El 2 de octubre de 2016 los colombianos votaron en un plebiscito para decidir si aprobaban o desaprobaban la firma del acuerdo de paz con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La mayoría se opuso, con un 50.21%, frente al 49.78% de los que votaron afirmativamente. La «guerra total»[1] de la ultra derecha incluyó una campaña de terror psicológico y desinformación que aprovechó los sistemas informáticos (Bots, FakeNews y cadenas de Whatsapp) para manipular las pasiones de los votantes, contradiciendo la lógica de quienes aconsejan: «Las estrategias de comunicación social son esenciales para evitar o reducir el miedo y la aflicción de la población. Debe asesorarse y recomendar a los líderes y autoridades del gobierno y la sociedad para que actúen, mediante sus declaraciones públicas, transmitiendo calma y reduciendo el temor y la incertidumbre.»[2] A pesar del sabotaje los resultados se dieron en un margen apretado, lo que puede interpretarse como un creciente hastío por parte de los cada vez más numerosos colombianos pacifistas.
Tras la simbólica derrota del «Sí a la paz», el entonces presidente, Juan Manuel Santos, siguió adelante con la firma del acuerdo de paz, logrando la desmovilización efectiva de uno de los ejércitos revolucionarios más antiguos de Latinoamérica. La decisión, en contravía a la voluntad popular, se tomó luego de conocerse las tácticas manipuladoras del líder de la campaña del «No», Juan Carlos Vélez, quien al ser entrevistado por diario El Colombiano confesó que la clave del éxito había sido lograr que «la gente saliera a votar verraca»[3]. Entonces, nos preguntamos, si « […] la democracia “se funda en el mutuo respeto por (…) oposición al sistema de manipulación de las relaciones y es un espacio de identidad donde se pueden cometer errores, por tanto no se funda ni se apoya en la mentira” »[4], ¿cómo deberíamos llamar a la forma de hacer política que predomina en Colombia?
La voluntad pacifista de Santos permitió al país disfrutar de varios años de paz, salvando en el proceso la vida de miles de bachilleres que obligatoriamente deben prestar el servicio militar. Nunca en la historia de Colombia las cifras de soldados y policías muertos habían sido tan bajas. El merecido Nobel de Paz otorgado a Santos significó el apoyo internacional al proceso que tantos colombianos aún desprecian. Tras la firma del acuerdo, Colombia dejó de ocupar los medios internacionales con titulares de terrorismo y masacres, en cambio, se multiplicó el optimismo. La delicada armonía permitió a las fuerzas del Estado volver a los territorios antes dominados por las FARC, y el pueblo colombiano pudo respirar aires de esperanza bajo la ominosa sombra de Nueva Violencia[5], que no duró mucho en reactivarse. Fue una sensación similar a la que se experimenta con las treguas que ofrecen las guerrillas durante las fechas navideñas y las jornadas de votación, o como la que se vivió durante el período que siguió a la muerte de Pablo Escobar y a la captura de los cabecillas del cartel de Cali. Y tal como ocurrió en ese entonces, los paramilitares[6], supuestamente desmovilizados, no tardaron en reaparecer. En Colombia no hay nada más vapuleado que la armonía y paz. Sólo hizo falta que Santos terminara su mandato para que la tranquilidad fuera de nuevo reemplazada por el omnipotente terrorismo narco paramilitar.
