A través de la puerta de cristal con vista al mar se corta la silueta de un hombre con sobrepeso. Está recién bañado, viste camisa y bermuda de lino. El sol hace resplandecer la vegetación luego de un chaparrón, las piedras de granito blanco que conforman los rompeolas relucen a la distancia. Xeng abre la puerta de cristal y sale a la terraza de madera, en cuyas barandas crece una huerta vertical. Corta un puñado de perejil, toma un ají verde picante y regresa al interior de la casa. Deja la puerta corrediza abierta y va hasta la cocina. Prepara una tortilla con cuatro huevos, tomate y cebolla. Mientras su desayuno se cocina a fuego lento él se sienta en una butaca a contemplar el horizonte.

Sobre el techo de una casa vecina una paloma lucha por desprenderse un pedazo de goma de mascar que tiene pegado al pico. Xeng permanece impávido concentrado en el sufrimiento del ave. Escucha cuando apagan la ducha. Pestañea, se levanta en dirección al refrigerador para servirse jugo de naranja y comienza a preparar café. Diomara aparece cubierta con una bata de toalla blanca y su cabello envuelto en una toalla azul, va hasta el sofá más acolchado y se desploma.

― ¿Café?

― Por favor… ¿Alguna vez pensaste que la diferencia entre el primer y el tercer mundo, es que hay un mundo de diferencia?

― ¿Hablas sola o me vas a explicar eso?

― Todos hablamos solos, lo que pasa es que no todos lo hacemos en voz alta.

― Me gusta oírte animada… ¿Te gustó el Qat?

― Algo, ¿se nota?

― Me gusta cuando ríes. Tienes una sonrisa hermosa.

― Siento un hormigueo que va desde la base de la columna hasta el clítoris. ¿De dónde viene este Qat?

― Mogadiscio… Si te parece podemos ir caminando hasta una playa cercana y nos bañamos un rato.

― Desayunemos y reposemos. En este momento disfruto de una noción recién asimilada. Mientras me duchaba entendí algo física cuántica y microbiología: estamos hechos de átomos formados con moléculas de carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, algo de azufre y fósforo. Y estamos poblados de organismos unicelulares.

―Te llegó «la verdad».

― Así parece… y me dio sed.

― ¿Mientras está el café quieres agua de coco?

― ¡Sí! ¿Qué horas son?

― Las 6:30 A.M. Más tarde salimos, ven siéntate. ¿Quieres comer?

― Yo no pienso salir por ahora.

― Algo de música es todo lo que necesitamos… Un chamán que nos guiaba en viajes de yagé que hacíamos en Juan de Acosta nos decía que cada tanto había que echar una mirada al infierno, para vencer los miedos.

― Mejor buscamos una película animada, encendemos el aire acondicionado y nos quedamos desnudos bajo las sábanas. Presiento que allá afuera me voy a derretir.

El ave perdió la batalla contra la muerte, no hubo testigos. Xeng desayunó con tranquilidad mientras su novia sonreía en el sillón. Una lancha con turistas usando chalecos salvavidas anaranjados surcó la bahía. Pasaron el día hablando, fumando. Almorzaron mariscos, y se pusieron serios con los Coco Locos a las 3 P.M. Al anochecer prepararon una ensalada de atún con papas cocidas, la comieron y se fueron a dormir.

A las 2:25 A.M. Xeng se despertó sobresaltado, los vellos de su cuerpo se le habían erizado y sus sentidos estaban crispados. Su compañera le preguntó que pasaba.

― Salgamos. Algo no está bien, presiento que va a pasar algo.

― Aún no amanece. No vamos a ir a ningún lado a esta hora.

― Es mejor que salgamos. No es seguro quedarnos aquí.

― No. Deja la locura. Déjame dormir.

― Pensé que te gustaba la vida nocturna.

― Tú dijiste hace dos días que salir no era «estratégicamente acertado».

― Eso fue hace dos día. Vamos al «Fat Rasta», ese bar del que tanto hablas.

― ¿El bar de ska?

― ¿Vodka?

― ¿Qué?

― Tzca, dijiste.

― Ska, como como el reggae, pero más acelerado.

― Ah, ok. Aunque sinceramente eso suena como a metedero de marihuana. Yo no quiero que me arresten por estar en el lugar equivocado, a la hora equivocada.

― ¿Entonces? Ya que me despertaste, ¿a dónde vamos?

― Podemos ir al bar de la Tree House Reforestators. Ellos construyeron una ciudadela en el desierto de la Guajira. Usando métodos de permacultura y piscicultura construyeron un oasis de huertas fértiles, un bosque de árboles frutales. Además de los cultivos hidropónicos en invernáculos instalaron paneles solares y molinos de viento para producir energía. Acá hicieron una casa auto sostenible en cuya terraza funciona el bar. Hace dos años venden sus propias cervezas artesanales. Tiene toda una variedad de brebajes, menjurjes y pociones. El asesor del chef francés es un indígena de la zona.

― ¿Estará abierto?

― Su lema es «Abrimos 24/7».

La conversación fue interrumpida por un corte en el suministro eléctrico, un trasformador distante explotó y Diomara dio un grito desgarrador.

Xeng se zambulló en el suelo. Se arrastró hasta la caleta para armas que había construido bajo a mesa del comedor, sobre el techo se oyeron las pisadas de alguien corpulento.

Por la ventana entraron dos ladrillos a los que les habían atado bengalas, el gas de magnesio que liberaban envenenó el aire. Diomara corrió hasta el baño, humedeció una toalla y se cubrió la boca y la nariz, sobre los ojos se colocó unos lentes de buceo.

― Son los de la Sayeret Matkal -gritó Xeng-.

Al amanecer, no muy lejos de ahí, en otra bahía de pescadores y mochileros, cuatro pálidos extranjeros barbudos de ojos claros entraron a un hostal pintado de blanco con azul. En las instalaciones otros turistas blancos con la piel irritada por el sol y los mosquitos tomaban cervezas frías y se limpiaban los mocos -consecuencia de la fiesta descontrolada que habían tenido la noche anterior-. Miraban un partido de fútbol narrado al estilo colombiano, a toda velocidad. Del restaurante llegaba el olor a pollo asado, a pescado frito, a ensalada de lechuga y cebolla. Los recién llegados estaban hambrientos y agotados.

En la cocina se oyeron gritos y disparos, unos meseros salieron corriendo y los acribillaron por la espalda.

Los turistas corrieron hasta encontrarse con unos policías, que luego de oír la explicación repitieron al unísono, sin quitar la vista del hostal:

― Volvieron los de La Mossad.