Millones de colombianos se han desentendido de un hecho evidente: la democracia ha sido secuestrada por mafias, bancos y conglomerados económicos. Y mientras el país se hunde en el mas profundo atraso político, económico y social, los mafiosos enquistados en las tres ramas del poder aprovechan del ambiente caótico de la pandemia para intentar liberar presos políticos,  para desviar investigaciones contra narcotraficantes, para redoblar las campañas de espionaje , acoso, intimidación y amenazas contra líderes de la oposición, periodistas independientes, líderes sociales, ambientalistas y defensores de derechos humanos.

Es imposible no ver los paralelos entre los organismos estatales y las “Águilas negras”, fuerzas paramilitares con vocación de buitre, acostumbradas a volar en círculo sobre su presa, siguiéndola, vigilándola hasta que el agotamiento, el hambre y la sed les hagan darse por vencida. ¿Si el paramilitarismo pervirtió la democracia colombiana, la banca y las fuerzas militares, no deberíamos renombrar el país? Colombia no puede ser considerada una democracia mientras el dinero del narcotráfico financie campañas, compre millones de votos y manipule resultado electorales, no podemos considerarla una república cuando el poder siga en manos de una minoría que se hace cada vez más rica a costilla de los mas pobres y de los que cumplimos puntualmente con el pago de nuestros impuestos. Entonces, si no es una democracia ni una república, ¿somos un narco-estado? Un país controlado por mafiosos que dictan a los jueces y magistrados lo que se debe o no investigar, a quién se debe apresar y a quién liberar.

Y mientras el bully del norte envía tropas y armas —apegados aún a la doctrina de la Escuela de las Américas que validó a los grupos de autodefensas— se hacen de la vista gorda cuando se enteran de lo que se está haciendo con el dinero de su Plan Colombia. Porque acá, en medio de la cuarentena hacen fiesta los lavadores de activos, los narcos mexicanos, los mafiosos colombianos y sus perros guardianes. Miserablemente, eso sí, encerrados por el COVID-19, que ha logrado lo que los corruptos jueces no han podido: encerrar a la clase política ladrona y criminal que se alimenta del erario público y del dinero del narcotráfico. 

Es una tragedia —y no ser rutinaria lo es menos— que este pedazo de paraíso al norte de Suramérica sea la fosa común más grande del hemisferio occidental. ¿A qué poder superior se le puede pedir ayuda, si Jesús fue secuestrado por la demagogia guerrista vomitada por los fanáticos religiosos, la Virgen es rehén del pensamiento mágico de los narcos, y a Dios lo creen propiedad exclusiva de las fuerzas militares? Porque en Colombia hasta los símbolos religiosos han sido deshumanizados, convirtiéndolos en herramientas de control social, político y militar.

¿Debemos esperar milagros del codicioso, inmaduro e inseguro gigante del norte, que ha desestabilizado la región desde los tiempos en que Nueva Granada era territorio Español? ¿Habrá que recurrir a la Corte Penal Internacional a la que no le prestan atención los jueces y magistrados colombianos al servicio del narcotráfico? ¿Servirá de algo solicitar a la Unión Europea se involucre —no solo en labores humanitarias y de explotación de recursos naturales— y prohiba la venta de armas a este país gobernado por criminales afines al fascismo que arruinó a Europa hace casi un siglo?

En conclusión: es claro que los ultra-colombianos le regalan la soberanía a los gringos, con tal de que no extraditen al capo de capos, y que los pobres que vendieron su voto para poder comer el día de elecciones aún no logran comprender la magnitud de haber tomado esa decisión.

Vivimos en un país de corruptos, para corruptos. Un país vigilado por buitres que sobrevuelan en círculo esperando a que sus víctimas se agoten y se rindan.  ¿Hasta cuándo durará esta horrible noche que el himno nacional vende como asunto del pasado?