Ante condiciones históricas tan dramáticas y complejas es difícil no leer síntomas de enfermedad mental y degradación social: guerra pirotécnica durante navidad, tiros al aire durante el día de la Virgen del Carmen, borrachos que arruinan la armonía del vecindario con su música estridente durante los fines de semana, represión a las libertades individuales, condenas ridículas para los militares responsables de los «falsos positivos», interceptación electrónica de periodistas y el acoso a la prensa independiente[7], censura en las salas de cine, corrupción rampante en las altas esferas del Estado, fanatismo religioso[8] y político, sobornos multimillonarios de magnates locales y extranjeros, impunidad para criminales de cuello blanco, puentes que se caen sin ser estrenados, represas que se construyen para inundar pueblos masacrados —y que luego amenazan con desplomarse—, túneles que se inauguran sin ser terminados, exaltación del paramilitarismo[9], el rechazo a la paz[10], sadismo desvergonzado disfrazado de «arte taurino», psicópatas en puestos de gerencia, sádicos en las juntas directivas de instituciones académicas, cínicos en el Senado, crímenes sexuales contra mujeres, niñas y homosexuales, ataques con ácido sulfúrico, descuartizamientos y decapitaciones que nunca se investigan. Recordemos que la perpetración de actos de lesa humanidad o terrorismo, sería, en palabras de Ignacio Martín Baró « […] la consecuencia de una mala resolución del complejo de Edipo, es decir, el rechazo del peso de la ley del Estado, en pos de la no-renuncia a una naturaleza agresiva, por lo que la persona o grupo buscaría un tipo de “satisfacción narcisista de naturaleza sádica y violenta, cuyo fin último supone la negación y destrucción de los otros” »[11]. En un país con estas características todos hemos sido víctimas alguna vez, y no hace falta mucho para deprimirse, caer en el alcoholismo, sentir ansiedad, estrés, desarrollar desórdenes alimenticios o emocionales. No es una opinión, es un hecho documentado: « […] tipos de violencia —auto infligida, interpersonal y colectiva— repercuten en las personas y su cultura. Hay desconfianza, dificultades con la empatía, con manifestaciones afectivas, en el reconocimiento del otro y con las emociones, que es necesario intervenir. Entre los problemas que suscita la violencia están rasgos de tipo depresivo, ansioso, dificultades en el sueño, de personalidad, consumo de alcohol y sustancias ilícitas. Muchas alteraciones mentales medidas se asocian con estrés postraumático, trastornos afectivos, ansiosos y abuso de sustancias psicoactivas»[12]. Las huellas de la degradación social y psicológica son evidentes en las noticias, los diarios y en la convivencia cotidiana. Sin embargo, para algunos es un fenómeno que la habituación invisibiliza. Lo que podría explicar, pero no justificar, la ausencia de campañas estatales de prevención contra la epidemia de violencia que los populistas venden como la cura a todos los males. Preocupa, sobre todo, la indiferencia del Estado frente a la precaria calidad de vida y la salud mental del pueblo colombiano. En este país atacan y asesinan, de las formas más cruentas, a cientos de personas cada año, y aun así, está catalogado como uno de los países más felices del mundo. Esta contradicción debería ser suficiente para querer profundizar en el asunto. Si, como afirma Saúl Franco, «la violencia es el primer problema de salud pública de Colombia»[13], ¿por qué la Espiral del Silencio en torno al problema de salud mental colectiva asociada al conflicto armado? ¿Por qué si en Internet podemos encontrar un sinnúmero de investigaciones sobre el tema, el Ministerio de Salud no toma cartas en el asunto?, ¿Por qué los medios masivos no reproducen los resultados de esas investigaciones?
De estas condiciones particulares nace la necesidad de conocer cuáles son las psicopatologías asociadas al conflicto armado colombiano.
Patologías habituales entre combatientes
En el artículo «La Guerra como desastre. Sus consecuencias psicológicas»[14] encontramos un listado de las patologías más habituales entre los actores armados de diversos conflictos armados:
«Síndrome del sobreviviente», posteriormente llamado Trastorno por Estrés Postraumático. Se siente indefensión ante las vivencias de angustia y temor que se reiteran en los sueños y el recuerdo, sentimientos de culpa por sobrevivir, de fracaso vital, de desesperanza, de reticencia a las relaciones humanas, y una actitud básica de desconfianza.
«Trastornos de Frustración y Soledad» Los trastornos de frustración y soledad, también conocidos clásicamente como Nostalgia del Soldado son propios de situaciones de combate de baja intensidad (combate breve e infrecuente) y de rara presentación en el combate de alta intensidad (guerra NBQ o convencional con combate continuo o enfrentamientos muy frecuentes sin apenas períodos de descanso). Situación habitual en las tropas de apoyo y servicios, ubicada en las zonas de retaguardia, dónde el estrés psicológico se encuentra relacionado con la separación de los seres queridos, el aburrimiento, la baja autoestima, la falta de cohesión grupal y de apoyo social, más que con la lucha y el combate activo.
