¿Cómo evitan enloquecer los que han construido su vida en torno al contacto directo, los que nunca han oído hablar del espacio personal? ¿Cómo evitar que personas acostumbradas al hacinamiento, a apretujarse hasta para hacer la fila en el cine, entiendan que no deben tocarse, ni hablarse de cerca?

Colombia es una de esas naciones en las que solo una minoría ha entendido la importancia de ganarse la vida honestamente con el uso del cerebro y sin necesidad de la fuerza bruta, algunos dirán que por falta de oportunidades, pero el argumento pierde peso cuando es evidente la acumulación de odio irracional por parte de grupos afines a las autoproclamadas “élites”, la gente “de bien”. Los fanáticos del abuso físico y verbal están enloqueciendo en sus encierros, sin mujeres que acosar en la vida pública, sin connacionales que insultar en los semáforos, se han visto en la necesidad de escupir veneno por las cuentas sin personalidad de sus redes sociales. Es entendible que sientan que es insuficiente un recurso que deja en evidencia su pobre léxico, su inmadurez a la hora de insultar, y las falencias gramaticales y ortográficas.


Podemos entender —sin simpatizar— por lo que están pasando los abusivos, fanáticos de todo tipo, extremistas incapaces de comprender explicaciones científicas. Entre ellos se han comenzado a mover ideas peligrosas, fruto del miedo, de la ignorancia disfrazada de terquedad y de la ansiedad enmascarada de prepotencia, quizás obedeciendo los desafortunados comentarios del presidente anaranjado. Piden “libertad” de la cuarentena para volver a trabajar, pintarse las raíces del cabello y tatuarse, lo que en medio en medio una pandemia suena a una petición para someterse a una eutanasia colectiva. Desde la distancia que permite el pensamiento crítico en el horizonte se vislumbra un nuevo holocausto, esta vez voluntario.


Es tan enfermiza la dinámica colectiva que estamos presenciando que llega uno a imaginar que estas hordas de iracundos quizás sufren problemas cerebro-vasculares consecuencia de la acumulación de grasas transgénicas o por deficiencias en su química cerebral. Aunque si lo analizamos con mas atención, por el tipo de mensajes que gritan arrogantemente, la responsabilidad parece recaer en fanáticos negacionistas del cambio climático, los anti-vacunas y otros orates con delirios de tipo mágico-religioso, que han decidido tomar la vocería sin tener argumentos, como es tan habitual en ellos. “Creer no es saber”, un lección breve que no logran asimilar.


Como resultado de esa burda necesidad de imponerse a los gritos, para calmar sus inseguridades —¿o lo están haciendo para empujar a los incautos al exterminio?—, han sugerido cosas que en otro contexto serían graciosas, pero que ahora resultan un espectáculo escalofriante: primero que el COVID-19 era cuento chino, seguido por la idea de que el virus muere al ser expuesto a la luz del sol, luego que se podía curar bebiendo desinfectante, y cuando nada de eso funcionó, a falta de mejores ideas, sugirieron volver al trabajo y orar por un milagro. ¿Quién necesita vacunas cuando se tiene Clorox en la casa y a Jesús en el corazón? Si beber desinfectante suena a campaña de exterminio, lo de volver al trabajo y rezar para esperar un milagro, parece letanía nazi: estos neofascistas de las Américas han convertido estados democráticos en nuevos Auschwitz, que fue a la vez campo de concentración, de exterminio y de trabajo. Lo más sorprendente es que estos voluntariosos suicidas son las bases electorales de esos líderes irresponsables que sugieren retomar las actividades. El CODIV-19 ha mostrado la verdadera cara de esos políticos que posan de democráticos, pero que a la hora de la verdad solo se interesan en salvar bancos, empresas y aerolíneas, dejando a su suerte a millones de ciudadanos —sus votantes— que mueren de hambre.

Un país que no conoce el valor del espacio personal, que habla sin pensar, desacostumbrado al debate, intolerante hasta la muerte, que repite lo que escucha sin hacer análisis críticos, un pueblo de pensamiento mágico, que considera el estudio una pérdida de tiempo y dinero, es un país que no está preparado para desenvolverse en situaciones que requieren prudencia y mecanismos efectivos para la sublimación de fuerzas destructivas.