Estado Unidos está al borde de la guerra civil. El abuso policial contra un ciudadano afroamericano en medio de las tensiones generadas por la pandemia parece ser la gota que rebasó la copa. La respuesta del irlandés con peluquín: toque de queda, sostener un libro negro en la mano, frente a una iglesia y amenazar con soltarles a los uniformados con los que aterrorizan a las naciones de ultramar.
En un país sin sindicatos como Estados Unidos los trabajadores son vistos como un mal necesario, desde esa perspectiva los ciudadanos son poco más que cifras a las que cobrarles impuestos. En esas condiciones, sin sindicatos, sin incrementos de sueldo mínimo, los gringos —»americanos» se dicen ellos—, se ven en la necesidad de esclavizarse con dos o mas trabajo mal pagos para poder llegar a fin de mes. Cuando vives una farsa sólo hace falta un empujón para que se desate el caos en tu vida. Cayó el telón y ahora vemos la verdadera cara del único país del mundo que no celebra el día de los trabajadores el primero de mayo.
Mientras eso ocurre al norte del continente, al sur, en un rincón de Sudamerica, un país arrodillado al Tío Sam, reprimir a sangre y fuego la protesta social, y durante las marchas y manifestaciones los agentes del orden perfilan a los que no vayan encapuchados para luego hacerles una visita personalizada. Si nos guiásemos por lo que dicen los medios de comunicación al servicio de los grupos económicos colombianos, que posan de ser políticamente correctos, democráticos, objetivos, moderados, aquellas marchas por los derechos de los afrodescendientes son válidas y las de acá por los derechos de los líderes sociales, defensores de derechos humanos y otras víctimas de la guerra, son repudiables. Allá saquean negocios de barrios enteros, incendian patrullas, destruyen señales de tránsito y paraderos de autobuses, acá pintan unos grafitis con errores de ortografía, y aún así, tienen el cinismo de tildar de vándalos a los colombianos desesperados por la guerra, la desigualdad social y el clima permanente de violencia que viola sus derechos. Pareciera que en Colombia las únicas aglomeraciones permitidas son los partidos de futbol, los Black weekends y los festivales musicales. Pan y circo.
Es la hipocresía propia de dos regímenes que sin ser democracias presumen de serlo, dos nacionales que en vez de velar por generar un clima de paz, de proporcionar unas mejores condiciones de vida a la mayoría de sus habitantes, los trata como desagradecidos, como delincuentes, como un dolor de cabeza que debe ser erradicado, silenciado.
No permita que esta inestabilidad se preste para equívocos, el otro irlandés del elegido con ayuda de la Mafia –Kennedy fue el primero–, está utilizando el caos de su país para embarcarse en un nuevo conflicto internacional, con el que pretende hacerse reelegir. ¿Se está gestando una segunda Operación Mangosta? Todo parece indicar que siguen el mismo modus operandi de aquella operación ideada en 1961 por la CIA y la Cosa Nostra para invadir Cuba y retomar el control de los casinos y otros negocios constituidos con el dinero del crimen organizado. La diferencia es que en este caso los mafiosos que pondrán la fuerza bruta son los carteles colombianos y mexicanos.
El nada original proyecto consiste en desestabilizar a un régimen comunista para establecer un país de burdeles y casinos administrado por los promotores del vicio y el consumo desaforado. La idea no es novedosa, sobre todo para un país como Colombia, donde el sueño americano de las clínicas estéticas, la explotación de recursos naturales no renovables, el turismo y el vicio generan los mayores dividendos.
¿Esa es la capacitación que vinieron a dictar los soldados gringos? ¿Planean otra de sus famosas intervenciones militares para hacerse con el control de las reservas petrolíferas? ¿Tienen pensado otro lindo paraíso fiscal como el que le permitieron construir a Noriega en Panamá? o ¿desean edificar otra luminosa ciudad en medio del desierto fronterizo entre Colombia y Venezuela, a la imagen y semejanza de Las Vegas?