En relación a las víctimas del conflicto, la clasificación de patologías es más amplia y compleja, ya que la sintomatología se presenta al final de un viacrucis: «Las experiencias traumáticas reportadas incluyen: aislamiento, daño o lesión física, tortura, abuso sexual, encarcelamiento y secuestro, separación forzada de seres queridos, vivencia de muertes, vivencia de hechos de guerra, etc.»[15]. Antes de poder definir sus psicopatologías hay que determinar las huellas física y problemas de salud más de los afectados, lo que representa un reto colosal teniendo en cuenta la dimensión, los alcances del conflicto colombiano, y desconfianza generalizada entre las víctimas: «Uno de los primeros signos o síntomas psicológicos en la población desplazada es el miedo caracterizado por la inhibición en la expresión de sentimientos, la desconfianza, la indefensión y la evitación de todo lo relacionado con su pasado. Esto está igualmente relacionado con una dificultad para proyectarse en el futuro, la sensación de auto-abandono y los problemas para re-articularse dentro de un tejido social»[16]. Teniendo en cuenta que los traumas psicológicos son una de las principales causas para el desarrollo de psicopatologías, y en vista que tanto la violencia sexual como el desplazamiento forzado pueden ser consideradas formas de tortura, lo primero es comprender lo que se entiende por tal: «La tortura sistemática puede dirigirse en las formas físicas y psicológicas, normalmente se realizan al mismo tiempo, teniendo como objetivo la destrucción duradera del bienestar físico y psicológico de la víctima.»[17]. Por ello, es vital divulgar los resultados de los « […] estudios psicológicos de sobrevivientes de tortura en el Centro de Rehabilitación e Investigación para las Víctimas de la Tortura (RCT) [que] han revelado los síntomas más frecuentes: ansiedad, depresión, personalidad cambiada, pesadillas frecuentes sobre la prisión y tortura, y dificultad para recordar y concentrarse. Fatiga, dolor de cabeza y perturbaciones sexuales también son comunes»[18]. En esa misma línea de ideas, el estudio «Investigaciones y comprensiones del conflicto armado en Colombia. Salud mental y familia»[19] encontró que en el « […] eje de salud mental se observan estudios de perfiles epidemiológicos de síntomas y traumatismo psíquico. En especial puntúan el cuadro de estrés postraumático (TEPT), trastornos del estado de ánimo, ansiedad y trastornos de alimentación, con prevalencia en el género masculino del consumo de sustancias psicoactivas.» Así mismo, en el artículo «Prevalencia de síntomas, posibles casos y trastornos mentales en víctimas del conflicto armado interno en situación de desplazamiento en Colombia: una revisión sistemática»[20] se presentan datos que soportan los resultados antes mencionados: « […] se observó que el 9% de los participantes presentaron trastorno de estrés postraumático (TEPT); el 5%, trastorno depresivo mayor y el 4% trastorno de ansiedad generalizada. La segunda revisión más reciente resumió los hallazgos de 161 estudios en los que participaron personas expuestas a conflictos armados y desplazamiento de 40 países, y se observaron prevalencias del 30,6% de TEPT y el 30,8% de trastorno depresivo mayor».
La psicopatología que encabeza las tablas epidemiológicas de los artículos estudiados[21] —tanto en relación a combatientes y víctimas civiles del conflicto armado de Colombia— es «El Trastorno por Estrés Post-Traumático (TEPT)» que ha sido« […] definido con base en cuatro síntomas principales: 1) re-experimentación de recuerdos dolorosos, 2) evitación vigorosa de las señales del trauma, 3) adormecimiento emocional, y 4) hiperactivación».[22] El cuadro sintomático del TEPT incluye: « […] recuerdos e imágenes intrusivas sobre acontecimientos violentos, pensamientos recurrentes que producen malestar, pesadillas, respuestas de sobresalto, ansiedad, sensación de desapego y un futuro desolador se identifican con el nombre de trastorno por estrés post-traumático. Estos pueden durar algunos meses o toda la vida y producir una total disfuncionalidad en quienes los padecen».[23]
Son evidencias concluyentes: las huellas que el conflicto deja en la salud mental de los colombianos son profundas. La envejecida democracia colombiana parece incapaz de ofrecer las condiciones necesarias para el desarrollo integral de las futuras generaciones. Mientras que el presidente Duque parece desconcertado ante esta nueva Era de Violencia[24], los belicistas[25] marchan narcotizados por los tambores de guerra y exigen el reinicio del vampírico conflicto que se nutre de jóvenes soldados. Habría que hacer cambios si deseamos que Colombia retome el rumbo, pero la falta de voluntad política nos advierte que el reto histórico quedará en manos de los ciudadanos libres.
[1] «La teoría y la práctica de la “guerra total” liquida la distinción entre combatientes y civiles, entre instalaciones militares y civiles, entre infraestructura militar y sistemas de transporte civil, entre lo sagrado y lo profano.» Peña Galbán, Espíndola Artola, Cardoso Hernández, Gonzáles Hidalgo. 2007 P. 3.
