con el miedo al castigo inmediato, que no abandona nunca a los hombres» (P. 125-126. Cap. XVII). A lo mejor, por estas razones, Colombia ha gozado de príncipes que reparten mieles como si no hubiera mañana entre sus financiadores de campaña. A lo mejor por ello no son queridos por un pueblo que evidentemente demanda pan frente al palacio cual escena previa de revolución francesa, que recibe subsidios y auxilios por un embeleco Estado de bienestar, pero que no llegan a donde deben llegar al terminar en manos de vasallos que no existen y muertos que aún los reciben, a lo mejor reencarnaron o astralmente los reciben, incluso votan. En Colombia no aman al principado, salvo la casta hereditaria que vive lactando la ubre del Estado, porque sencillamente nunca han vivido la decadencia desde las afueras de sus palacios, aunque otrora muchos se han creído en las promesas de falsos mesías de plaza pública, provenientes del vulgo y que terminan convirtiéndose en máximos exponentes de esa clase odiada por los nobles, pero «amigos» tras bambalinas; parece Il Gattopardo. Así, los gobernantes suelen pasar sin penas ni gloria y terminan siendo recordados más por sus omisiones y errores que por sus logros y buenas acciones -si es que las hay-. Cambian para que todo siga igual en una Colombia lampedusiana, no por miedo al progreso porque aún quedan sensatos y emprendedores, tampoco a un eventual castigo porque el miedo a la muerte -tan normalizada- se ha perdido, sino por una notable intransigencia al futuro.
Esta es la reflexión del estadista italiano en cuanto a las características que debe tener un príncipe sabio: «Es necesario que el príncipe sepa que dispone, para defenderse, de dos recursos: la ley y la fuerza» (P. 130. Cap. XVIII). Y sí que han tenido la sabiduría para usar esto en Colombia, pues, a través de normas antitécnicas, populistas, restrictivas, y en ocasiones represivas, aprobadas por la bendición de un endeble legislativo, han reprimido cualquier acto que no tenga la venia del príncipe y al tiempo, con la fuerza -a menudo bruta- han silenciado a todo aquel que no se someta a la voluntad de este. Por otro lado, la ley y la fuerza ha sido empleada para preservar la soberanía del principado, pero como notoriamente debemos conocer, en los últimos años también se vio una sumisa política exterior y defensa judicial blanda, que devino en la pérdida de un considerable espectro marítimo territorial. Se diría entonces que, la fuerza y la ley es una variable parcial y no total del deber del gobernante en Colombia. Ahora bien «Es menester saber encubrir ese proceder artificioso y ser hábil en disimular y en fingir» (P.131. Cap. XVIII). Quizás por esto las normas jurídicas son tan difíciles de leer, interpretar, analizar y reflexionar para el ciudadano común; en un porcentaje son verborrea ambigua a favor de intereses puntuales.
Maquiavelo sugiere que el príncipe «Debe cuidar mucho de ser circunspecto, para que cuantas palabras salgan de su boca, lleven impreso el sello de las virtudes mencionadas, y para que, tanto viéndole, como oyéndole, le crean enteramente lleno de buena fe, entereza, humanidad, caridad y religión» (P. 133. Cap. XVIII). El problema es que los líderes actuales hablan hasta por los codos, y lo que dicen queda registrado en video. A esto hay que sumar los fallidos intentos de llevar a cabo la siguiente sugerencia: «Nada granjea más la estimación a un príncipe que las grandes empresas y las acciones raras y maravillosas» (P. 162. Cap. XXI). En general parece que los políticos actuales tienen la intención de aplicar los maquiavélicos consejos, pero o desestiman la importancia de cumplir lo prometido o pierden de vista el objetivo de trascender en los libros de historia, y en cambio se conforman con acumular riquezas mal habidas: «El príncipe debe, ante todas las cosas, ingeniarse para que cada una de sus operaciones políticas se ordene a procurarle nombradía de grande hombre y de soberano de superior ingenio» (P. 164. Cap. XXI). Lo que nos lleva a la inteligencia de los líderes que han deseado gobernar este territorio: «Pero es necesario saber que hay entre los príncipes, como entre los demás hombres, tres especies de cerebros. Los primeros piensan y obran por sí y ante sí; los segundos, poco aptos para inventar, posee sagacidad selectiva en el atenerse a los que le proponen los otros; los terceros no conciben nada por sí mismos, ni nada tampoco sacan en limpio de ajenos discursos» (p. 171. Cap. XXII). «Así, un príncipe advertido y juicioso debe seguir un curso medio, escogiendo en su Estado a algunos sujetos sabios, a los cuales únicamente otorgue licencia para decirle la verdad, y esto exclusivamente sobre la cosa con cuyo motivo le pregunte, y no sobre ninguna otra» (P. 175. Cap. XXIII). Por esto es indispensable que las repúblicas sean gobernadas por individuos capacitados para el estudio, no son de ninguna utilidad los agentes conflictivos y belicosos, ni mucho menos los pusilánimes que sirven de títeres a los primeros: «El príncipe, para ejercitar su espíritu, debe leer las historias, y, al contemplar las acciones de los varones insignes, debe notar particularmente como se condujeron en las guerras, examinando las causas de sus victorias, a fin de conseguirlas él mismo, y las de las derrotas, a fin de no experimentarlas». (P. 113-114. Cap. XIV). «Por lo cual, el que, estando al frente de un principado, no descubre el mal en su raíz, ni lo advierte hasta que se manifiesta, no es verdaderamente sabio» (P. 108. Cap. XIII). De ahí que sea tan valiosa la contribución de aquellos capaces de tomar decisiones que favorezcan a la estabilidad del territorio, que contribuyan a la calidad de vida del pueblo, lo que por ende resultará en estabilidad económica y comercial de la nación. El buen gobernante buscará pasar a la historia como alguien justo y generoso, y esto solo será posible con hechos, no con promesas, pero sobre todo, cuando se limite el uso de la fuerza a casos específicos y por órdenes de quien preside. Somos testigos de que el caos, la violencia desbocada, repercute en la imagen del gobernante de turno y sus asesores. En teoría, los líderes ecuánimes e inclinados a favorecer al pueblo no deberán temer a las conspiraciones y los enemigos: «De donde se deduce que un príncipe debe inquietarse poco de las conspiraciones, cuando le manifiesta buena voluntad el pueblo, al paso que si este le es contrario, y le odia, sóbrale motivos para temerlas en cualquier ocasión y de parte de cualquier individuo» (P. 139. Cap. XIX). Pero quizás aquí deberíamos poner en duda, relativizar cuando menos, los consejos de Maquiavelo, quien nunca se imaginó el nivel de connivencia entre los organismos estatales, fuerzas del orden y las organizaciones criminales con presupuestos inconmensurables fruto del tráfico de cocaína.
Publicado originalmente en el portal @AlertaRoja.