No todos están sufriendo penalidades económicas durante la pandemia ocasionada por el Covid-19, algunos están sacando grandes dividendos. En otros casos, que no analizaremos aquí, muchos violan la cuarentena — al 5 de junio eran 5.403 casos confirmados en el Atlántico– para salir a trabajar diariamente, ya que dependen de lo que producen cada día. Con esa actitud desafiante ha quedado en evidencia la falta de solidaridad y el poco interés en el bienestar de la comunidad, en un departamento que habitualmente presume de ser una «gozadera total». Para corroborar esta falta de todo, de «valevergüismo», como se lo denomina coloquialmente, basta ver la cantidad de gente que sigue haciendo vida social en las esquinas de los barrios, muchos sin siquiera usar mascarillas. En el grupo de los «rebuscadores», como se llaman a sí mismos, están los vendedores de productos perecederos, frutas y pescado principalmente, que usan megáfonos con la intención de sacar a los vecinos del encierro para que les compren los productos ofrecidos sin las mínimas normas de higiene.
En medio de esta situación, sin embargo, son diez los negocios o líneas comerciales que no han dejado de facturar legalmente durante estos tres meses de confinamiento:
- Farmacias: Los multivitamínicos, el alcohol y las mascarillas se han convertido productos de primera necesidad, consumidos en masa sobre todo durante el primer mes de la cuarentena, en los que era imposible hacerse con una mascarilla o con una botella de alcohol o gel antibacterial, hoy, luego de tres meses de confinamiento, es posible encontrarlos, pero a precios elevados. Actualmente, una botella de gel antibacterial de 700cc vale lo mismo que una botella de ron o aguardiente de 700cc. Productos antigripales, antibióticos y paños húmedos son otros de los productos ofrecidos con mayor frecuencia en las publicidades de las diversas farmacias.
- Equipos sanitarios: respiradores, alfombras para desinfectar zapatos, viseras plásticas, guantes quirúrgicos, mascarillas industriales, son algunos de los productos con cuya venta sobreviven algunos comerciantes. En los semáforos los revendedores ofrecen todo tipo de soluciones desinfectantes y mascarillas, según dicen, son productos confiables y estériles, algo difícil de cree, y aún menos, de comprobar.
- Supermercados: salvo algún fin de semana que se les restringió el funcionamiento, el resto de la cuarentena —que entra en el tercer mes— han funcionado con normalidad, eso sí, aplicando unos protocolos estrictos de higiene, de distancia social y de horarios, según el grupo de edad al que pertenezca el comprador. Los supermercados se ha convertido en oasis de vida social con todas las medidas de higiene, lo que no sólo ha permitido que vayamos de compras a surtirnos de productos sino que también hemos podido atisbar como será la vida de aquí en adelante: la nueva normalidad.
- Domicilios: este servicio es uno de los pocos que no ha visto ningún control, de hecho, por el número de infectados en municipio aledaños a las capitales del departamento –en solo tres municipios del Atlántico hay casi tantos infectados como en el resto del departamento, incluyendo su capital, Barranquilla– se ha comenzado a especular que los motoristas que llevan domicilios sería los responsables o vectores de contagio, dado las distancias que recorren, el número de personas y de billetes con los que entran en contacto, y debido a las nulas medidas de higiene que se aplican antes y después de cada entrega.
- Servicios funerarios: por obvias razones este ha sido uno de los negocios con mayor movimiento, aunque también hay que decir que a un precio altísimo de riesgo para los profesionales de esta rama. Sin embargo, a pesar de lo boyante que está el mercado de los difuntos, los servicios funerarios han resultado insuficientes, en algunos municipios y ciudades se ha denunciado acumulación de cadáveres en las morgues. Cadáveres que nadie reclama, y si nadie los reclama nadie paga las facturas, lo que acrecienta el problema, porque sepultar a un difunto no es particularmente barato, y por tanto no lo van a hacer gratuitamente. Quizás en las próximas semanas veamos soluciones similares a las que han debito tomar en Ecuador, Nueva York y Brasil, donde han tenido que recurrir a sepulturas colectivas.
