«Sancocho western: Tierra de nadie», es una novela por entregas de Andrés Felipe Escovar y Francesco Vitola Rognini. Para una experiencia envolvente, recomendamos acompañar la lectura con esta lista de reproducción.
IV. Sancocho de gallo tuerto
Por Andrés Felipe Escovar
Kokoro yo, cantaba el gallo; Kokoro yo, a la gallina; Kokoroyo, cantaba el gallo a Olegario cuando él era niño y le enseñó a decir yo.
-Yo pecador confieso ante Dios Todopoderoso- Susurraba en la iglesia, con los ojos cerrados, arrodillado, las manos juntas y la cabeza gacha. Ese yo era un aleteo del gallo tuerto que cantó tres veces mientras a Jesús lo negaba un apóstol.
-Quién le corta la cabeza al insurrecto.
– Yo- Olegario tomó su machete; deslizó el filo por el cuello de Victoriano Lorenzo, aún cálido. Manaron sangre encharcada porque el corazón ya no bombeaba, unas capas de piel y de cuero que le evocaron los marranos colgados patas arriba; su abuelo los destazaba en la carnicería.
Al gallo no lo colocaron patas arriba para hacerle una incisión en el cuello por donde se desangraría. Antes de un amanecer no cantó y Olegario fue hasta la cocina: el animal, acurrucado en una esquina, apenas levantó la cabeza para ver al niño, pero no se paró. Luego clavó el pico en el suelo, su respiración tronó y un breve aleteó precedió su quietud. Las plumas, doradas y negras, se humedecieron.
Esa tarde almorzaron un sancocho de gallo tuerto.
-Eso es bueno para las vistas, coma- le ordenó su abuelo, también llamado Olegario, mientras chupaba los huesos que, delgados, estructuraban el cuello del animal cocinado. Al niño le dieron un plato donde reflotaba una de las patas y perniles del animal, además de único ojo que tenía; ahí quedó su yo.
Así como llegó a Panamá, sin reparar en el mar Caribe que lo dejó frente a la ciudad y con la sensación de que siempre tenía una montaña al frente pese a que estuviera en alguna playa, se fue sin detenerse en el oleaje. Ni siquiera lo advirtió cuando, muy cerca de la costa, atisbó al buque Wisconsin donde acordaron una paz que jamás logró entender del todo porque, antes de que les dieran a conocer todo lo acordado, lo enviaron en busca de Lorenzo.
Cuando llegó al poblado, lo hizo con la cabeza de Lorenzo guardada en un costal. La clavó en una asta afincada frente a la inspección de policía. Debajo del rostro, que demudaría en un panal de moscas, pegó un papel donde proclamaba que esa era la suerte que corría todo aquél que traicionara a la Constitución del 86. Aún no clareaba cuando lo hizo.
Kokokoro yo, cantó Lorenzo, clavado como un cristo sin extremidades.
– Yo- le repitió Olegario al policía panameño que lo expulsaba del pueblo, luego de preguntarle si él era el inspector de policía. Una brisa, emanada del último aleteo del gallo tuerto, lo acompañó en las noches que dormitaba en un asiento apoyado en la espalda del que atravesó el Darién con él a cuestas.
Kokoroyo, cantaba el gallo, no tan lejos, por lo que supo que ya estaba cerca del primer pueblo de Colombia. El indio, con ese canto, anunció el fin de su viaje y estiró la mano para pedirle las veinte coscojas que Olegario le adeudaba aún. Olegario le dio ocho y se tomó los bolsillos:
-No tengo más.
El indio abrió los ojos y balbució palabras que limitaban con los gruñidos de los animales. Se le tiró a Olegario, que cayó de espaldas sobre el suelo húmedo de la selva. Tomó de las muñecas delgadas a ese hombre casi animal y este le lanzó un gargajo en la cara.
Kokokoro yo, cantó el gallo.
Olegario lo dio vuelta, sin quitarle las manos de las muñecas; le propinó un cabezazo que hizo germinar una flor sangrienta de la nariz chata del indio. No bastaba con ese primer golpe para que se callara, ni el siguiente ni otro más.
Kokoroyo, cantó el gallo.
Luego fue el ruido de un chapoteo de sangre y un crujir de huesos faciales para desembocar en el mutismo.
Olegario, al ver el cuerpo exangüe del indio, tirado entre lo que ya era un barrizal sanguinolento, advirtió la luz del día. Al cielo entoldado de la selva lo atravesaba el rastro de un humo oscuro cuyo origen era una cocina desde donde un gallo le enseñaba a un niño a decir “yo”. Tomó una rama larga, puntiaguda, sacó el ojo derecho del cadáver y lo puso en su lengua, como una hostia.
En las noches del Darién escuchó a animales que jamás vio y los llamó espantos.
-Yo soy un espanto.
La selva fue un desvarío. Decían que, medio siglo después de la muerte de Olegario, unos cosmonautas entrenaron para ir a la luna. Quienes los tiraron en el Darién suponían que ese tapón era tan peligroso como el satélite y que, en ambos casos, había gruñidos de bestias salvajes, desconocidas, jamás vistas.
Olegario no supo de los extraterrestres, salvo de oídas, por el testimonio que alguien que vino del futuro le dijo en Villa de Leyva, meses después de la travesía al lomo de un indio, pero tuvo presente los gruñidos de animales desconocidos; eran sonámbulos que se colaban en su sueño liviano mientras el indio caminaba y jadeaba.
En los días de travesía por el Darién, algunos pájaros repetían el ruido de los fusiles que dispararon en la última guerra; los loros replicaban las arengas de los batallones y el tiempo retrocedió, al menos, en el miedo y desde el futuro de Olegario.