Plegarias para el combate espiritual cotidiano contra el mal.


Introducción

En diciembre del 2025 comenzaba una nueva etapa en mi vida: había terminado una novela ambiciosa en el que había trabajado 8 años —en la que El Maligno cambiante es protagonista — y planeaba casarme con una buena mujer católica que me sacó de las tinieblas en las que había vivido 40 años. Estaba preparándome para realizar el Sacramento de la Confirmación cuando estalló el escándalo del caso Epstein: una red transnacional de pedófilos caníbales multimillonarios conforman una secta adoradora de Baal y Moloch, demonios antiguos a los que sacrifican personas, menores de edad en su mayoría, a los que también extraen su carne y órganos —incluyendo las glándulas pineales, de las cuales exprimen el adrenocromo, que trafican como cualquier otra sustancia ilícita—. Según quedó expuesto, estas sectas satánicas con recursos económicos ilimitados son tan antiguas como el mundo mismo; Epstein era solo un operador, uno de los tantos mercaderes de carne humana, que aprovechando guerras, y hambrunas creadas por la codicia humana, comercializa el recurso más sagrado: criaturas, algunas extraídas incluso directamente del vientre materno.

Y fue así que un día cualquiera me quedó claro que definitivamente el «Señor de este mundo» impera. De ahí que este sistema sea tan cruel e inhumano: nos gobiernan satánicos caníbales pedófilos multimillonarios que nos tienen por bestias de trabajo, y a nuestros hijos los perciben como terneros. De ahí ese afán porque nos reproduzcamos en masa, la procesadora necesita que siga llegando la materia prima. Nos hemos puesto en sus manos voluntariamente; ellos nos emplean, ellos producen todo lo que consumimos, en sus bancos guardamos nuestro dinero; ellos determinan las reglas de juego, los estatutos educativos, las políticas de estado, las reglas del comercio y del derecho; ellos tergiversan las Sagradas Escrituras para dividir familias, prostituyen el nombre de Cristo para enriquecerse e incitar a la violencia intolerante; a ellos les pagamos los impuestos, y votamos por ellos porque creemos que nos van cuidar. Nos tienen acorralados, y a la mayoría ni le importa que sea así. La mayoría se niegan a ver lo que los documentos de Epstein mostraron, y eso que se conoció solo una ínfima parte, y censurada, además.

Así fue mi vuelta a la fe, sin revelaciones místicas y de la manera menos probable: si hay redes de multimillonarios buscando la gracia del Señor de la Tierra, entonces debe ser cierto que existe también un Señor del Cielo. Estos multimillonarios se enriquecen de las

miserias ajenas a sabiendas de que van al infierno. Por eso sirven al Maligno, le ofrecen prebendas, sacrificios humanos, para ganarse su protección en el más allá. Fue así como El Señor de las Moscas dejó de ser una idea, un mito, un símbolo del mal, para convertirse en algo tangible, una organización criminal.

La mía no fue una conversión dramática como la de Pablo al caer del caballo, ni como la de Agustín al escuchar tolle, lege —«toma, lee»; tras lo cual abriría al azar la Biblia y leería Romanos 13, 13-14— en un jardín de Milán. Durante cuarenta años caminé entre las sombras, convencido de mi ateísmo, y solo ante la evidencia del mal organizado en una secta de satánicos caníbales pedófilos multimillonarios, tuve que volver la mirada a la luz para pedir intervención Divina. Por si fuera poco, este «Misterio Divino» ocurrió mientras comenzaba a tomar notas para escribir Operae Satanea, una novela teológica sobre cómo Satanás juega con las personas destinadas a servir a Dios. Entonces, ante la evidencia del riesgo real que enfrentaba —escribir una novela que denuncia las argucias de la serpiente inmunda; una fuerza sobrenatural real, adorada por sectas ya no tan secretas— decidí construir un compendio de plegarias que funcione como escudo o antídoto, no como un mero amuleto, sino como una herramienta de lucha, de invocación protectora. En el proceso de organizar este compendio descubrí que la vida espiritual es combate real, no metáfora, y que las fuerzas que operan contra el alma requieren herramientas poderosas, plegarias como dardos para lanzar en el instante en que la tentación acecha y la voluntad se adormece. Este compendio no es un devocionario piadoso: es un grimorio de combate, un arsenal compilado por un escritor que llegó tarde a sus propias batallas interiores, desarmado, con la sensación de que ser buena persona era insuficiente. De ahí que el compendio venga en latín —el idioma predilecto por los exorcistas— con traducción al español; con la idea de proporcionar a los fieles un herramienta de comprobada eficacia.

Y aclaro, la oración no hace al santo, pero te coloca ante el hecho de que eres criatura frágil, a merced de fuerzas misteriosas, de que no te hiciste a ti mismo y no puedes salvarte tu solo, por muy buena gente que creas ser. Fecisti nos ad te, Domine, et inquietum est cor nostrum donec requiescat in te. Agustín lo dijo en el siglo V; sigue siendo verdad en el siglo XXI.

Dedico este compendio oratorio, que eventualmente se leerá de manera complementaria a la novela teológica Operae Satanae, a la comunidad agustina de la que hice parte en mi formación básica. Gracias a las bases sólidas que recibí, y que tenía tan interiorizadas, he descubierto que ni siquiera en los años de ateísmo dejé de hacer examen de conciencia de la forma como me lo enseñaron, es decir, que más allá de una simple lista legalista de faltas debemos ver la autenticidad de nuestras intenciones. Además, es gracias a las bases agustinianas que puedo emprender búsquedas intelectuales como esta, en las que fe y razón comparten protagonismo.

Francesco Vitola Rognini
Barranquilla, Colombia. Agosto del 2026.