Toda vacación llega a su fin, y la del primero de septiembre era nuestra última noche en Bogotá. Aquel día era histórico, las FARC dejaban de ser un grupo guerrillero y se integraban a la sociedad civil como partido político. Desde muy temprano en la Plaza de Bolívar se desarrollaba un concierto gratuito organizado por el nuevo partido, en su cartelera incluso figuraban músicos que antes habían exaltado las acciones violentas de sus enemigos, los paramilitares. Era una fiesta para la reconciliación, la primera de muchas que harán falta para que los colombianos sanen sus heridas y aprendan a respetar sus diferencias.

Previendo un episodio de intolerancia criminal, tan habitual en la historia de este país, evité llevar a mi hijo adolescente al evento. La posibilidad de exponerlo a ese riesgo y la certeza de que íbamos a encontrar un denso tráfico vehicular al regreso me desalentó. Sin embargo en el aire flotaba un sentimiento esperanzador. Nunca antes este país conoció tanta tranquilidad, por tanto tiempo. Colombia, cuya bandera exhibe una franja roja mayor a otra franja amarilla y otra azul, por primera vez en la historia dejaba de sangrar a borbotones. La Colombia genocida parecía quedar en el pasado al mismo tiempo que los autores intelectuales de las masacres, los que aún siguen con vida, están siendo investigados, aún a pesar de la corrupción rampante. Los ex combatientes del grupo guerrillero más antiguo de América Latina celebraban públicamente la libertad, el abandono de la manigua, mientras el más obstinado opositor del proceso de paz parecía por fin a punto de caer en el redil de la justicia internacional.

Con todo eso en mente optamos entonces por dedicar el día a caminar, ir al cine, comprar detalles y organizar el equipaje. A eso de las diez de la noche fuimos a cenar a uno de los restaurantes contiguos al parque de la 93. Era una noche agradable de viernes, no hacía demasiado frío y la gente estaba animada, pero sin estridencias, a excepción de la chiva rumbera que cada tanto pasaba cargada de borrachos. Nos ubicaron en una mesa angosta para dos personas, junto a una pareja de jóvenes emprendedores que no dejaban de hablar de cómo ganar músculo y perder grasa corporal. El hombre no podía evitar ocultar la emoción al referir sus éxitos económicos en sus múltiples empresas. Ella columpiaba su cola de caballo teñida de rubio, casi blanco, al tiempo que asentía a las retóricos «¿Me comprendés?» del tipo con acento paisa. La mujer movía los pies con impaciencia. Como estaban a menos de un metro de distancia me estaban dañando la deliciosa experiencia gastronómica. Traté de explicárselo a mi hijo pero él no hacía más que hablar de Pop Coreano, así que no comprendió mi incomodidad. Aceleré el proceso de masticación y terminé  justo cuando la pareja se levantó y fueron al baño a empolvarse la nariz, en lo que pareció el último acto. En cuanto se perdieron de vista dos meseros cambiaron el orden de las mesas y juntaron la que estaba siendo ocupada por la pareja con otras tres. Cuando los charlatanes regresaron del baño, pidieron explicaciones y los reubicaron un poco más cerca de la puerta. Respiré aliviado, por lo menos la digestión sería tranquila. Justo en ese momento, mientras disfrutaba del silencio, vi entrar a una comitiva de lo más heterogénea. Normalmente los que vienen a estos sitios siguen un protocolo, generalmente ligado al arribismo, la indiferencia y la pedantería: se visten con ropa importada, andan una actitud altiva, con mandíbula levantada, miran por encima del hombro y cuando encuentran a alguien conocido no pueden ocultar la hipocresía. Por eso la comitiva que llegó desentonaba, no conocían estos códigos tácitos implantados por mestizos con ínfulas de arios. Entraron en silencio, mirando disimuladamente el lugar y los platos de los comensales. Alguno podría pensar que era timidez o vergüenza, pero yo lo interpreté como si para ellos aquello fuera una experiencia nueva. La primera persona que ingresó, la de más edad, no desentonaba, su bigote recortado y recién afeitado y su blazer café le daban un aspecto de líder. Los que le siguieron, sin embargo, parecían vestidos con ropas prestadas. Las mujeres iban pulcramente vestidas, sobrias e informales, todas con pantalones de mezclilla, sin los aspavientos tradicionales de la mujer urbana, sin pintura de guerra, sin tratamientos capilares de última generación. La mujer más joven tenía rasgos indígenas, corta estatura, cabello negro liso, ojos achinados, piel cobriza; veía todo como asistiendo a un circo. El hombre más joven, media alrededor de un metro ochenta, lucía hombros anchos y una postura rígida propia de un ex combatiente que ha cargado toda su vida adulta un fusil y un maletín. Todo buen periodista sabe reconocer una corazonada o lo que el olfato periodístico le dicta, especialmente cuando se manifiesta en forma de estímulo adrenalínico: manos sudorosas, pupilas dilatadas, aumento del ritmo cardíaco. Estaba aún procesando los indicios para corroborar la hipótesis cuando entraron tres escoltas, aseguraron la zona y se retiraron; sus caras hablaban de lo impronunciable. Los vehículos todo terreno que esperaban afuera del local  y las escoltas policiales que dejaron las luces de emergencias encendidas nos sacaron de dudas. Todos los presentes comprendimos lo que ocurría, sobre todo cuando vimos los botones con el emblema del nuevo partido, una rosa roja.