- Tiendas con servicio Drive Thru: aunque Colombia es hijo negado de Estados Unidos —entiéndase bien, algunos desean que Colombia sea otro estado de Estados Unidos, uno muy tropical, como Puerto Rico o Florida— los Drive Thru, símbolo de la automatización e independencia del gringo siempre afanado, no se han puesto muy de moda en Colombia. Las únicas excepciones son los servicios que ofrecen las multinacionales de hamburguesas y donas. y venden a montones durante la pandemia, porque hay que reconocerlo, el Drive Thru es uno de los grandes inventos gringos, junto con la goma de mascar, el Rock and Roll y los zapatos deportivos.
- Políticos corruptos: los especialistas en pescar en río revuelto están haciendo fiesta, gobernando por decreto, abusando del poder, haciéndose ricos y ayudando a sus amiguitos de dudosa moral. Si existe un infierno, con seguridad habrá un rincón dedicado exclusivamente a los que se están enriqueciendo a través de los poderes excepcionales que les ha proporcionado el estado de excepción o estado de emergencia sanitaria. Y sí, la política es una línea comercial. Sobre todo, la de los corruptos sin escrúpulos.
- Casas de empeño: tres meses en confinamiento afectan el bolsillo cualquiera, tres meses en los que no se ha facturado nada pero se ha tenido que consumir más: en el encierro, con la preocupación y la ansiedad, se gasta más agua, más luz, más gas, se come más. A eso hay que sumar el hecho de que hay que seguir pagando las cuotas de la tarjeta de crédito, los impuestos prediales, y en los próximos meses, los impuestos a la renta. Por ello, muchos se han visto en la necesidad de empeñar sus electrodomésticos, joyas, y hasta sus vehículos, y las casas de empeño han sabido aprovecharlo.
- Bancos: los grandes beneficiados de este confinamiento, o esta condena de casa por cárcel, como lo han comenzado a llamar algunos. No solo no han dejado de funcionar sus oficinas, sino que han visto un auge en las transacciones electrónicas. Como si esto fuera poco el gobierno ha destinado un presupuesto para ayudar a este sector de la economía, mientras a la gente de a pié solo le han ofrecido tres días sin IVA. Además, se cobran una comisión por las transacciones que realiza el gobierno para ayudar a la pequeña industria.
- Entidades prestadoras de salud: los enfermos buscan al médico, aunque no todos los enfermos comprenden que el COVID-19 es mucho mas que un resfriado. A primera instancia pueda pensarse que las entidades prestadoras de salud están saliendo bien libradas de esta sequía comercial que vivimos, pero en realidad son ellos los profesionales más afectados, no solo por el riesgo inherente al tener que enfrentarse al COVID-19, sino por los impulsos criminales de los familiares de enfermos fallecidos. El caso más reciente involucra al doctor José Julián Buelvas Diaz, quien ofrece sus servicios en un municipio del departamento del Atlántico. Es una situación lamentable que deja en evidencia el grado de degradación de la sociedad colombiana, que no respeta a quienes luchan por salvar la vida, que amenaza de muerte a los que se arriesgan para ayudar a otros. En otro país esto sería motivo de escándalo, daría pie para dejar de votar a los mafiosos y criminales que mueven los hilos de esta sociedad de narcos, de sicarios, de brutos arbitrarios. Pero para el estándar colombianos esto pasará a la historia como otro amenazado más, otro –ojalá me equivoque– asesinado más, porque cuando los criminales son figuras exaltadas como ídolos, la violencia se transforma en el único lenguaje, y el diálogo razonado, el entendimiento, se convierte en algo tan raro como la justicia. En un país de sádicos criminales los negocios de la muerte parecen ser los únicos con pasado, presente y futuro. Sobre todo futuro.