[2] Rodríguez, De la Torre, Miranda. 2002. 22: 344.
[3] Diario El Colombiano. Entrevista a Juan Carlos Vélez. “Estábamos buscando que la gente saliera a votar verraca”. 6 de octubre de 2016.
[4] Andrade Salazar, 2011; 7 (20): 139.
[5] « […] la última década había costado 230.000 vidas que excedían las de “La Violencia” de la década de los 50 y de la “Nueva Violencia” de la década de los 80, debido al terror de los carteles de la droga.» Wallerstein. 2000; 18 (2): Pp. 103.
[6] «En el período comprendido entre 2002 y 2004, Colombia se convirtió en un laboratorio de geopolítica bélica: aproximadamente doscientas cincuenta mil personas por año era expulsadas de sus lugares de residencia. Este gigantesco éxodo forzoso interno revelaba el intento de los paramilitares por retomar zonas dominadas tradicionalmente por las guerrillas.» Salcedo Fidalgo. 2008; 44 (2). Pp. 311.
[7] «Las investigaciones sobre el tema han demostrado, a nivel político, que la autonomía periodística se deteriora en regímenes políticos autoritarios y se eleva en países con sistemas políticos abiertos con mercados de medios más estables y diversos» Garcés Prettel, Arroyave Cabrera. 2015. P. 3.
[8] «El uso de estrategias de afrontamiento como la religión, la evitación emocional, la agresión, la negación y la falta de autonomía incrementan la presentación de ansiedad-depresión.» Hewitt Ramírez, Juárez, Parada Baños. 2016; 25: 137.
[9] «Estas estructuras ideológicas le permitirían a los integrantes de estas organizaciones, en nombre de los fines supuestamente altruistas de la agrupación, utilizar los más cruentos y despiadados mecanismos de aniquilación del otro que saben o suponen enemigo, estando justificados y legitimados por el corpus doctrinario que los rige.» Bettin Osorio. 2016; 1: 95.
[10] « […] los subscriptores del Manifiesto [de Sevilla] concluyen que la guerra es finalmente, una invención humana, por supuesto contextualizable en la historia y la cultura de las sociedades y que, como tal, puede dar lugar a la invención de su contrario, es decir, de una paz duradera.» Muñoz-Delgado. 2010; 33 (5): 2.
11 Citado por Andrade Salazar. 2011; 7 (20): 126.
[12] Salazar Gómez. 2016. P. 1
[13] Palabras pronunciadas en la inauguración de la Conferencia sobre Salud Pública y Violencia dictada en Bogotá, en 1997. Citada por Wallerstein. 2000; 18 (2): 2.
[14] Peña Galbán, Espíndola Artola, Cardoso Hernández, Gonzáles Hidalgo. 2007; 7 (3): 6, 7.
[15] Alejo, Rueda, Ortega, Orozco. 2007; 6 (3). Pp. 625.
[16] Alejo, Rueda, Ortega, Orozco. 2007; 6 (3). Pp. 624-625.
[17] Domínguez Trejo, Santiago Mariscal, García-López. 2014. Pp. 762.
[18] Domínguez Trejo, Santiago Mariscal, García-López. 2014. Pp. 763.
[19] Vanegas Luque, R., Gutiérrez Velasco, A., y Caicedo Cardeñosa, M. F. 2017; 16 (3). Pp. 6.
[20] Campo Arias, Celina Oviedo, Herazo. 2014; 43 (4); p. 178.
[21] Ver bibliografía.
[22] Domínguez Trejo, Santiago Mariscal, García-López. 2014. Pp. 764.
[23] Alejo, Rueda, Ortega, Orozco. 2007; 6 (3); p. 625.
[24] «Moser (2011: 30-51) propone distinguir entre tres categorías de violencia: económica, política y social que se manifiesta en diferentes escalas: individual, interpersonal, comunitaria y estructural que están atravesadas por sesgos de género que conforman los modos en que mujeres y hombres se hallan implicado y experimentan la violencia.» Citado por Mut Montalvá. 2017. P. 57.
[25] «Para Bandura (1994, 2015), los seres humanos no ejecutan comportamientos criminales, hasta no habérselos justificado moralmente. Este autor denomina como desconexión moral este proceso de reconstrucción cognoscitiva, en el cual se reinterpreta el acto y el valor de matar para que este pueda realizarse deliberadamente.» Bettin Osorio. 2016; 1: 94.
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