Los parlanchines a los que habían cambiado de mesa estaban mudos. Los que ocupaban la mesa detrás de mi hijo, un par de hermanos al parecer, que hasta ese momento habían mantenido una conversación entre murmullos, permanecieron boquiabiertos. No podían quitarles los ojos de encima a los ex combatientes, de la misma forma que lo haría un par de homofóbicos al ver a dos homosexuales besarse con lengua. Los hermanos despedían furia por los ojos, uno de ellos abandonó el lugar intempestivamente, el otro comenzó a teclear en su teléfono como su vida dependiera de ello.

Mi lado anarquista disfrutó aquella tensión, las caras desencajadas de los arrogantes de la ultra derecha, el silencio de los prepotentes no es común en este país. Pero también comprendí que aquella era una de esas situaciones peligrosas que hay que evitar en Colombia, cuya historia patria está repleta de masacres, fuego cruzado, víctimas inocentes a manos de fuerzas oscuras financiadas por «pro hombres», grandes empresarios y «gente de bien». Antes de pedir la cuenta y sin poder evitar intervenir en esta situación única e irrepetible me acerqué a una de las mujeres que estaba sentada a un metro de distancia: «Quiero felicitarlos por dejar las armas y también darles las gracias por renovar la esperanza de este país. Están haciendo lo correcto al reintegrarse a la sociedad civil. Bienvenidos… También quiero decirles que me parece excelente que vengan a sitios como este, ver la cara que ponen los intolerantes y prepotentes no tiene precio. Aquel, por ejemplo, no ha dejado de teclear como desde que llegaron.»

Sobra decir que no dijeron nada. Sonreí a todos los de su mesa que me miraron un tanto preocupados e incómodos por la intromisión. Los botones con la rosa roja del nuevo partido eran pequeños, pero de un magnetismo, de un simbolismo inquietante. Pensé en ello al tiempo que analizaba los rostros del resto de los comensales del establecimiento que  en cuestión de segundo se había transformado en un museo de cera.

Intenté explicarle a mi hijo quienes eran. El preguntó si eran famosos y yo le respondí en voz alta, de tal forma que los ex combatientes se sintieran bienvenidos: «No son famosos, son héroes, dejaron las armas para ofrecerle a los jóvenes de este país la posibilidad de un futuro en paz».

Intenté mantener bajo control el ímpetu producido por la adrenalina. En cuestión de milésimas de segundo consideré lo interesante que hubiese sido poder entrevistarlos, interactuar con ellos y escuchar de primera mano sus historias, sin la contaminación sectaria de las empresas de comunicación al servicio de los conglomerados económicos. En medio de aquel torrente de ideas y emociones pedí la cuenta, pagué y cuando iba por la esquina, pensando en este texto, noté que había dejado mí apéndice, el maletín con libros y anotaciones que nunca dejo olvidado en ningún lado. Regresé un poco apenado por esta falta de principiante, y sin mirar de nuevo a los políticos de las rosas rojas, solicité mi maletín y regresamos por donde vinimos.