La ansiedad de volver a nuestras rutinas habituales es notoria, pero algunos aún no logran asimilar que nada volverá a ser lo que era hasta no disponer de una vacuna contra el virus que nos mantiene confinados. Aquella vida, aquel pasado reciente, es tan solo un anhelo, un recuerdo de tiempos mejores, una fantasía, habría que añadir, porque es incoherente hablar de tiempos mejores en un país que es sinónimo de amenazas, interceptaciones telefónicas e informáticas, masacres, feminicidios y desapariciones forzadas. Algunos podrían afirmar, sin exagerar, que en Colombia la anomalía es la norma. Sería lamentable que luego de sobrellevar la peor crisis de la historia —en el horizonte vislumbramos la reactivación de la industria y el comercio— siguiesen acosando a los periodistas independientes, lideres sociales, defensores de derechos humanos, políticos de la oposición, y por ahí derecho, a todo el que tenga dos dedos de frente y voluntad de expresarse. Algunos analistas aseguran que la única diferencia en esta futura nueva etapa de la historia de Colombia será que los agresores usarán tapabocas.
¿Estamos listos para volver al mundo de las interacciones sociales? Añoramos la libertad, incluso los que desean quitarnos la vida —especialmente ellos— nos quieren de nuevo en la calle. Es paradójico que quienes nos desean callados —en caso de no poder liquidarnos— necesitan que sigamos pagando puntualmente nuestros aportes de pensión, salud e impuestos. Y si bien los conglomerados económicos —que aceitan las maquinarias electorales— nos quieren tener ocupados para evitar que pensemos en el entramado del que nos han hecho parte, de manera simultánea siembran la idea nefasta de que el consumo impulsivo, y a crédito, es preferible a la cultura del ahorro, lo que ha derivado en la persecución —física y digital— de todo el que no replique el estilo de vida narco: consumo y ostentación de bienes suntuarios, fanatismo religioso, machismo, alcoholismo, sadismo, intolerancia.
Se acerca la hora de liberarnos del confinamiento, o eso anhelamos, pero eso no significa que gozaremos de la libertad de comunión de nuestros cuerpos. Y es una situación extraña, sobre todo en un país como Colombia, un país paradójico y contradictorio: queremos ser libres para seguir odiándonos, queremos volver a interactuar para poder seguir insultándonos a la cara. Ni siquiera la peor pandemia de la historia ha sido capaz de establecer lazos de solidaridad que en otros países ha sido la norma, seguimos siendo ciegos al hecho de que somos casi idénticos, ya no solo como colombianos, sino como seres humanos, es decir, genéticamente. Una lección que debería dejarnos esta crisis global es que como humanos, sin importar el color o la ideología, dependemos del oxígeno, y no deja de ser una macabra coincidencia que el virus que puso en jaque al planeta Tierra sea del tipo SARS (Síndrome Respiratorio Agudo Grave), en otras palabras, nuestra capacidad de respirar oxígeno directamente del aire (hasta ahora no hay reportes de peces infectados con el COVID-19), y nuestra tendencia a vivi en grandes grupos, ha sido nuestra perdición.
Si esta pandemia no sirvió para cambiar generar voluntades políticas que motiven la modificación de las dinámicas antihigiénicas de las ciudades, y los protocolos ambientales que velan por el aire que respiramos, difícilmente la especie humana se salvará de la extinción. Ojalá que las vidas perdidas y los errores cometidos sirvan de cimiento sobre los que construir un nuevo modo de vida. Ojalá los demonios encarnados que consumen a este país con su odio criminal nos permitan aprovechar esta oportunidad para crecer como nación, unidos, mezclados, fortalecidos por nuestras diferencias y por una nueva generación nacida de la esperanza, gestada en la cuarentena.